Gaza y la crisis de la verdad internacional

» Por Junior Aguirre Gorgona - Profesor de Política Global

La guerra entre Israel y Hamás no solo ha dejado una devastación militar, humana y política. También ha puesto en evidencia una fractura más silenciosa, pero no menos grave: la dificultad del sistema internacional para producir información confiable en medio de un conflicto tan politizado y volátil. Desde los ataques del 7 de octubre de 2023, la guerra en Gaza ha sido narrada al mundo a través de comunicados, cifras, informes humanitarios, declaraciones diplomáticas y titulares que circularon con enorme velocidad. Muchas de esas informaciones fueron recibidas casi automáticamente como si provinieran de fuentes neutrales, verificadas y técnicamente indiscutibles.

En particular, los informes y pronunciamientos de agencias vinculadas a Naciones Unidas adquirieron un peso decisivo en la formación de la opinión pública, en el lenguaje de los gobiernos y en las discusiones jurídicas internacionales. El problema es que esa autoridad no puede darse por sentada. Debe generarse todos los días mediante procedimientos verificables, criterios consistentes y una separación clara entre información humanitaria y posicionamiento político.

Un reciente informe titulado Laundering Propaganda: How UN actors manipulated information in the Gaza War sostiene que distintos actores del sistema de Naciones Unidas reprodujeron, sin suficiente verificación, información proveniente de organismos controlados por Hamás, hasta convertirla en datos percibidos globalmente como hechos establecidos. El documento identifica prácticas como la difusión de cifras no verificadas, la presentación parcial de estadísticas, la omisión sistemática del papel de Hamás en el deterioro humanitario de Gaza y el uso de afirmaciones sensacionalistas que luego no fueron corregidas con la misma visibilidad.

La gravedad del asunto no reside solo en que una cifra pueda haber sido errónea. En una guerra, siempre existe un margen de incertidumbre, y sería ingenuo negarlo. El problema empieza cuando una institución con autoridad internacional reproduce información de una de las partes en conflicto sin transparentar de manera suficiente su origen, sus límites metodológicos o su grado real de verificación. En ese momento, la información deja de funcionar como insumo técnico y empieza a operar como instrumento político.

La ONU no es un medio de comunicación, ni una organización militante, ni un gobierno interesado en ganar una batalla narrativa. Su legitimidad descansa en la promesa de imparcialidad, y cuando esa promesa se debilita, el daño no afecta solo a Israel. Afecta al conjunto del sistema multilateral.

Hamás comprendió desde el inicio que esta guerra no podía ganarla en el terreno militar. Su estrategia pasaba, en gran medida, por convertir cada imagen, cada cifra y cada acusación en un activo político. El uso de infraestructura civil con fines militares, la operación desde zonas densamente pobladas y la instrumentalización del sufrimiento palestino no son aspectos secundarios del conflicto. Forman parte del método. Por eso resulta tan problemático que ciertos informes humanitarios hayan descrito las consecuencias de la guerra sin integrar de manera suficiente el papel de Hamás en la producción de esas condiciones.

El caso del hospital Al-Ahli, en octubre de 2023, sigue siendo uno de los ejemplos más reveladores. Durante las primeras horas, la acusación contra Israel recorrió el mundo con enorme fuerza. La cifra inicial de muertos y la atribución del ataque fueron asumidas por amplios sectores como verdades consolidadas. Días después, investigaciones de inteligencia occidental y análisis independientes apuntaron a una explicación distinta: un proyectil palestino fallido. La corrección llegó tarde, con menos fuerza y sin el mismo impacto emocional que la acusación original.

El debate no debería reducirse ni a una defensa automática de Israel ni a una descalificación general de Naciones Unidas. Ambas posturas empobrecen la discusión. Israel, como cualquier Estado democrático, puede y debe ser sometido a escrutinio. Pero ese escrutinio pierde legitimidad cuando se construye sobre información deficiente, fuentes opacas o estándares aplicados de manera desigual. La crítica a Israel no es antisemitismo por definición. Sin embargo, cuando se consolida una imagen demonizada de Israel a partir de datos incompletos o de la omisión deliberada del papel de Hamás, se alimenta un clima internacional en el que el antisemitismo encuentra nuevas formas de legitimación. La cuestión, entonces, no es si debemos sentir compasión por Gaza. Desde luego que sí.

Las Naciones Unidas siguen siendo necesarias. En un mundo atravesado por guerras, desplazamientos, crisis humanitarias y polarización, no tendría sentido celebrar su descrédito. Precisamente porque siguen siendo importantes, deben ser examinadas con más rigor y cuestionadas con más firmeza cuando fallan en su deber de informar con imparcialidad. La guerra de Gaza terminará algún día, pero la narrativa construida en torno a ella probablemente durará mucho más. Si esa narrativa termina asentándose sobre datos no verificados y sobre acusaciones que nunca se corrigen con la misma claridad con que se difundieron, el daño será profundo. No solo para las partes directamente involucradas, sino también para la credibilidad de las instituciones que deberían ayudarnos a distinguir entre el hecho y la propaganda. Y cuando esa frontera se borra, la justicia deja de afirmarse en la verdad y empieza a depender de quién logra imponer mejor su relato.

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