
EDITORIAL
Cuando un diputado resultó incómodo para su partido y sus intereses populistas, el Frente Amplio lo linchó públicamente; su líder José María Villalta lo presionó para que firmara una carta de renuncia, y lo llevó bajo presión al Tribunal Supremo de Elecciones para que renunciara a su curul.
Ronal Vargas, que al día de hoy no tiene ninguna acusación formal ante los tribunales, era un tipo difícil de controlar por el rebaño del buen pastor Villalta. Había que eliminarlo.
Igual lo han intentado con una mujer que dice lo que piensa como Ligia Fallas, a la que el Secretario General del partido acusa de trostkista. La diputada Fallas, a diferencia de los populistas del partido encabezados por Villalta, dice lo que cree y defiende sus principios a pesar de que sean políticamente correctos o no.
En el Frente Amplio tienen una ética gelatinosa, que les impidió referirse al caso de las propiedades subvaloradas del jefe de fracción, Gerardo Vargas Varela, que trató de justificar con todos los argumentos de un oligarca por qué sus hectáreas estaban reportadas con un valor fiscal de 100 colones.
Igual fueron cantinflescas las declaraciones de Patricia Mora al querer justificar por qué tenía cuotas atrasadas con la Caja Costarricense del Seguro Social. “Es que el banco está en reparaciones y ha estado cerrado” respondió a un periodista de El Mundo, poco antes de hacer un ataque desproporcionado contra el comunicador.
En el Frente Amplio de Mora y Vargas usan sus curules para difamar y atacar a partir de una ética de gelatina. Ya enfrentan procesos judiciales por esto, y no esperamos que renuncien a su inmunidad que les da ese poder de mentir descaradamente.
Hoy con el caso del diputado Carlos Hernández, esa ética se refleja en toda su magnitud. Dice el cura Vargas que “Don Carlos tiene derecho a defenderse”, la defensa que no le permitieron a un diputado incómodo para ellos como Ronal Vargas, que logró la segunda votación más alta en Guanacaste.