
La conformación del Estado-Nación en este país, siempre estuvo constituida por muchas aristas, mismas que dejaron entrever que los costarricenses, son un pueblo muy particular frente al resto de sus vecinos de América Central. Debido a que después de la Batalla de Rivas en 1856, es que se sentaron las bases de lo que conocemos hoy, como la Primera República y su incipiente idiosincrasia.
Sin embargo casi un siglo después, incursionamos en un nuevo conflicto bélico, con una Guerra Civil que estalló el 12 de marzo de 1948; la cual, enfrentó a nuestros padres y abuelos, perfilándose así las características disímiles de una sociedad que se constituyó, desde un espectro político, ideológico, económico y social muy individualista, además de poseer una doble moral, enquistada en lo más profundo de su ciudadanía.
Todo lo anterior, dio como resultado el desarrollo de la Primera y Segunda República y para muchos también, la proximidad hacia una Tercera que por lo visto aún no ve la luz, más allá de la orientación política e ideológica que se crea abanderar; debido a que este país, se ha forjado carente de una Ética Cívica, misma que le permita reconocerse a cada uno en la otredad de sus conciudadanos, quienes por lo visto en el último tiempo, están librando una nueva batalla, pero esta vez en defensa de aquellos privilegios salariales y pluses desmedidos, frente a otros sectores de la población menos favorecidos.
El país se encuentra sumido en este momento en una crisis de carácter transversal; la cual, es responsabilidad de todos, ya sea por acción u omisión y donde una parte de la sociedad civil, no solo cerró filas sino también, arrojó la llave del Sentido Común a un gran pozo sin fondo, conviviendo ahí el flagelo de la corrupción institucionalizada, junto a la falta de Ética Cívica, misma que tiene secuestrado el discurso político, económico, social y hasta religioso en esta Nación.
Este llamado “Gobierno de Unidad Nacional,” ha dejado muy claro, como la sociedad costarricense es sumamente individualista y más, cuando en política y economía, no se logran concretar acuerdos de ninguna índole, aduciendo que el problema radica en que no se les deja trabajar. Cuando en realidad en Costa Rica, no se puede laborar porque no hay trabajo para nadie, más que en la “gran cartera” que contiene el ejercicio de lo propio, donde también existen falencias, por la excesiva burocracia y tramitología que en la “Suiza Centroamericana” lo permea todo.
Tenemos entonces que aquí, conviven dos Costa Ricas, una donde el sector público se está enriqueciendo cada vez más, ausente de una Ética Cívica, la cual desde la Academia, ha guardado silencio de forma muy conveniente y sacando nota 0, sin pronunciamiento de ningún letrado en la materia, más allá de quienes aducen que cualquier crítica es un claro ataque a lo que ellos mismos interpretan por “democracia” y por ende a una “autonomía universitaria”, pero de carácter proteccionista.
Por otra parte, está el conglomerado que constituye al sector privado, quienes realmente no se han pronunciado como parte de la sociedad civil, ante la disparidad económica en la cual se encuentra sumida esta República, misma que va en aumento debido al fenómeno del narcotráfico y la profesionalización de la delincuencia que ha permeado a todos los estratos de la ciudadanía.
Por tanto, lo anterior es el reflejo de las dos caras que posee una misma moneda, donde los costarricenses tanto del sector público, como los del sector privado, se perciben ajenos a abanderar esa Ética Cívica, tan necesaria desde cualquier frente; como expresión de un Estado Social de Derecho y Democracia Representativa, realmente Equitativa y en pro de los ideales que emanan de la Justicia Social, donde radican los postulados de la Libertad, Igualdad y Solidaridad…
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