Columna El silencio NO es oro

Firmemos el TLC con Israel: porque el libre mercado no es el problema, es la solución

» Por María Lucía Arias - Estudiante de Economía y Ciencias Actuariales

En un país donde algunos creen que el comercio exterior debe pasar por filtros ideológicos, emocionales y diplomáticos antes de generar desarrollo, resulta escandaloso tener que justificar algo tan obvio como un Tratado de Libre Comercio con Israel. Un acuerdo con una de las economías más innovadoras del planeta, con más inversión en investigación que cualquier otro país del mundo, y con un PIB per cápita tres veces mayor al nuestro, debería ser un consenso técnico, no un debate moral.

Pero en Costa Rica seguimos atrapados en la mentalidad proteccionista del siglo XX, donde abrir mercados es “entreguismo” y conectar con una potencia tecnológica es “traicionar la soberanía”. Esta caricatura nacionalista (respaldada por grupos que nunca han producido más que panfletos ideológicos) impide ver lo esencial: el comercio no es un lujo, es una necesidad. Y cuando el socio es Israel, esa necesidad se convierte en una oportunidad histórica.

Nuestro PIB ronda los $100 mil millones. El de Israel supera los $540 mil millones. Es decir, producimos en un año lo que una economía desarrollada como Israel genera mientras desayuna, en medio de conflictos que amenazan su existencia como nación. Nuestro PIB per cápita apenas alcanza los $19 mil; el de ellos supera los $57 mil. No se trata solo de tamaño: se trata de productividad, capital humano y capacidad para competir en la economía global. Y sin embargo, todavía hay quienes sugieren que un TLC con Israel “nos pone en desventaja”. Eso no es opinión: es analfabetismo económico.

Según el FMI, Costa Rica crecerá alrededor de 3.4% a 3.5% en 2025, respaldado por una caída sostenida de la deuda pública por debajo del 60% del PIB y por la apertura económica de las zonas francas. El gobierno incluso obtuvo una línea de crédito flexible de $1.500 millones del Fondo Monetario, una señal de confianza internacional. Mientras tanto, Israel se mueve como un baluarte de resiliencia. Aun anticipando una economía golpeada por guerras regionales, proyectan un crecimiento del 3.5% en 2025 y hasta un 4% en 2026. Su mercado de valores ha mostrado una recuperación sólida desde octubre de 2023, reflejando confianza de inversión incluso en medio de conflictos.

Lo que realmente le da poder económico a Israel no es su tamaño ni su PIB: es cómo producen, cómo invierten y cómo piensan. Mientras en Costa Rica discutimos si importar tecnología es “neocolonialismo”, Israel dedica alrededor del 6% de su PIB a Investigación + Desarrollo. ¿Les parece mucho? Es más que Alemania. Más que Estados Unidos. Más que Japón. Sí, Japón. Israel invierte más en ideas que muchos países en infraestructura.

Eso se traduce en resultados: Israel convierte el desierto en ecosistemas tecnológicos. ¿Y nosotros? Almacenamos computadoras en bodegas, cancelamos programas como TecnoAprender, robótica y colegios de innovación… y después nos preguntamos por qué seguimos atrasados. Esa es la soberanía digital costarricense: retener tecnología en vez de formar ciudadanos competentes.

Costa Rica vive de exportar café, banano, dispositivos médicos y servicios digitales. ¿Y saben qué tienen en común los tres sectores más dinámicos de nuestra economía? Que nacieron después de que abrimos el país al comercio en los años 90. Según el Banco Central, más de la mitad de nuestras exportaciones provienen hoy de sectores que apenas existían antes. Nada de eso fue gracias al proteccionismo ni al Estado. Surgió del mercado, de la competencia, de los tratados. De dejar entrar capital e ideas.

Entonces no, no es cierto que el libre comercio “nos hace dependientes”. Lo que nos hizo dependientes fue el modelo anterior: el del miedo, el de la autosuficiencia ficticia, el que protegía a los ineficientes y castigaba a los productivos. Ese modelo fracasó. El comercio NO nos hizo dependientes, nos hizo relevantes.

Además, un TLC con Israel nos abriría la puerta para diversificar aún más nuestras exportaciones. Costa Rica podría colocar en ese mercado sus dispositivos médicos, servicios digitales, software, alimentos procesados, frutas tropicales, cacao fino y productos agrícolas especializados. El tratado también facilitaría alianzas entre nuestras pymes y empresas israelíes en áreas como biotecnología, educación en línea, energías limpias y ciberseguridad.

Pero no solo se trata de exportar: se trata también de importar inteligencia. Tecnología israelí de punta en agricultura, riego por goteo, manejo hídrico, inteligencia artificial, robótica y salud digital podría transformar sectores completos de nuestra economía, desde el agro hasta la infraestructura pública. Incluso universidades y centros de investigación costarricenses tendrían acceso preferencial a colaboraciones, fondos y transferencia tecnológica. Eso se traduce en innovación local, empleos mejor pagados, competitividad real y crecimiento económico sostenible. No se trata solo de vender más, sino de producir mejor, aprender del que lidera y dejar atrás el complejo tercermundista de temerle al progreso.

Y sin embargo, cada vez que aparece un nuevo TLC, como el de Israel, salen los mismos fantasmas: “que va a destruir al agricultor…”, ”que el imperialismo…”, ”que la soberanía…” Pero nunca dicen lo obvio: que con cada tratado bajan los precios de productos clave, aumentan los empleos en sectores competitivos, y la inversión extranjera sube porque hay reglas claras. Un país que firma acuerdos comerciales inspira confianza. Uno que le teme al comercio se resigna a la mediocridad.

La verdad es esta: Israel NO nos quiere colonizar. Nos quiere vender y comprar. Y eso, en términos económicos, es el mejor halago que un país puede recibir. Porque nadie comercia con inútiles. Y si firmamos ese TLC, no solo abrimos la puerta al capital, a la tecnología y a la productividad. Abrimos la puerta a dejar de ser irrelevantes. Si queremos dar el siguiente salto (más innovación y más sofisticación económica) necesitamos TLCs con países como Israel. Con los que no solo compran nuestros productos, sino que también nos pueden enseñar a producir mejor.

Así que, a los grupos radicales (esos que coquetean con el islamismo terrorista y se disfrazan de justicieros morales), les digo claro y directo: sí, sigamos discutiendo si es “ético” firmar un TLC con un país que lidera en tecnología, nos triplica en productividad y nos ofrece acceso preferencial a insumos que ni siquiera somos capaces de producir. Sigamos gritando que “la soberanía” se defiende con ignorancia económica y dogmas ideológicos. Pero no esperen desarrollo. Porque mientras nosotros firmamos cartas simbólicas, Israel firma contratos. Y esa es (y seguirá siendo) toda la diferencia.

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