Por momentos creemos haber aprendido. Creemos haber superado etapas que nos dejaron heridas profundas como sociedad. Hace ocho años, Costa Rica vivió una de las polarizaciones más dolorosas de su historia reciente cuando la religión fue utilizada como bandera política. Pensé, como muchos, que ese episodio nos había enseñado algo: que la política y la fe no deben mezclarse.
Hoy, al ver nuevamente cómo ciertos discursos y acercamientos colocan la fe en el centro de la contienda electoral, ese aprendizaje vuelve a ponerse en duda.
No se trata de Laura Fernández. El problema no es un nombre propio. El verdadero dolor está en ciertos líderes que, con un micrófono en una mano y la ambición en la otra, juegan con la fe para aspirar a puestos, favores o cuotas de poder. Predican, trabajan, oran… pero al mismo tiempo negocian. Y esa doble moral no solo avergüenza: hiere. Porque cuando la fe se usa como escalera política, deja de ser testimonio y se convierte en espectáculo.
La religión no es un bloque de votos.
La Iglesia no es un comité de campaña.
Y Dios no es un argumento estratégico.
Cuando la política se apropia del lenguaje religioso, pierde ética. Cuando la religión se acomoda al discurso político, pierde autoridad moral. En ese cruce, lo que se daña no es solo la democracia, sino también la credibilidad espiritual.
Como cristiano, me preocupa ver cómo se pretende hablar en nombre de millones de creyentes sin haberlos escuchado. Me inquieta que se presenten acuerdos como si representaran a toda una comunidad que, en realidad, es diversa, crítica y plenamente capaz de pensar por sí misma.
La Iglesia no fue llamada a dirigir elecciones, sino a formar conciencia.
No fue llamada a imponer decisiones, sino a acompañar procesos.
No fue llamada a negociar poder, sino a anunciar verdad.
La fe, por naturaleza, une. La política, por dinámica, divide. Cuando ambas se confunden, se rompe el equilibrio.
Votar es un derecho y un deber cívico.
Orar es un deber espiritual.
Imponer una opción política desde la fe es un abuso de confianza.
Cada persona creyente debe ejercer su voto con libertad, estudio y responsabilidad. Sin presiones. Sin consignas. Sin culpas religiosas. Porque la fe auténtica no se impone: se vive. Y la democracia sana no se manipula: se construye.
Dios no pertenece a ningún partido.
El Evangelio no es un plan de gobierno.
La cruz no es un símbolo de campaña.
Este no es un llamado a la indiferencia política. Es un llamado a la madurez democrática y espiritual. A entender que la fe no necesita ser defendida con pactos políticos, y que la política no se legitima usando a Dios.
Al final, cada quien debe votar según su conciencia: por Claudia, por Laura, por Álvaro, por José Aguilar, por Juan Carlos o por quien considere mejor. Pero que ese voto sea libre, informado y responsable. No impuesto desde un púlpito ni negociado desde una oficina.
La política pasará.
Los gobiernos cambiarán.
La fe, si la cuidamos, permanecerá.
Y merece ser respetada.