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Iberoamérica: la unidad no exige uniformidad

» Por Fernando Ferraro Castro - Asesor parlamentario y exministro de Justicia

Todos los que hemos tenido la oportunidad de estudiar fuera, especialmente en España, y de compartir con españoles y latinoamericanos, hemos experimentado algo muy interesante desde la perspectiva de la identidad: no somos tan diferentes como crecimos oyendo.

Pues bien, a propósito de esta idea, los días 4 y 5 de noviembre se celebrará en Madrid la XXX Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno. El encuentro coincide con el trigésimo quinto aniversario de una iniciativa que comenzó en Guadalajara, México, en 1991, cuando los mandatarios de 21 países establecieron un espacio permanente de diálogo político, cooperación y concertación entre las naciones latinoamericanas y las de la península ibérica.

Desde entonces, las cumbres han recorrido buena parte de nuestra geografía, fortalecido sus mecanismos institucionales y ampliado su agenda. En 2004, Costa Rica fue sede de la XIV Cumbre, dedicada a la educación como instrumento de progreso. Un año después inició sus funciones la Secretaría General Iberoamericana, consolidando una estructura permanente de cooperación. Actualmente, la comunidad reúne a 22 Estados: 19 latinoamericanos, incluidos los países hispanoamericanos y Brasil, junto con España, Portugal y Andorra.

Más allá de sus resultados diplomáticos, las cumbres representan una idea de singular importancia: la existencia de una comunidad internacional que no se define por la continuidad geográfica, la uniformidad política o la integración económica, sino por una historia compartida y un extraordinario patrimonio cultural que relaciona a dos continentes.

En un mundo caracterizado por la competencia entre grandes potencias, las tensiones geopolíticas y la formación de bloques de influencia, conviene reflexionar sobre el significado y las posibilidades de ese espacio común.

Estoy convencido de una idea que he escuchado varias veces: América Latina es, entre las grandes regiones del mundo, la más eurocompatible; y Europa es, recíprocamente, la más latinoamericanocompatible.

No se trata de una afirmación de superioridad cultural ni de una propuesta eurocentrista. Tampoco supone desconocer los vínculos que ambas regiones mantienen con otras partes del mundo. Es, más bien, el reconocimiento de que existen entre ellas condiciones históricas, lingüísticas, institucionales y culturales excepcionalmente favorables para el entendimiento y la cooperación.

La historia explica buena parte de esa afinidad. Durante varios siglos se desarrolló un proceso complejo de encuentros, imposiciones, resistencias, intercambios y transformaciones que terminó por configurar sociedades nuevas. La presencia europea fue determinante, pero no exclusiva. Las culturas originarias de América, las poblaciones africanas y las sucesivas corrientes migratorias contribuyeron decisivamente a formar las identidades latinoamericanas.

América Latina no es una prolongación de Europa. Es una realidad histórica y cultural propia, construida a partir de múltiples raíces, que adoptó, transformó y enriqueció elementos de la cultura europea hasta producir expresiones originales en la literatura, las artes, el pensamiento, el derecho y las instituciones.

Esa influencia tampoco fue unilateral. Europa recibió de América mucho más que recursos materiales. Incorporó alimentos, conocimientos, expresiones artísticas, ideas y sensibilidades que modificaron profundamente su propia evolución. La historia de ambas regiones no puede comprenderse plenamente si se estudia por separado.

De allí nace una compatibilidad que trasciende el idioma. Compartimos importantes tradiciones jurídicas, referencias filosóficas, corrientes de pensamiento político y una prolongada experiencia de intercambios humanos. El español y el portugués constituyen instrumentos extraordinarios de comunicación, pero el valor de esa comunidad reside, sobre todo, en la posibilidad de comprender nuestras diferencias a partir de numerosos referentes compartidos.

Esta perspectiva permite apreciar mejor la importancia de la comunidad iberoamericana, cuya fortaleza consiste en convertir las diferencias nacionales en una fuente de enriquecimiento colectivo. Brasil aporta la dimensión portuguesa y una formidable diversidad cultural y económica; España y Portugal constituyen vínculos históricos y contemporáneos con el conjunto europeo; Andorra participa desde su propia singularidad; y las naciones hispanoamericanas contribuyen con sus múltiples identidades, experiencias e intereses.

El valor de Iberoamérica no reside en que sus integrantes sean semejantes, sino en que puedan reconocerse como diferentes dentro de una comunidad de afinidades.

Esta concepción tiene consecuencias políticas importantes. La cooperación no debe entenderse como una relación entre países que enseñan y países que aprenden, entre sociedades que ofrecen modelos y otras llamadas a imitarlos. Debe concebirse como una relación entre Estados soberanos, cada uno portador de experiencias, conocimientos y capacidades que merecen ser reconocidos y promovidos.

Desde esa perspectiva, las cumbres ofrecen posibilidades que van mucho más allá de las declaraciones diplomáticas. La cooperación educativa, científica y tecnológica; los intercambios universitarios; la circulación de obras culturales; la investigación conjunta y la colaboración en políticas públicas pueden contribuir al desarrollo de las capacidades nacionales y, simultáneamente, fortalecer el conjunto.

Existen experiencias que demuestran su viabilidad, como los programas iberoamericanos de cooperación cultural, entre ellos Ibermedia, y diversos mecanismos de colaboración científica, educativa y social. Son iniciativas que expresan una concepción de la integración basada en proyectos concretos, más que en la uniformidad de las estructuras políticas.

Naturalmente, el espacio iberoamericano también enfrenta dificultades. Sus países presentan profundas diferencias económicas, institucionales e ideológicas. No siempre comparten prioridades ni interpretaciones sobre los grandes desafíos internacionales. Sin embargo, precisamente por eso resulta valioso mantener un ámbito permanente de interlocución. La cooperación entre países idénticos sería sencilla; el verdadero mérito político consiste en construir acuerdos entre naciones diferentes.

La Cumbre de Madrid debería representar, por tanto, algo más que una oportunidad para renovar compromisos. Podría servir para reafirmar una concepción de Iberoamérica fundada en la igualdad soberana, el respeto por la diversidad y el reconocimiento del valor integral de cada una de las sociedades que la conforman.

Con ese propósito, América Latina tiene tanto que aportar como que recibir. Su riqueza natural, creatividad cultural, diversidad humana, experiencia histórica y potencial económico le confieren una personalidad propia en la comunidad internacional. Europa, por su parte, aporta una extraordinaria acumulación de conocimientos, desarrollo institucional, patrimonio cultural y capacidades científicas y tecnológicas. El intercambio entre ambas debe organizarse alrededor de las complementariedades, no de las jerarquías.

Las cumbres iberoamericanas ofrecen, además, una oportunidad para proyectar esas afinidades hacia el conjunto de Europa, sin pretender sustituir otros espacios de cooperación ni limitar la libertad de cada país para establecer sus propias relaciones internacionales.

En definitiva, la idea de la eurocompatibilidad latinoamericana y de la latinoamericanocompatibilidad europea no pretende mirar con nostalgia hacia un pasado compartido. Propone reconocer una realidad histórica para proyectarla hacia el futuro.

Iberoamérica no debe ser el espacio donde América Latina se encuentre con sus antiguas metrópolis, sino aquel donde 22 Estados soberanos se reconozcan como integrantes de una comunidad que respeta sus diferencias, aprecia sus singularidades y multiplica sus posibilidades.

Porque la verdadera riqueza de una comunidad no consiste en que todos sus miembros compartan una misma identidad, sino en que cada uno pueda desarrollar plenamente la suya y, al hacerlo, enriquecer a los demás.

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