
“Quiero que aprendan a hacer las cosas como yo las aprendí cuando era joven estudiante, por ello, ustedes, mis estudiantes, harán todo lo que yo les digo”, expresó el profesor Pérez a sus estudiantes.
¿Cuántos estudiantes llegan a las aulas con una visión propia, querer implementar y compartir sus experiencias y cuántos salen de ellas “fabricados” a la manera del profesor, de la ideología que buscan imponer algunos?
Esa es una interesante pregunta que no tiene una única respuesta, sino que nos impulsa a hacer un alto en este fin del curso lectivo 2020 y reflexionar cuántos docentes lo que buscan es moldear a los estudiantes, hacerlos a su manera y no dejarlos “explotar” sus habilidades y cuántos de nosotros anhelamos impulsar el crecimiento del estudiantado en una relación respetuosa tripartita, sin que exista incluso ideologías impuestas por algunos actores políticos y sociales.
Claro está, primero que nada, que la “educación es una actividad esencialmente social, relacional y comunicativa que hace posible que los miembros de la especie humana se desarrollen como personas en el marco de una cultura y con la ayuda de otros” (Coll y Martin, 2009, p.88).
Entonces ahí nace otra interrogante, ¿se relacionan los docentes con la especie humana que está deseando aprender? ¿O los hacen a su manera? Es clave ante todo tener presente que la educación es social, relacional y comunicativa, que implica ese intercambio real de conocimiento entre el docente y el educando y que para que el éxito de ella se alcance a plenitud es necesario dar esos espacios y hacer de la educación una verdadera actividad mutua, expresiva y expansiva.
Los educadores debemos enseñar y guiar a los alumnos, procurar la formación intelectual y cultural, respetar las creencias religiosas, las ideas políticas, filosóficas; asimismo, respetar y hacer respetar dentro de nuestras clases y en el campus universitario o colegial, las normas de comportamiento, de conducta y de moral establecidos. Esto implicaría, un acercamiento directo con el estudiante y no hacer de ellos una fábrica de conocimiento moldeado al estilo del profesor.
Por ello, como docente universitario y Director de Carrera, muestro mi desaprobación para con aquellos que tratan de imponer su ideología hasta llegar a fabricar al estilo de cada uno de ellos a sus estudiantes, por encima de las convicciones de los educandos.
Debemos promover que en cada clase la formación sea tripartida: profesor-estudiante-sociedad, donde el conocimiento de todos sea valioso, su ideología respetada y la discusión sea amena en un marco de respeto, tolerancia y crecimiento absoluto. No se vale obligar al estudiante a contestar lo único que me interesa como profesor, no se vale impedirle que tenga su credo, no se vale exigirle una forma de actuación exclusiva a la mía, no se vale limitarle su orientación religiosa o sexual, no se vale fabricarlo a mi manera para que actúe como yo y no más que yo. Ojo, eso va en detrimento de un verdadero proceso de enseñanza. No se vale decirle que sea como yo para que gane un curso; lo que sí es válido es orientarlo, formarlo con conocimiento y guiarle para que sea cada vez más una mejor persona.
Como lo dijo Albert Einstein, “no es suficiente enseñar a un hombre una especialidad. Por este medio se puede convertir en una especie de máquina útil, pero no una personalidad desarrollada armoniosamente. Es esencial que el estudiante adquiera conocimientos y un sentido vivo de los valores, un sentido vivo de lo bello y moralmente bueno…” (Citado por Barrantes, Carlos “En busca de la calidad,” 2005, p.6)
Debemos así entonces dejar la teoría donde el estudiante no aporta nada al proceso y depende para aprender de los estímulos que reciba del exterior y donde el docente modifica las conductas de sus alumnos en el sentido deseado, proporcionándoles los estímulos adecuados en el momento oportuno.
Soy del criterio de que el aporte del estudiante es fundamental y no podemos retroceder en ello, creyendo que el docente era aquel ser al que se le tenía miedo y al que debíamos responderle lo que él quería escuchar, dejando de lado nuestros criterios, nuestras creencias, nuestro conocimiento.
Es así como insto al educador y máxime en este nuevo curso lectivo del 2021 que implicará aún más retos, a apostar por la Teoría Cognitivista que implica que el rol del docente y el estudiante sea el reflejo directo de un intercambio de conocimiento dinámico en donde ambos actores se mantienen activos y logran un aprendizaje significativo a partir de espacios de reflexión e interacción constante entre los contenidos y metodología de enseñanza – aprendizaje que permita relacionar el nuevo conocimiento a la cotidianeidad.
Por ello, no fabriquemos estudiantes, al contrario, estimulemos a los estudiantes para que en conjunto, edifiquemos sobre bases sólidas un sistema educativo donde la sociedad, en su conjunto, sea el principal triunfador.
La única fábrica debe ser del conocimiento compartido.
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