La captura de Nicolás Maduro ha desatado dos tipos de reacciones en el mundo. Por un lado, el alivio, las lágrimas y la esperanza de millones de venezolanos que ven el fin de su pesadilla.
Por el otro, la indignación teórica de ciertos sectores académicos, políticos y activistas de sofá que, desde la comodidad de sus democracias funcionales, se rasgan las vestiduras gritando “imperialismo”, “injerencia” y repitiendo la vieja y cansada consigna de que “vienen por el petróleo”.
A esos críticos, que hoy condenan la acción de los Estados Unidos y del presidente Trump, hay que decirles una verdad incómoda: es muy fácil hablar de soberanía y autodeterminación con el estómago lleno.
El privilegio de la distancia
Resulta insultante escuchar análisis geopolíticos sobre “los intereses energéticos de Washington” mientras se ignora deliberadamente que en Venezuela la gente ha estado comiendo de la basura.
Quienes hoy critican la intervención lo hacen desde el privilegio de no haber escuchado nunca a la policía política derribar su puerta en la madrugada. Lo hacen desde la seguridad de tener hospitales con medicinas, supermercados con comida y leyes que los protegen.
Esa “intelectualidad” que defiende al régimen bajo la excusa de la no intervención, no ha tenido que ver a sus hijos morir por falta de antibióticos básicos, ni ha tenido que caminar miles de kilómetros cruzando el Darién para huir de la miseria. Su defensa de la “soberanía” venezolana ha sido, en la práctica, la defensa de la soberanía de un cartel de narcotráfico para secuestrar a todo un país.
¿Petróleo o vidas?
El argumento de que esta operación es un “robo de recursos” es una simplificación vulgar que busca desviar la atención de lo esencial: la naturaleza criminal del chavismo.
Si a Estados Unidos solo le interesara el petróleo, habría sido más fácil y barato seguir comprándolo al dictador de turno, como hacen muchos otros países que miran hacia otro lado.
La realidad es que la intervención rompió el estancamiento que la diplomacia de cóctel nunca pudo resolver. Mientras los organismos internacionales redactaban informes que nadie leía, el régimen seguía torturando y matando. Criticar a quien finalmente actuó para detener la sangría es ponerse del lado del verdugo bajo el disfraz de la neutralidad.
La soberbia de los que no sufren
Pregúntenle a la madre venezolana, al estudiante torturado o al abuelo pensionado si le importa el “imperialismo yanqui” ahora que el tirano ha caído. No les importa. Lo que les importa es la justicia. Lo que les importa es la libertad.
Condenar la captura de Maduro alegando principios abstractos de derecho internacional, mientras se ignora la violación sistemática y concreta de los derechos humanos de millones, no es un acto de superioridad moral; es un acto de soberbia y ceguera voluntaria.
La libertad de Venezuela no es un debate académico para ser discutido en cafeterías de lujo; era una urgencia humanitaria. Quienes hoy lloran por la “soberanía violada” de un narco-estado, demuestran que valoran más sus dogmas ideológicos que la vida humana.
La historia no absolverá a los tibios, ni a los cómplices teóricos del desastre. La justicia llegó, le guste o no a los analistas de escritorio.