La identificación del verdugo

» Por Junior Aguirre Gorgona - Ms. C. en Derechos Humanos y Estudios Judaicos /Profe de Política Global e Historia Hebrea

Fuente de la imagen: United States Holocaust Memorial Museum. (1941). The Last Jew in
Vinnitsa [Fotografía]. USHMM Photo Archives. https://collections.ushmm.org/search/catalog/pa26508
La noticia del hallazgo realizado por Jürgen Matthäus —la identificación del ejecutor retratado en la fotografía conocida como “El último judío de Vinnitsa”— constituye uno de esos instantes excepcionales en los que la historia, la tecnología y la memoria se cruzan para revelar algo que parecía condenado al silencio perpetuo. No se trata solo de poner un nombre propio a un verdugo anónimo; se trata de comprender cómo, más de ochenta años después, seguimos encontrando piezas del rompecabezas moral más devastador del siglo XX.

La escena retratada en esa fotografía —un hombre arrodillado a punto de ser asesinado, un soldado apuntando a su cabeza, una multitud observando sin inmutarse— se convirtió en símbolo del Holocausto precisamente por su crudeza, por su rechazo absoluto a cualquier racionalización. Era una imagen que hablaba por sí sola, aunque le faltaran nombres. La víctima era un símbolo; el asesino, la encarnación del mal banalizado. Pero ahora sabemos que el soldado detrás de aquella pistola se llamaba Jakobus Onnen, un hombre joven, educado, con una vida previa que no anticipaba el abismo moral en el que se sumergiría. Y ese dato importa. Importa porque nos recuerda que el Holocausto no fue obra de monstruos mitológicos, sino de seres humanos corrientes, moldeados por ideología, propaganda y estructuras de poder.

La identificación no habría sido posible sin la confluencia de dos elementos que reflejan las tensiones de nuestra época: los archivos humanos —una familia dispuesta a compartir fotografías guardadas durante décadas— y la inteligencia artificial, capaz de comparar rostros con una precisión que roza lo inquietante. Que un crimen nazi pueda esclarecerse hoy gracias a herramientas tecnológicas desarrolladas en el siglo XXI es un recordatorio de que la verdad histórica, aunque acosada por revisionismos y negacionismos, tiene recursos inesperados para abrirse paso.

Pero más allá de la tecnología utilizada, lo que este caso muestra es algo aún más profundo: la persistencia de la memoria frente al olvido, la manipulación o la indiferencia. La fotografía circuló desde el juicio de Eichmann en 1961 como una advertencia al mundo: esto fue lo que ocurrió. Sin embargo, durante sesenta años no se logró identificar a ninguno de los hombres presentes. Que uno de ellos haya recuperado su nombre —el verdugo, no la víctima— nos obliga a replantear cómo se construyen y se reconstruyen las historias individuales dentro de una tragedia colectiva.

La ironía es poderosa. Durante décadas, algunos sobrevivientes y académicos intentaron entender quiénes eran los perpetradores: ¿cómo era posible que hombres educados, profesores, abogados, comerciantes, se transformaran en engranajes eficaces de una maquinaria genocida? La figura de Onnen encaja dolorosamente bien en ese perfil: un profesor convertido en miembro de las SS, un hombre que pasó de enseñar idiomas y educación física a ejecutar judíos en una fosa común en Berdichev. No era un psicópata, ni un fanático delirante. Era —y esta es la parte más perturbadora de toda esta historia— un hombre común, absorbido por la ideología nacionalsocialista y por la estructura criminal del Estado.

El hallazgo también demuestra la importancia de las fuentes personales. Las fotografías familiares, las cartas —cuando no han sido destruidas—, los diarios, los recuerdos, incluso los silencios dentro de una familia, se convierten en piezas cruciales para reconstruir el pasado. En este caso, la familia de Onnen, que durante generaciones guardó distancia de su memoria, finalmente accedió a compartir documentos que hoy permiten entender quién fue aquel hombre que disparó su arma ante la mirada impasible de otros alemanes.

A nivel historiográfico, este caso abre una puerta metodológica fascinante: el uso de inteligencia artificial para documentar crímenes del pasado. Estamos ante un salto que podría transformar la investigación del Holocausto y de otros genocidios. En la actualidad, miles de fotografías anónimas provenientes de los Einsatzgruppen, de campos de concentración o de guetos europeos permanecen sin identificar. La posibilidad de que herramientas de reconocimiento facial permitan localizar perpetradores —y quizás incluso víctimas— no es menor. Cuando se afirma, con razón, que cada vida humana es un mundo, cada identificación devuelve un fragmento de ese mundo arrebatado.

Pero quizá lo más relevante para los tiempos que vivimos es la lección moral que deja el caso Onnen. Hoy, cuando la desinformación erosiona las certezas, cuando proliferan teorías conspirativas que minimizan, relativizan o incluso niegan el Holocausto, una investigación rigurosa como esta actúa como un acto de resistencia intelectual. Es la demostración de que, aunque los falsificadores de la memoria sean ruidosos, la verdad posee una fuerza silenciosa que insiste en resurgir.

En un clima donde algunos trivializan términos como “genocidio” o manipulan cifras y testimonios con fines ideológicos, un acto tan preciso como identificar al asesino que aparece en una fotografía de 1941 adquiere un valor simbólico enorme: recuerda que el Holocausto no es una abstracción, no es un mito, no es una narrativa moldeable. Fue un crimen cometido por individuos concretos contra víctimas concretas.

El caso también ilustra la banalidad del mal en su máxima expresión. Onnen no fue recordado en su familia como un monstruo; simplemente no era mencionado. Su figura no generaba orgullo ni luto, solo silencio. Y el silencio, como bien sabemos, puede ser tan elocuente como una confesión. En el fondo, lo que estremeció al investigador Matthäus —y al mundo académico que reaccionó a su hallazgo— no fue solo el nombre del perpetrador, sino el hecho de que su rostro, captado en el momento más atroz de su vida, haya sido preservado durante décadas mientras el de su víctima sigue siendo un misterio. Identificar al verdugo y no al ejecutado no es una victoria plena; es, más bien, una señal de cuánto nos queda aún por recuperar de las vidas truncadas.

Por último, si uno de los grandes desafíos contemporáneos es combatir la desinformación y la manipulación de la historia, entonces este hallazgo constituye un ejemplo de cómo deben hacerse las cosas: con rigor, con método, con evidencia y, sobre todo, con respeto por la verdad. La IA, tantas veces acusada de distorsionar la realidad, demuestra aquí que también puede emplearse para restaurarla. Y la memoria —esa memoria judía que ha resistido imperios, persecuciones, libelos y negaciones— una vez más se abre paso, incluso desde una fotografía en blanco y negro, tomada en un campo de ejecución hace casi un siglo.

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