Licenciado Junior Jesús Aguirre Gorgona*
Tras los recientes ataques terroristas ocurridos en París donde fueron vilmente asesinados 129 civiles al grito de “Allah Akbar” (dios es grande) miles de personas en las redes sociales se volcaron con total repudio a la tragedia: post, imágenes, fotos de perfil con la bandera francesa, hashtag pidiendo paz (#PrayForParís), los noticieros internacionales dando gran cobertura a la tragedia; presidentes, ministros y cancilleres dando sus condolencias al pueblo francés abarrotaron los distintos medios de comunicación; esta fue la constante entre el viernes 13 y el sábado 14 de noviembre. Pero el mismo día en que estallaba el terror en París, unos miles de kilómetros al sureste de Europa, en el Medio Oriente, específicamente en el Líbano; el mismo grupo terrorista que perpetró la masacre en París asesinó a centenares de niños, mujeres, hombres y ancianos por el simple hecho de ser árabes y no ser musulmanes. Según sus preceptos sus vidas no tenían cabida en el futuro califato.
Estos dos hechos separados uno del otro, sin relación aparente y dirigido a poblaciones completamente distintas dividió las redes sociales, a tal punto que muchos banalizaron la muerte de los parisinos, porque -según afirmaban- antes nadie se solidarizaba con los civiles sirios y demás víctimas del Estado Islámico. Frases como: “¡Quiten esa foto hipócritas!”, “¿Por qué no ponen la de Siria?” y “Estas muertes se justifican por los años de imperialismo francés” cayeron como bálsamo a los pies de los terroristas y una “aprobación inconsciente” se asomaba en las redes sociales.
Ante esta situación surge una interrogante: ¿Vale más la vida de un terrorista que la de un ciudadano de bien y respetuoso de las leyes?
Ilustraré la respuesta con un ejemplo: en Israel casi a diario diferentes grupos palestinos y otras organizaciones radicales como Hamas, Fatah y la Yihad Islámica, cometen actos terroristas contra civiles; lo que más sorprende es que los perpetradores son niños, adolescentes y mujeres, que armados con cuchillos, piedras, bombas e inclusive en automóvil, asesinan a civiles israelíes por el simple hecho de ser judíos y considerarlos un cuerpo extraño en la que ellos llaman su tierra. Los mismos posteriormente son neutralizados y en muchos casos -la mayoría- son abatidos; casi de inmediato los medios informan que: “las fuerzas de ocupación asesinaron a un niño que corría de la escena del crimen”; dando así su beneplácito a los terroristas y minimizando el hecho como tal, es decir: cuando se trata de la vida de un israelí, vale menos que la de un terrorista; y esto es solo un ejemplo.
Pero este fenómeno ya había sido analizado muchos años atrás por Hannah Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén (1963) donde llamó a este comportamiento “La Banalidad del mal”. Escrito durante el juicio de Adolf Eichmann, fiel colaborador de Adolfo Hitler y del régimen nazi, sorprendía a propios y extraños por la normalidad con que el criminal encargado de la logística de las deportaciones a los campos de concentración y exterminio, accedió a ser partícipe de la Solución Final (plan para exterminar a los judíos de la faz de la Tierra) argumentando que “solo recibía ordenes”, afirmando ser un “ciudadano cumplidor y respetuoso de la ley” atendiendo “ordenes superiores” y “actos de Estado”, justificaba y culpaba inclusive a los judíos de lo que les pasaba, trasladando así el papel de víctima a los perpetradores del genocidio. Eichmann no mostraba un ápice de arrepentimiento o si quiera remordimiento por los crímenes cometidos. Hoy me atrevo a compararlo con la normalidad con que muchos asumen las muertes independientemente de donde vengan relativizando así el daño que se causa a los civiles por ser occidental u oriental, otorgándole el papel de ovejas mansas a los lobos rapases.
Otro autor, crítico de la relativización de las muertes entre occidentales y el resto del mundo fue Daniel Feierstein, que en su libro El Genocidio como Práctica Social (2007) plantea una pregunta directa a la conciencia de aquellos que osan poner en duda el valor de la vida humana: “¿acaso los muertos en Europa cuentan más que los de las colonias?”.
El que alguien reaccione de distintas maneras ante los hechos vividos casi diario a lo largo y ancho del orbe, no debe de ser causal de molestia o indignación, eso tan sólo contribuiría a darle razón y fuerza a los terroristas; mientras usted y yo discutimos qué bandera poner en nuestra foto de perfil en Facebook y nos dividimos entre bandos que apoyan, los que no apoyan y a los que le molestan que apoyen; estas organizaciones yihadistas preparan su próximo golpe.
*Profesor Estudios Sociales y Educación Cívica
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