Desde que se anunció la Flotilla Global Sumud, muchos medios y titulares la han presentado como una misión humanitaria noble y necesaria, porque ¿Qué mala intención podría haber en llevar alivio humanitario a personas que en apariencia la necesitan? Sin embargo, una indagación más detenida revela que la intención de fondo no parece ser romper un bloqueo marítimo que los miembros de la Flotilla denominan como injusto, sino provocar una crisis diplomática, ganar notoriedad mediática y poner a Israel bajo el escrutinio mediático. Este artículo sostiene que el discurso legítimo de ayuda humanitaria es cooptado por una estrategia de «performance político», con vínculos sospechosos, contradicciones internas y una deliberada resistencia a las rutas propuestas por Israel para desembarcar la supuesta ayuda.
Para empezar, es necesario comprender el contexto que justifica el bloqueo israelí. Desde 2007, tras la toma del poder de Hamás en Gaza, Israel –y en distintos periodos Egipto– han impuesto un cerco terrestre, aéreo y marítimo sobre la Franja de Gaza, bajo el argumento de impedir el contrabando de armas, cohetes y componentes militares que alimentarían las hostilidades contra su territorio. En el marco de conflictos armados, la doctrina del derecho internacional reconoce que un Estado puede imponer bloqueos marítimos si se cumplen requisitos clave que estipula el Manual de San Remo de 1994:
- Debe declararse públicamente,
- Notificar a los estados
- Debe existir capacidad real de imponer el bloqueo (efectividad).
- En esa lógica, interceptar barcos que intentan quebrar ese cerco puede justificarse siempre que se preserve la proporcionalidad y no se impida el ingreso de bienes esenciales, cuando existan rutas alternativas seguras.
Además, la resolución 1860 inciso 6 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas “exhorta a los estados miembros a que se intensifiquen los esfuerzos que buscan encaminar a establecer garantías en Gaza” (…) “incluso para prevenir el tráfico ilícito de armas y municiones”, a este respecto, como dice la resolución “acoge con beneplácito la iniciativa egipcia y otros esfuerzos regionales e internacionales en curso”.
Ese es el espacio legal donde Israel basa su bloqueo legítimo: no busca castigar poblaciones, sino proteger ciudadanos, evitar que Hamás refuerce su arsenal y preservar su capacidad de defensa. En múltiples ocasiones, Israel ha ofrecido que la ayuda humanitaria sea descargada en puertos israelíes (por ejemplo, Ashkelon) y luego transferida a Gaza bajo inspección, si los activistas aceptan abandonar el ingreso marítimo directo. Esa oferta, sin embargo, ha sido rechazada por la coordinación de la flotilla, una decisión que revela mucho sobre su prioridad política más que sobre su genuina vocación humanitaria.
Entonces, ¿qué es la Flotilla de Sumud y cuáles son sus pretensiones? Oficialmente, es una iniciativa civil internacional, lanzada en 2025, que busca romper el bloqueo marítimo sobre Gaza llevando alimentos, medicinas y visibilidad. Está compuesta por decenas de barcos y voluntarios de más de 40 países, entre ellos activistas, políticos, figuras mediáticas y periodistas. El nombre “Sumud” proviene del árabe y una traducción cercana sería “resistencia, perseverancia”. Israel desde antes la ha catalogado como entidad con vínculos con Hamás y la Hermandad Musulmana, acusaciones que la flotilla ha rebatido como propaganda negra.
Pero volvamos a los últimos acontecimientos: conviene subrayar una cláusula reveladora, al anunciar la flotilla, Israel ofreció que si el convoy verdaderamente era humanitario, podía atracar en Ashkelon y trasladar la carga hacia Gaza bajo supervisión israelí. La flotilla rechazó esa alternativa. Eso sugiere que no se trataba tanto de entregar ayuda como de desafiar el bloqueo de manera simbólica.
Un episodio no menor y que exige escrutinio es que la flotilla fue interceptada durante Yom Kippur, el día más sagrado del calendario judío. Realizar ese intento de aproximación —en el contexto de un conflicto— coincide con la estrategia clásica de provocación que Hamas ha usado por años: utilizar la carga simbólica temporal para intensificar la tensión. Israel interpretó la maniobra como un acto deliberado con objetivo de desacreditar su política de seguridad en un día de gran sensibilidad religiosa. Esa sincronización no parece casual.
Otro aspecto inquietante es la composición política e identitaria de algunos de los participantes: miembros visibles de movimientos feministas, LGTBIQ+, activismo “woke” y de izquierda progresista. En el contexto del mundo árabe y bajo el régimen de Hamás, estos valores rara vez coinciden con las agendas locales y, por tanto, su presencia parece orientada más al espectáculo mediático global que a una efectiva solidaridad territorial. Acusar a quienes están lejos de entender la realidad local de Gaza de “activistas globales” no es un ad hominem, sino una crítica consistente: si el propósito fuera realmente el alivio humano, uno esperaría que las alianzas respetaran las sensibilidades regionales y no impusieran simbologías foráneas. Y sobre todo, que es lo más lógico, que aceptaran que la ayuda humanitaria que decían llevar, fuera descargado en el puerto israelí y posteriormente entregada en Gaza.
En ese sentido, no puede ignorarse el dato emergente de que, tras la inspección de los barcos interceptados, Israel afirmó que muchos de ellos no portaban carga humanitaria significativa, e incluso que estaban vacíos. The Jerusalem Post reportó que “ninguna de las
40 embarcaciones llevaba ayuda humanitaria” según las inspecciones israelíes. Esa acusación, si es precisa y de comprobarse en las próximas horas, mina la narrativa dominante de solidaridad. En paralelo, Israel ha dicho que muchos participantes habían agotado sus propias provisiones antes de ser interceptados y que fueron alimentados en puertos israelíes tras su captura. Con esos antecedentes, es imposible no ver la flotilla como un operativo de visibilidad y no como un elemento de ayuda legitima para los que la necesiten. En la guerra de narrativas, los activistas “influencers” buscan capturar titulares, presionar gobiernos y desvalorizar el bloqueo de Israel más que realmente aliviar el sufrimiento en Gaza.
Finalmente, hay un hilo que entrelaza todos estos elementos: el uso de la provocación como instrumento político. Invocar derechos humanos es necesario, pero no suficiente cuando la conducta contradice los propósitos declarados. Que la flotilla haya rechazado una ruta segura ofrecida, que haya sido interceptada en un día religioso clave, que muchos barcos llegaran vacíos, y que su staff esté compuesto por activistas de agendas ideológicas globales más que especialistas en logística humanitaria, todo sugiere una estrategia de confrontación, no de socorro.
Con todo lo anterior en mente, y a la espera de confirmaciones necesarias, la Flotilla de Sumud no prueba que el bloqueo de Israel sea injusto, sino que revela un diseño claro y contundente de utilidad para este grupo de influencers: el bloqueo se convierte en escenario de espectáculo mediático internacional. Como muchas misiones anteriores —como la flotilla Mavi Marmara en 2010— el riesgo de manipulación simbólica es alto. Finalmente, si en el futuro cercano si no hay transparencia por parte de los orquestadores de esta procesión naval mediática por el Mediterráneo, si no existe una carga útil palpable, rutas alternativas diplomáticas aceptadas, entonces no estamos frente a activistas por los derechos humanos, sino frente a influencers marítimos.