OPINIÓN

La Ideología del odio

» Las religiones del mundo no deberían separar a las personas y menos con instrumentos discursivos que promuevan la discriminación.

Manifestantes durante la protesta conservadora "A mis hijos los educo yo" el 22 de julio del 2017 en Avenida Segunda, San José. Foto: Luis Madrigal / El Mundo CR

Los derechos humanos, son aquellos que resultan inherentes a la persona por el sólo hecho de ser. Éstos le son dados en protección de su dignidad humana. La Sala Constitucional desde sus inicios, se ha referido a ellos como atributos del ser humano en cuanto tal, es decir, por ser humano, anteriores y superiores a toda autoridad, la cual en consecuencia, no los crea, sino que los descubre, no los otorga, sino que simplemente los reconoce.[1]

Posterior a las atrocidades de la II Guerra Mundial, las consecuencias del odio eran fácilmente observables: cuando al ser humano se le olvida su esencia, ve normal el consecuente irrespeto de la dignidad del otro. En ese contexto, nace la Organización de Naciones Unidas y la Declaración de Derechos Humanos de 1948,  que comienza enunciando: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

Recientemente, se han propagado desde los púlpitos ideas contra los derechos humanos. Esta apología del odio puede tener consecuencias irreparables. En Brasil, ya ha motivado crueles homicidios de grupos extremistas contra personas LGTBI[2] y defensores de derechos humanos. Leer sobre esta guerra fratricida y contemplar sus orígenes, me recuerda el Renacimiento y el tratado quizá más trascendental publicado en el contexto de la persecución de “brujas”, y que era citado en los juicios contra ellas como fuente infalible de doctrina: el “Malleus Malleficarum”. Para lograr su propósito, postulaba una detallada “teoría legal y teológica”, sembró los cimientos en la Alemania moderna para un consenso sobre la “naturaleza maligna” de la mujer como bruja, siendo uno de los libros más vendidos por 200 años sólo después de la Biblia.

Europa descubría entonces la desafiante existencia de culturas con creencias ajenas a su modo de pensamiento. ¿Recuerdan a Bartolomé de las Casas defendiendo que los indígenas sí son personas? Me resulta increíble que aún hoy, grupos de personas se dediquen a propagar confusión, ignorancia, separación y miedo, en lo que pareciera ser una lucha desesperada antes que perder poder.

El miedo que nos separa, no puede ser otra cosa que la herramienta de control de un sistema indiferente al Amor. Las religiones del mundo no deberían separar a las personas y menos con instrumentos discursivos que promuevan la discriminación.

“Estamos llamados a caminar juntos con la convicción de que el futuro de todos depende también del encuentro entre religiones y culturas”, tuiteó el Papa Francisco el 28 abril del 2017. No puedo estar más de acuerdo con esta afirmación.

Si hay un común denominador entre las grandes religiones del mundo, es la búsqueda de la paz y el llamado hacia el amor fraternal. Los derechos humanos buscan lo mismo, mediante leyes universales para la convivencia fraternal. Cada sentencia, tiene una historia humana particular detrás, el producto de las generalizaciones es peligroso, y el odio no lleva a ningún buen puerto.

Donde haya odio: amor, repetía “el pobre de Asís”. El Amor es un todo, no permite exclusiones, no se goza de la injusticia, ni discrimina.

[1] Sentencias 972-90, 2665-94, para citar algunas.

[2] https://www.nytimes.com/es/2016/07/05/brasil-enfrenta-una-epidemia-de-violencia-contra-las-personas-homosexuales/

La autora es abogada, Máster en Derechos Humanos .

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo y número de identificación al correo redaccion@elmundo.cr

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