GW Villalobos: el candidato que no ganó la presidencia, pero sí el corazón del pueblo

» Por Dr. Fernando Villalobos Chacón - Historiador y analista político

Hay figuras en la historia política costarricense que, aunque no conquistaron el poder, dejaron una huella indeleble en la memoria popular. Uno de ellos fue GW Villalobos, un personaje irrepetible que, en plena época del bipartidismo, decidió desafiar la solemnidad y darles un giro inesperado a las campañas electorales.

Villalobos no era un político tradicional. Venía de una vida sencilla, marcada por el esfuerzo y la creatividad. Para sostener a su familia fundó una pequeña empresa artesanal de productos de limpieza que el mismo elaboraba, vendía y promocionaba con el ingenioso nombre de la “Mergollina Limpiadora”.

Esa historia de emprendimiento, lejos de avergonzarlo, se convirtió en parte de su identidad pública: “Si puedo limpiar su casa, también puedo limpiar la política”, solía bromear.

Pero lo que realmente convirtió a Villalobos en leyenda fueron sus gestos audaces y su carisma natural. Un día, para sorprender al electorado, se lanzó en paracaídas en medio de un acto de campaña. En otra ocasión, apareció disfrazado de Superman, provocando risas y aplausos por su osadía y originalidad. El mensaje era que solo el podía desafiar al bipartidismo. No podemos olvidar cuando disparó a la casa de Robert Vesco envuelto en la bandera de Costa Rica, siendo una anécdota muy simbólica para la época.

También participaba en carreras de autos con su viejo Volkswagen escarabajo, pintado con los colores de su movimiento político. Todo esto, no como una estrategia calculada, sino como la expresión genuina de alguien que entendía que la política podía ser alegre y creativa sin perder la seriedad de las propuestas.

A partir de su irrupción, las campañas nunca volvieron a ser iguales. Lo que antes era un ejercicio rígido y formal, se transformó en un espectáculo donde los candidatos comenzaron a bailar en tarimas, cantar en karaokes, montar caballos en topes y protagonizar todo tipo de escenas para mostrarse cercanos al pueblo.

Villalobos abrió esa puerta, aunque muchos intentaron imitarlo sin lograr su autenticidad.

Hoy, sin embargo, el panorama es otro. Aquella política cargada de humor y cercanía ha dado paso a un escenario dominado por la intolerancia, la ofensa, la calumnia y la guerra sucia en redes sociales. Lo que antes era alegría ahora son gritos; lo que antes eran gestos de empatía hoy son ataques coordinados por granjas de troles y campañas de desinformación. El debate democrático ha cedido espacio a la agresión, la burla y el “bullying” político, lo que refleja un cambio preocupante en los valores ciudadanos.

Por eso, al recordar a GW Villalobos, no se trata de evocar un simple anecdotario pintoresco, sino de rescatar un mensaje: la política puede ser creativa sin ser destructiva; puede acercarse al pueblo sin caer en el odio ni la división. Él nos demostró que el respeto, la alegría y la imaginación pueden convivir con la seriedad de un proyecto político.

Costa Rica, que por más de dos siglos se ha distinguido por la civilidad y el diálogo, no puede permitir que el insulto sustituya al argumento ni que el agravio suplante la idea. El llamado, hoy más que nunca, es a recuperar la tolerancia, la concordia y los valores que nos han unido como nación. Esa será la mejor manera de honrar a quienes, como GW Villalobos, nos recordaron que la política puede ser un espacio para construir, y no para destruir.

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