Es común escuchar a la ciudadanía quejarse de la baja calidad del debate electoral. Se reclama la ausencia de espacios donde la discusión política se centre en planes de gobierno, ideas y propuestas, y no en ataques personales o descalificaciones. Se exige una campaña que permita al electorado conocer, comprender y formarse un criterio informado sobre quienes aspiran a la Presidencia.
Sin embargo, cabe preguntarse: ¿realmente la ciudadanía demanda una discusión política basada en datos y propuestas, o prefiere una discusión guiada por emociones y confrontación?
Un análisis realizado a partir de las plataformas de la empresa Coes permite aportar evidencia empírica a esta pregunta. Se revisó una muestra de aproximadamente 3.000 conversaciones digitales en las redes sociales X y Facebook, relacionadas con el proceso electoral, correspondientes a los meses de noviembre y diciembre de 2025.
Los resultados son reveladores y, en muchos sentidos, preocupantes.
El análisis evidencia que cerca del 75 % de las menciones están dominadas por ataques directos a candidaturas y por la deslegitimación de los planes de gobierno, no desde un análisis de fondo, sino a partir de prejuicios ideológicos. En la mayoría de los casos, los planes no se discuten ni se contrastan: se descartan de antemano bajo la lógica de que, por provenir de determinada corriente ideológica, resultan automáticamente inválidos o perjudiciales.
Otro hallazgo relevante es la constante acusación de desinformación entre simpatizantes de distintos partidos políticos. No obstante, esta acusación suele ir acompañada de una contradicción evidente: se denuncia la desinformación cuando proviene del adversario, pero se valida y reproduce cuando favorece la propia postura. La desinformación, lejos de ser combatida, se convierte en una herramienta discursiva para el ataque personal y partidario, más que en un problema que deba ser corregido.
De igual forma, la conversación digital se concentra en etiquetas ideológicas, simpatías partidarias y ataques personales, lo que genera una discusión social atrincherada, polarizada y poco productiva. Como resultado, temas fundamentales para la ciudadanía, como el empleo, el costo de la vida, la seguridad, la educación o la salud, quedan relegados. Son escasas las referencias a datos, diagnósticos serios o experiencias ciudadanas concretas, lo que evidencia una desconexión entre el debate político en redes sociales y las preocupaciones cotidianas de la población.
En este contexto, las elecciones presidenciales de 2026 se discuten intensamente en redes sociales, pero no se debaten. El espacio digital amplifica la confrontación, la desinformación y el ataque personal, mientras las propuestas, los datos y la discusión sobre el rumbo del país quedan en un segundo plano. Más que una conversación democrática, lo que predomina es un ruido constante que empobrece la deliberación pública y debilita la capacidad del electorado para tomar decisiones informadas.
Las redes sociales terminan reflejando una realidad incómoda: aunque la ciudadanía se queja de la falta de debates electorales serios y profesionales, en la práctica prioriza la confrontación por encima de las ideas. Esta dinámica no solo se reproduce en el discurso digital, sino que se traslada a los spots, mensajes y debates que ofrecen los partidos políticos. En última instancia, la campaña electoral que observamos es también un reflejo de la ciudadanía que somos y del tipo de discusión política que estamos dispuestos a sostener.