Está claro que como país, tenemos aún algunos defectos importantes, pero, en ausencia desde hace muchos años, de partidos políticos permanentemente organizados y en ausencia también de políticos ejemplares, contamos ahora por lo menos, con la participación activa de cada vez más y más costarricenses por medio de todas las redes sociales como plan C. Hasta hace unos años en nuestro país la ley era la ley. O se cumplía o no se cumplía. O se respetaba o no se respetaba. Y ante el no cumplimiento o el no respeto de la ley regían las sanciones. En los últimos años se suavizaron las leyes, ahora la nueva normalidad era que con decir que era mejor pedir perdón que pedir permiso hasta se pateaba la bola con las sanciones. Y finalmente ahora con la última nueva normalidad actual las cosas se hacen porque se hacen, las cosas van porque van. Sí claro que hay que hacer lo que hay que hacer. Pero obvio que hay que hacerlo con capacidad y eficiencia y siguiendo la reglamentación, las leyes y los procedimientos establecidos previamente, lo contrario es anarquía. Está claro que la imperfección de nuestras leyes obviamente procede de la obvia imperfección de los legisladores que humildemente elegimos cada 4 años. No puede pretenderse que leyes perfectas sean el resultado de esos nuestros legisladores de turno. Diputados nuevos unos y repitentes otros, pero primeramente elegidos internamente en cada partido político por unas cuantas decenas de sus familiares y partidarios, antes de que todos los demás costarricenses podamos votar por alguno o por ninguno de ellos. El Tribunal Supremo de Elecciones debería exigir más y mejores requisitos a los partidos para seleccionar mejor a sus candidatos a presidentes y a sus candidatos a diputados. Al final del día, son diputados escogidos por los partidos pero terminan siendo padres de la Patria. Casi nada.
Por esa razón, para la aplicación inmediata de las leyes, antes se recurría a la búsqueda del espíritu de la ley, se recurría a la búsqueda de las razones reales que se quería plasmar literalmente en cada ley específica, para defender al país, para defender a todos los costarricenses. Pero desde hace muchos años, a pesar de la obvia imperfección de nuestras leyes, ese espíritu de la ley debe ser reclamado ante la Sala IV mediante recursos diversos de inconstitucionalidad y otros tipos de reclamaciones, solo porque también, la Sala IV no actúa de oficio para defender a nuestro país y a todos los costarricenses. Tal vez ahora con la inteligencia artificial se pueda lograr la perfección inmediata de las leyes. Excelente que el nuevo gobierno nos informe de todo lo malo que han hecho los gobiernos anteriores. Pero solo con informarnos no es suficiente. La mayoría de costarricenses sabemos mucho de todo lo malo que han hecho todos los anteriores gobiernos. Pero el cambio de gobierno precisamente es para que su plan de gobierno venga a corregir todo lo malo anterior y además, que imponga nuevas y mejores leyes para prevenir que no volvamos a tener malos gobiernos. Para eso es un cambio de gobierno. Pero el nuevo gobierno también está claro que no es solo el nuevo presidente. Todos los diputados son también parte del nuevo gobierno y deberían estar corrigiendo todo lo malo de los gobiernos anteriores y estableciendo nuevas y mejores leyes para prevenir que no volvamos a tener malos gobiernos. Sí claro que hay que hacer lo que hay que hacer. Pero obvio que hay que hacerlo con capacidad y eficiencia y siguiendo la reglamentación, las leyes y los procedimientos establecidos previamente, lo contrario es anarquía. De ahí la enorme importancia de la autoridad moral ante la peligrosidad creciente de la crisis de valores actual.
Los costarricenses estamos muy agradecidos con los milagros que ocurren a diario en Costa Rica. Ese es el plan A. Milagros con unas pocas convenciones colectivas a las que la Sala IV, les ha señalado por fin como inconstitucionales algunos artículos, aunque falta aún el milagro de las sanciones. Milagro que el FEES prestó al país algunos miles de millones ociosos en el 2021, diz que para ayudar en algo con la pandemia. Milagro que aún haya medio país con alguna motivación para votar en las elecciones presidenciales y un tercio del país para votar en las elecciones municipales. Milagro que hayamos podido sobrevivir a otro gobierno más. Milagro que en las últimas elecciones ningún partido alcanzara 38 diputados. Y así, hay miles de milagros que nos han ayudado a sobrevivir a la gran mayoría de costarricenses, a pesar de los deficientes y tradicionales últimos gobiernos. Ese es el plan A. Ojalá continúe para Costa Rica la bendición de los milagros como plan A, pero los costarricenses necesitamos urgentemente un plan B, para complementar en algo a los milagros. Para eso es un nuevo gobierno. Está claro que todas nuestras instituciones públicas adolecen de muchos defectos, pero es que si de defectos se trata, también los 3 poderes de la República tienen muchos defectos. Entonces, por dónde empezamos, quien arregla a quien? Es el poder ejecutivo quien nombra a sus ministros y viceministros, también es el poder ejecutivo quien nombra juntas directivas y presidentes de instituciones públicas, embajadores y un sin número más de funcionarios públicos. Los partidos políticos son quienes escogen a los futuros diputados. Los diputados son quienes eligen y reeligen a magistrados y jueces del poder judicial hasta por 8 larguísimos años. Por dónde empezamos, quien arregla a quien? Para eso es un cambio de gobierno. Para que el nuevo gobierno arregle lo que haya que arreglar. Todos esos funcionarios también tienen montones de asesores que los pagamos todos los costarricenses. El problema son las personas, la poca o ninguna capacidad de las personas. El problema no son las instituciones ni la institucionalidad. La eficiencia es el motor del mundo. Pero la eficiencia solo se consigue sin violencia, sin odios y sin polarización. Solo se consigue con ideas, asesorías, inteligencia natural y ahora hasta con inteligencia artificial, en beneficio de todos los costarricenses. De ahí la enorme importancia de la autoridad moral ante la peligrosidad creciente de la crisis de valores actual.