
Mi admiración por Angela Merkel radica en cómo se diferencia de los demás. Estudió una carrera que en principio la llevaría por otros caminos (física y química), no viene de un linaje electoral (hija de un pastor luterano y una maestra).
Ella es todo lo contrario a los políticos populistas y ha sido una voz clara en tiempos de crisis económica y pandemia. No hemos tenido un político más influyente que ella en los últimos quince años, pero eso no ha nublado su coherencia, vive como piensa: va al supermercado, no es farandulera y lo más importante toma decisiones con base en el diálogo. Es una verdadera defensora de la dignidad humana como lo muestra su política migratoria en favor de los refugiados. Es respetada en su país y en todo el mundo.
No se presentará a las elecciones de setiembre en Alemania luego de cuatro mandatos, encargo de un pueblo que admira su equilibrio porque en tanto es firme también es moderada. Algunos señalan que si a finales de este año no hay una coalición que logre amalgamar las fuerzas resultantes de las elecciones de setiembre podría requerirse de nuevo su liderazgo pese a que ella lo haya categóricamente rechazado.
De corazón espero que no sea el final de la Era Merkel porque su liderazgo parece en retrospectiva irremplazable si pensamos en la crisis de 2008 o los discursos anti Unión Europea siempre presentes. Lo cierto es que su legado perdurará y servirá para contrastar el discurso populista y extremismos ideológicos como la ensoñación progre.
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