Este mes se conmemora el 50 aniversario de la victoria de Israel en la llamada guerra de los Seis Días en 1967 y su ocupación de Cisjordania. El júbilo de la victoria militar, rápida y más extensa de lo que parecía posible, desde hace mucho tiempo dejó su lugar a un desgastante statu quo: la opresión de 2.5 millones de palestinos en Cisjordania, el enfrentamiento con 1.8 millones palestinos que viven confinados en Gaza, territorio controlado por Hamás, y la corrosión de la democracia que acompaña a este extenso ejercicio en dominación. Considerada repetidamente insostenible, la ocupación, por lo demás, ha resultado sostenible en lo general.
Los judíos no necesitan capacitación sobre la agonía del exilio. Empero su estado moderno, logrado después de milenios de existencia en la diáspora y la persecución, ha llegado a significar la pérdida del estado de otro pueblo. Les pedí a cuatro amigos –dos israelíes y dos palestinos– que escribieran brevemente sus impresiones sobre este aniversario. En una columna posterior yo escribiré las mías.
Salam Fayyad, ex primer ministro de la Autoridad Palestina
Después de 50 años, la ocupación sigue siendo muy opresiva para nosotros y muy corrosiva para Israel. Sin embargo, persiste. Detener esta dinámica tan adverse requiere que los palestinos tratemos genuinamente de tomar nuestro destino en las manos y asumir la plena responsabilidad de nuestra liberación. Esto significa unificar al régimen palestino y movilizar el apoyo de las bases en torno del objetivo central de proyectar la realidad del estado palestino en el territorio que Israel ocupó en 1967, a pesar de la ocupación.
Algunos dirían que el intento de tomar nuestro propio destino en las manos, ante un régimen caprichoso de ocupación, está destinado al fracaso. O que incluso si lográramos ciertos progresos en nuestro objetivo de construir nuestro estado, meramente tendríamos éxito en normalizar la ocupación. Esta peligrosa combinación de derrotismo y de dudas sobre nuestra propia capacidad es la receta perfecta para paralizarnos y quedarnos atrapados.
Es imperativo que rompamos con esta trampa de inacción. Debemos de persistir y perseverar, sean cuales fueran las circunstancias, en nuestro propósito de ser dueño de nuestro destino. Pero, no obstante, debemos de darnos cuenta de que la viabilidad política de esta empresa sería muy discutible en un contexto en el que siguen sin ser reconocidos nuestros derechos nacionales, y en el que continúa la actividad de colonización, las redadas militares, la confiscación de tierras y la demolición de casas.
Este es el camino para avanzar. Después de todo, que los palestinos asuman la responsabilidad de su futuro y que los israelíes pongan fin a la ocupación son las dos caras de una misma moneda.
Itamar Rabinovich, ex embajador de Israel en Washington y autor de una biografía de Yitzhak Rabin
“La bendición maldita” fue el perceptivo título que el historiador israelí Shabtai Teveth le dio a su libro sobre el efecto que tuvo en Israel la guerra de los Seis Días. Efectivamente, fue una bendición. Liberó a Israel de una peligrosa crisis, consolidó su posición ante el mundo árabe, lo convirtió en potencia regional y transformó su relación con los Estados Unidos. Lo más importante fue que le dio a Israel elementos de negociación en las tratativas de paz con sus enemigos árabes.
Fueron necesarios diez años para convertir el principio abstracto de “territorios por paz” en la paz con Egipto; y otros quince años para que el proceso de paz se renovara y produjera la paz con Jordania y el compromiso de Oslo con el nacionalismo palestino. Pero el proceso de Oslo, un intento por dirimir pacíficamente la disputa de dos pueblos por la misma tierra, se implementó solo en parte y después se suspendió. Luego, un fanático israelí asesinó a Yitzhak Rabin. Cincuenta años después de junio de 1967, Israel sigue lastrado por la ocupación de Cisjordania y por la noción de mantener el control en Gaza.
Tanto israelíes como palestinos pagan un precio muy alto por el estancamiento. Mantener el proyecto de colonización en Cisjordania socava los recursos de Israel, pone en entredicho su legitimidad internacional e inyecta normas negativas en Israel propiamente dicho. Es tiempo de buscar un acuerdo de estatuto definitivo que separe a los dos pueblos o que, por lo menos, detenga la actual deriva hacia una situación de un solo estado.
Todos sabemos cómo debe de ser y cómo será el acuerdo del estatuto definitivo. En términos realistas, quizá no podamos alcanzarlo por ahora. El estado de Israel y la política palestina, los trastornos en la región y los interrogantes respecto del gobierno de Donald Trump podrían resultar insuperables. Pero hay forma de detener el deslizamiento gradual hacia el abismo, mediante un acuerdo interino que les dé a los palestinos un estado provisional en una gran parte del territorio de Cisjordania. Pero esto es anatema tanto para la derecha israelí como para la directiva palestina. Sin embargo, hoy en día es la única opción realista para quienes rescatar la solución de dos estados.
Joyce Aljouny, directora de la Escuela Amigos de Ramallah
Yo tenía apenas dos años cuando mi madre me estrechó en su pecho al ver a los soldados israelíes tomando el control de nuestra calle en Ramallah. Eso fue en junio de 1967. De ahí vinieron cincuenta años de una vida empañada por las injusticias, la subyugación y las ansiedades cotidianas.
Vivir bajo ocupación militar significó tener que lidiar con los disparos que recibió mi mejor amiga en la preparatoria, hacerme de la vista gorda cuando veía a soldados israelíes golpeando a bastonazos a un chico palestino, tener que rescatar a mi marido de las garras de los soldados una fría noche de invierno, vérmelas con los terrores nocturnos de mi hijo de diez años después de semanas de bombardeo incesante, no tener permiso de entrar en mi ciudad natal, Jerusalén, y vivir con la angustia cotidiana de saber que mi pueblo sigue siendo refugiado después de más de 70 años y que ha vivido bajo sitio durante decenios.
Las miles de violaciones de los derechos humanos por parte de las brutales fuerzas de ocupación israelí no han sido suficientes para extender la solidaridad para con los palestinos a un grado que lograra cambiar fundamentalmente la política exterior de Estados Unidos. La doble moral, la complacencia de la comunidad internacional y el que no haya reconocido la autenticidad y moralidad de las luchas de mi pueblo son descorazonadoras. Al calvario palestino, arraigado en decenios de exterminio étnico, despojo y apartheid, se le resta importancia con contraargumentos infundados: que no hay con quién hablar de paz, que los palestinos enseñan a sus hijos a odiar a los judíos, que la fuerza excesiva de Israel es de represalia, que la colonización es un derecho legal.
Como es el caso de muchos palestinos, parece que a pesar de que creo en la no violencia y en la coexistencia en un estado democrático, he sido deshumanizada y considerada anti-semita –alguien con quien no se puede hablar– aun antes de que profiera una sola palabra.
Dan Meridor, ex primer ministro israelí del Likud
Hasta 1967, la meta árabe era borrar a Israel del mapa. Dada la espectacular asimetría entre Israel y los estados árabes en cuanto a territorio, población y recursos naturales, los árabes no eran nada irracionales al suponer que, a la larga, podrían alcanzar su meta. La posición unificada de los árabes era no reconocimiento, no negociación y no paz. Los medios de los árabes se basaban en la diplomacia, el terrorismo y el boicot económico.
En vísperas de la guerra de los Seis Días, Israel se enfrentó a una amenaza contra su existencia misma, cuando Egipto envió a sus tropas a la península del Sinaí, bloqueó el puerto meridional de Israel, creó un comando militar unificado con Siria y Jordania, y declaró que quería destruirnos.
La decisiva victoria israelí en contra de todos sus enemigos en cuestión de seis días cambió la situación del Medio Oriente de forma espectacular.
Israel no solo salió victorioso, sino que quedó entendido que se trataba de una nación fuerte que no podría ser derrotada fácilmente. Los dirigentes árabes que anteriormente habían atacado a Israel empezaron a entender la necesidad de encontrar la forma de aceptar su existencia. Algunos de ellos, con el tiempo, optaron por el camino a la paz.
El presidente Sadat se reunió con el primer ministro Begin. Los dos demostraron una notable autoridad y firmaron el primer tratado de paz entre un país árabe e Israel. El rey Hussein de Jordania y el primer ministro Rabin siguieron esos pasos y firmaron el segundo tratado de paz.
El acuerdo de Oslo se firmó se la Organización para la Liberación de Palestina, se han llevado a cabo negociaciones de paz con Siria, y otros estados árabes han establecido informalmente relaciones diplomáticas y turísticas con Israel. Existe cooperación árabe-israelí en materia de inteligencia y seguridad.
Este proceso de renunciar al objetivo de derrotar a Israel y de aceptarlo en el seno del Medio Oriente es un resultado directo de lo fuerte que salió Israel de la guerra de los Seis Días. La agitación actual en el mundo árabe ofrece una oportunidad única para reforzar aun más esta tendencia con más estados árabes.
El conflicto palestino-israelí sigue sin resolverse. La ocupación le resulta nociva a Israel, pero aun un gobierno israelí pacifista no pudo encontrar un acuerdo con los palestinos. El “statu quo sigiloso” está dañando a ambas partes. Se mueve en una dirección peligrosa. Y es un llamado urgente a que haya líderes valientes en ambos lados que puedan resolverlo.
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