La controversia generada en 2019 por la propuesta del presidente estadounidense, Donald Trump de adquirir Groenlandia suele analizarse como un episodio de matonismo o de pura excentricidad, un gesto improvisado o una muestra más de su estilo personalista. Sin embargo, una lectura geopolítica rigurosa sugiere que el episodio operó, deliberadamente o no, como una palanca de movilización estratégica dirigida a los países europeos, aliados incluso de los Estados Unidos.
El valor del caso no reside en la viabilidad jurídica de una transferencia territorial (virtualmente nula), sino en su efecto sobre la percepción de riesgo, la agenda de seguridad y la redistribución de responsabilidades en el Ártico. Desde esta perspectiva, Groenlandia funcionó menos como un objetivo final y más como un instrumento de señalización que forzó a actores europeos, tanto dentro de la Unión Europea como de la OTAN, a reconsiderar su posición frente a la creciente actividad rusa en el flanco norte.
Cuando Donald Trump coloca a Groenlandia en el centro del debate internacional, introduce un elemento de incertidumbre estratégica que afecta directamente a Dinamarca y, por extensión, al equilibrio de seguridad en el Atlántico Norte. La reacción pública de rechazo por parte de Copenhague no debe ocultar el efecto práctico del episodio, el tema ártico, hasta entonces tratado en gran medida como un asunto de cooperación científica, cambio climático y gobernanza a través del poder blando, desplaza hacia el núcleo de la discusión de seguridad y de posicionamiento estratégico. El presidente Trump no necesitó convencer a nadie, le bastó con incomodar. En política de alianzas, la incomodidad suele activar mecanismos de ajuste más rápido que la persuasión tradicional.
Este movimiento encaja con una lógica conocida en la disciplina de las relaciones internacionales, la señalización coercitiva hacia aliados. De este modo, el presidente estadounidense ha operado de forma consistente bajo el supuesto de que Europa sub invertía en defensa y externalizaba costos estratégicos a Estados Unidos. Por lo que, al introducir la posibilidad (aunque fuera retórica) de una redefinición radical del estatus de Groenlandia, elevó el costo político de la pasividad europea en el Ártico. El mensaje implícito fue claro, si Europa no asume el norte como un teatro estratégico relevante, Washington lo hará bajo sus propios términos. El método resultó disruptivo, pero eficaz para romper la inercia.
El contexto estructural explica por qué la señal encontró espacio de acción. Desde principios de la década de 2010, Rusia ha invertido de manera sostenida en la militarización del Ártico, siendo más evidente posterior al inicio del conflicto contra Ucrania. En este punto, Moscú reactivó bases soviéticas, desplegó sistemas de defensa aérea, modernizó su Flota del Norte y consolidó una estrategia de control del acceso marítimo en torno a la península de Kola.
Este tipo de despliegue no responde únicamente a intereses económicos o a la apertura de nuevas rutas de navegación, sino que responde a una lógica de negación de área y protección de su capacidad de disuasión estratégica. El Ártico se convirtió así en una extensión natural del equilibrio militar euroatlántico. Washington entendió esta dinámica con claridad, muchas capitales europeas tardaron más en internalizarla.
La reacción europea inicial al episodio de 2019 no fue de convicción estratégica, sino de gestión del daño político. Dinamarca defendió su soberanía y rechazó cualquier discusión sobre venta, pero simultáneamente reafirmó su disposición a profundizar la cooperación militar con Estados Unidos en el Ártico. Este doble movimiento revela el núcleo del problema, Europa no podía permitirse ignorar el mensaje sin arriesgar su credibilidad como socio de seguridad, pero tampoco podía legitimar abiertamente el método empleado por Trump. De nuevo, la incomodidad actuó como motor del ajuste.
En el plano multilateral, la OTAN comenzó a traducir esta presión en lenguaje operativo. Ejercicios de gran escala en el norte, como Trident Juncture y Cold Response, dejaron de presentarse únicamente como entrenamientos en clima extremo y pasaron a enmarcarse como pruebas de interoperabilidad, refuerzo y defensa colectiva en el flanco norte. Este cambio de encuadre importa más que el número de tropas desplegadas: indica que la Alianza empezó a tratar el Ártico como un espacio donde se juega la credibilidad del artículo 5 y la continuidad del vínculo transatlántico.
La adopción del Concepto Estratégico de 2022 consolidó este giro. Al identificar explícitamente la capacidad rusa para interrumpir refuerzos aliados en el High North y el Atlántico Norte, la OTAN incorporó el Ártico a su núcleo doctrinal. Esta decisión no surge directamente del episodio Groenlandia, pero el episodio contribuyó a acelerar un debate que ya existía y a reducir la resistencia política a asumirlo de forma explícita. La señal de 2019 actuó como un catalizador temprano; la guerra en Ucrania confirmó el diagnóstico y eliminó las últimas dudas.
La Unión Europea siguió una trayectoria distinta. Bruselas actualizó su política ártica con un lenguaje que reconoce intereses geopolíticos, pero mantiene un énfasis marcado en sostenibilidad, comunidades locales y gobernanza. Este enfoque refleja tanto limitaciones institucionales como una preferencia política, la UE acepta que el Ártico importa estratégicamente, pero evita convertirse en un actor militar en ese espacio. Aquí, de nuevo, la reacción responde más a incomodidad que a convicción alineada con Washington. La UE se mueve para no quedar irrelevante, no para liderar la disuasión.
El caso de Groenlandia ilustra mejor que ningún otro esta tensión. La base estadounidense en la isla, rebautizada como Pituffik Space Base, desempeña un papel central en alerta temprana, defensa antimisiles y vigilancia espacial. Su valor estratégico resulta incuestionable. Al mismo tiempo, el debate político interno en Dinamarca sobre acuerdos de cooperación defensiva con Estados Unidos evidencia los costos de una señalización demasiado agresiva. La ampliación del acceso militar estadounidense fortalece la disuasión, pero alimenta temores sobre soberanía y dependencia. Trump logró mover la aguja, pero a costa de aumentar la fricción política.
Desde un punto de vista de eficacia, la estrategia funcionó de manera parcial y asimétrica. Funcionó como mecanismo de establecimiento de agenda, el Ártico dejó de ser marginal en la conversación estratégica europea. Funcionó como herramienta de presión para reforzar la cooperación bilateral y multilateral en el norte. No funcionó como instrumento de construcción de consenso ni de alineamiento político duradero. Europa ajustó su conducta, pero no abrazó el marco discursivo ni el estilo del mensajero.
El elemento decisivo fue temporal. Entre los años 2019 y 2021, la reacción europea se explica principalmente por incomodidad política y gestión del riesgo. A partir del año 2022, la convicción estratégica emerge por la fuerza de los hechos. Rusia valida el peor escenario y convierte el Ártico en un componente más de la competencia sistémica. En ese contexto, el episodio Groenlandia aparece, en retrospectiva, como una advertencia temprana formulada de manera torpe, pero no equivocada en su diagnóstico.
En términos de geopolítica aplicada, el caso deja varias lecciones. En primer lugar, que la señalización disruptiva puede acelerar procesos de ajuste en alianzas maduras, pero genera costos reputacionales y resistencia política. Como segundo elemento, Europa responde con mayor rapidez a la percepción de abandono potencial que a la persuasión argumentativa. Como tercer aspecto, el Ártico ya no puede tratarse como un espacio excepcional separado de la lógica de poder euroatlántica. Groenlandia, más que un territorio remoto, se consolidó como un nodo crítico del equilibrio estratégico entre Estados Unidos, Europa y Rusia.
En última instancia, la pregunta sobre si Europa reaccionó por convicción o por incomodidad admite una respuesta secuencial. Primero reaccionó por incomodidad, para evitar quedar expuesta a una redefinición unilateral del orden ártico. Después desarrolló convicción, impulsada no por Trump, sino por la evolución del entorno de seguridad. La “estrategia Groenlandia” no construyó consenso, pero sí aceleró el reconocimiento de una realidad estratégica que Europa ya no puede ignorar. En un sistema internacional marcado por la competencia entre grandes potencias, ese tipo de aceleración, aunque imperfecta, produce efectos duraderos.