
Hace poco más de una década algunas gentes de izquierdas armaban grupitos de Facebook donde reelaboraban las categorías del primer mundo mediante triquiñuelas patéticas tipo “Cabreados Costa Rica” o “Encabronados Costa Rica”. Es más, creo que por aquellos años, cuando enojarse con el sistema era bien visto por los catedráticos de la UCR, alguno de los espantajos de Vanguardia Popular habló de la necesidad de organizar un movimiento de indignados pero en versión Porcionzón.
Aquello, sin embargo, no suscitaba el menor escándalo ni la menor preocupación: se trataba de indignados asépticos, inocuos… Nostálgicos y tibiamente zurdos universitarios de clase media o clase alta que ni siquiera reclamaban la colectivización de los medios de producción, sino que apenas y demandaban la resurrección de la Alianza para el Progreso o el mantenimiento de los pluses salariales.
Recuerdo que, por entonces, La Nación era La Nazión. Recuerdo que lo que hoy es repudiable en Escalante, en La Chicha o en El 88 resultaba loable. Y recuerdo que esos intelectuales bienpensantes de la actualidad, los eruditos del diario del día después, los celosos guardianes de la democracia… ¡casi ni se inmutaban ante los arrebatos de emotividad político-electoral!
Pero lo cierto es que la indignación desde siempre ha condicionado la idea misma de lo público: modela la relación entre los núcleos discursivos y los propios cuerpos. Y así, los dispositivos hegemónicos establecen cuáles son las indignaciones legítimas. O, mejor dicho, las indignaciones virtuosas.
Todo esto implica, naturalmente, reconocer la existencia de un espacio de tensiones dinámicas y una multitud de espacios públicos. Es decir, implica reconocer que la intelectualidad pusilánime que justificaba las bravuconadas y las arbitrariedades de Daniel Salas hoy echa mano impúdicamente de pirotecnias retóricas y apela a las libertades individuales para atacar a la ministra Joselyn Chacón.
Ciertamente la intelectualidad pusilánime entró a la era de la sospecha como quien entra a una premiere en la que ya se sabe quién se muere y quién baila con la más bonita de la clase. Desmitificaron los silabarios, las canciones infantiles, la Fedefut, la Iglesia, las epopeyas, Cocorí, la familia con mayúscula, las telenovelas, el rock ´n roll, el Pato Donald, Mickey Mouse, Condorito y toda la Disneylandia de la clase media. Hasta hace unos años, negaron la ilustración y negaron a Dios y llenaron el vacío con comida vegetariana y selfies de viajes en Congresos. Hoy, sin embargo, desempolvan los libros de mate y química y, pese a que nunca fueron capaces de balancear una ecuación redox ni resolver una integral, se dicen amigos de la ciencia y pontifican contra la posverdad… como si alguna vez hubiera existido una preverdad o una verdad.
Durante años se levantaron con la idea de que eran notables aprendices de la sospecha, furiosos foucaultianos que creían saber por qué todos estábamos jodidos.
Y, aún así, se quedaron callados cuando el gobierno de Carlos Alvarado mandó a garrotear trabajadores y pequeños comerciantes y cuando mandó a bajarle las placas a los conductores de Uber.
Y, aún así, se quedaron callados cuando la “institucionalidad” perseguía a los trabajadores precarizados.
Y, aún así, se quedaron callados cuando los órganos de represión agarraron de chivo expiatorio a un funcionario de Recope e inventaron sediciones y movimientos guerrilleros de fantasía.
Para la intelectualidad pusilánime todo está muy bien mientras no les toquen sus privilegios. Para la intelectualidad pusilánime todo está muy bien mientras haya congreso internacional, crédito blando y, desde luego, contrato de dedicación exclusiva.
Dicho en dos patadas: para la intelectualidad pusilánime todo está muy bien mientras las cosas sigan como siempre…
—
Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.