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La hipérbole política y la inflación del escándalo

Hay un problema que empieza a ser evidente en la forma en que se hace oposición política en Costa Rica: cuando todo es un escándalo, nada termina siendo realmente un escándalo.

Y eso debería preocupar más a la oposición que al propio Gobierno.

Durante los últimos años se ha instalado una dinámica en la que prácticamente cualquier acontecimiento relacionado con el Gobierno, con el chavismo o con alguna de sus figuras termina elevado inmediatamente a una categoría extraordinaria: amenaza a la democracia, autoritarismo, corrupción, narcotráfico, ataque institucional o alguna otra expresión igualmente grave.

No sostengo que no existan hechos que deban investigarse. Por supuesto que existen. Tampoco que un gobierno deba quedar exento del escrutinio público. Todo lo contrario: el poder debe ser vigilado y cuestionado permanentemente.

El problema aparece cuando la magnitud de la acusación deja de guardar proporción con la evidencia disponible.

A ese fenómeno lo llamo hipérbole política.

La hipérbole política no consiste necesariamente en inventar una mentira. De hecho, funciona mejor cuando parte de algo verdadero.

Existe una fotografía. Existió una reunión. Alguien hizo una declaración desafortunada. Una persona cuestionada estuvo en una actividad. Un funcionario conoció a alguien. Apareció un nombre en determinado lugar.

El hecho puede ser absolutamente cierto.

La hipérbole comienza después.

Se toma ese acontecimiento verificable y se expande artificialmente su significado hasta convertirlo en evidencia de algo que el hecho original, por sí mismo, no permite demostrar.

El caso reciente de la fotografía de Pilar Cisneros con un hombre detenido para enfrentar un proceso de extradición por presunto narcotráfico permite explicar perfectamente el fenómeno.

La fotografía existe.

Eso es un hecho.

También es perfectamente legítimo preguntar quién era esa persona, cómo llegó a la actividad, quién la invitó y si tenía alguna relación con dirigentes políticos. El periodismo y la oposición tienen no solo el derecho, sino la obligación de formular esas preguntas.

Pero existe una enorme distancia entre preguntar e investigar si existe un vínculo y utilizar una fotografía como evidencia de que ese vínculo existe.

Más aún cuando hablamos de una actividad política multitudinaria, donde las figuras conocidas se toman decenas o cientos de fotografías con personas cuya identidad probablemente desconocen.

La fotografía demuestra que dos personas estuvieron juntas durante algunos segundos frente a una cámara.

Para convertir eso en una relación con el narcotráfico hacen falta muchas cosas más.

Y precisamente en esa distancia entre lo que sabemos y lo que queremos hacer creer que sabemos aparece la hipérbole política.

El problema del bumerán

La lógica detrás de esta estrategia parece sencilla: mientras más grave sea la acusación, mayor será el daño provocado al adversario.

Pero políticamente no siempre funciona así.

Existe un punto en el cual la exageración comienza a producir el efecto contrario.

Cuando una parte importante de la ciudadanía percibe que existe una distancia excesiva entre el hecho y la acusación, deja de cuestionar al acusado y comienza a cuestionar al acusador.

Entonces aparece el bumerán.

El intento por demostrar que el adversario es perverso termina reforzando entre sus seguidores la idea de que es perseguido.

El intento por destruir su credibilidad termina deteriorando la credibilidad de quienes lo atacan.

Y esto puede ayudar a explicar una de las aparentes contradicciones de la política costarricense reciente: ¿cómo puede un Gobierno sometido a una cantidad extraordinaria de denuncias, polémicas y enfrentamientos mantener al mismo tiempo niveles importantes de respaldo ciudadano?

Quizá una parte de la respuesta esté precisamente ahí.

No necesariamente en que la gente ignore las denuncias.

Puede ser que haya dejado de otorgarles el mismo valor.

La inflación del escándalo

En economía sabemos qué sucede cuando aumenta excesivamente la cantidad de dinero sin que aumente proporcionalmente aquello que lo respalda: cada unidad pierde valor.

En política puede ocurrir algo parecido con el escándalo.

Si utilizamos todos los días las palabras más graves disponibles en nuestro vocabulario político, esas palabras terminan depreciándose.

Si todo es autoritarismo, ¿cómo llamaremos al verdadero autoritarismo?

Si todo es corrupción, ¿cómo distinguiremos un acto administrativo cuestionable de una estructura organizada para apropiarse de recursos públicos?

Si cualquier coincidencia con una persona investigada demuestra vínculos con el narcotráfico, ¿qué diremos cuando aparezcan cuentas bancarias, transferencias, comunicaciones, reuniones sistemáticas o relaciones comerciales que efectivamente puedan demostrar esos vínculos?

Ese es el verdadero peligro de la inflación del escándalo.

No beneficia necesariamente al Gobierno. Perjudica principalmente a quienes tienen la responsabilidad de fiscalizarlo.

Porque una democracia necesita una oposición creíble.

Y la credibilidad es un recurso finito.

Cada acusación que posteriormente resulta exagerada consume una pequeña parte de ella. Cada titular desproporcionado hace más difícil que el siguiente titular sea tomado en serio. Cada profecía sobre el fin de la democracia que no se materializa reduce la capacidad de advertir a la ciudadanía cuando aparece una amenaza verdaderamente seria.

El chavismo también entiende el fenómeno

Sería ingenuo pensar que Rodrigo Chaves y quienes lo rodean no han comprendido esta dinámica.

Una parte importante de su discurso político consiste precisamente en presentar las críticas en su contra como evidencia de una persecución de las élites políticas, mediáticas e institucionales.

La hipérbole de sus adversarios alimenta esa narrativa.

Cada exageración le entrega un argumento.

Cada acusación débil le permite colocar en el mismo saco las acusaciones débiles y las fuertes.

Y ahí está quizás el mayor error estratégico de la oposición: una denuncia exagerada no solamente fracasa; puede servir para inmunizar al adversario frente a la siguiente denuncia, incluso cuando esta sí tenga fundamento.

Es el conocido cuento del pastor y el lobo llevado a la comunicación política.

El problema nunca fue advertir que venía el lobo.

El problema fue hacerlo tantas veces sin que apareciera que, cuando finalmente llegó, nadie quiso escuchar.

No se trata de guardar silencio

Nada de esto significa pedir una oposición dócil.

Mucho menos significa pedir silencio al periodismo.

Significa exactamente lo contrario.

Fiscalizar mejor.

Investigar más.

Acusar cuando existen elementos para acusar.

Preguntar cuando todavía solamente existen elementos para preguntar.

Y, sobre todo, distinguir una sospecha de una evidencia y una evidencia de una conclusión.

Una fotografía puede justificar una pregunta.

Una coincidencia puede justificar una investigación.

Una contradicción puede justificar una sospecha.

Pero ninguna de ellas debería convertirse automáticamente en una sentencia.

La democracia necesita controles. Necesita prensa crítica. Necesita oposición. Necesita investigación y denuncia.

Pero necesita también proporcionalidad.

Porque cuando todo se presenta como extraordinario, lo extraordinario desaparece.

Cuando todo se convierte en escándalo, el escándalo pierde su capacidad de escandalizar.

Y cuando cada hecho se utiliza para intentar demostrar la peor versión posible del adversario, llega un momento en que una parte de la ciudadanía simplemente deja de creer.

La hipérbole política no necesita inventar un hecho. Le basta con obligar a un hecho verdadero a decir mucho más de lo que realmente demuestra.

Y cuando eso se convierte en costumbre, termina ocurriendo la peor consecuencia posible para cualquier oposición:

queriendo desgastar al Gobierno, termina desgastando su propia palabra.

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El autor cuenta con una especialidad en Psicología Política de la Universidad Camilo José Cela, Madrid, España.

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