
Como costarricenses sabemos que en los últimos años, la crisis ética y moral en la función pública, no solo nos supera en prácticamente la mayoría de los ámbitos del desarrollo, político, económico y social; sino también, se expone a la luz y sin ningún miramiento en otros sectores del Estado, lejanos a erradicarla en el corto, mediano y largo plazo.
Debido a que todos los días nos enteramos de casos de corrupción en las diferentes instituciones estatales de una u otra forma. Y lo más grave, es que parece que a una parte de los costarricenses les importa cada vez menos e incluso, ya lo perciben como una práctica normal, cotidiana e instaurada en lo más profundo de su ser e idiosincrasia.
Porque el hecho de tratar de ser ética y moralmente correctos y actuar en consecuencia, se ha transformado en todo un reto, un gusto adquirido o incluso un lujo, para quienes que se han arropado con la consigna de hacer lo que se espera de ellos, ante las situaciones más normales del ejercicio público y con esto me refiero a cumplir con su deber. El cual, tiene como fin último, colaborar a que un Estado crezca en pro del desarrollo de todos y no en detrimento de muchos, por el beneficio de algunos inescrupulosos.
Entonces, qué pasa cuando alguien llega a ocupar un cargo público y se enfrenta con que el ambiente ya se encontraba viciado de ante mano, por los intereses de otros que olvidaron para qué fueron nombrados, como ciudadanos representantes de una república que debe velar por los derechos de todos sus habitantes. Pues según los hechos y la experiencia in situ que hemos podido corroborar, lo que pasa es poco y cada vez más poco. Ya que el común denominador es, primero que todo no ir contra corriente y además, adecuarse a las circunstancias de la mejor manera parafraseando la “jerga altisonante”.
Por ello, si Usted definitivamente no puede ir en contra de sus principios éticos-morales y menos sabiendo que causará un daño a su reputación e integridad, además de la de otros con menos criterio para discernir que el suyo, por el hecho de no actuar en contra o dejar de actuar, pues mejor renuncie y después denuncie, ya que en ambos casos, Usted se volvería cómplice de una situación contraria a la ética y moral esperada y yendo más allá, hasta ilícita.
En respuesta a lo anterior, cualquier funcionario público en cuestión, se enfrentaría a dos posibles y esperados escenarios. Por un lado, si denuncia se transforma automáticamente en un soplón y por consiguiente en el enemigo público número uno, si no cuenta con los medios suficientes y adecuados para defenderse; mientras que por otro, si se presta para el hecho, se convierte en un colaborador ya sea por acción u omisión que para los efectos prácticos, sigue siendo antiético e inmoral y además ilegal.
Sin embargo, si el hecho es legal pero no ético y menos moral en el sentido que se logró realizar sin que se notara que se transgredía alguna norma jurídica en el desarrollo público de sus funciones, muchas veces no pasará nada en éste país. Más allá de alguna reprimenda, sea ésta velada o directa en cuanto a guardar las formas y la distancia; lo cual, traducido en buen castellano, se puede interpretar como un pacto de no agresión, hasta tanto, las partes involucradas no se vean expuestas más allá de lo normal.
Se dice que en Costa Rica todo es posible, como nos hemos podido percatar ante los diferentes casos de corrupción que se han ventilado por los medios de comunicación y donde nadie, se salva de ser un día crucificado y al tercer día resucitado, dependiendo del clima político imperante o de las circunstancias que requieran de un chivo expiatorio, para salir del paso.
Porque para concluir, raya en el descaro que los funcionarios corruptos del Estado, se amparen en sus investiduras para seguir delinquiendo o se escuden en un gremio específico, para no perder la compostura y menos por lo que es ética y moralmente incorrecto, ante los ojos de todos aquellos que no nos cansaremos de denunciar lo que está realmente mal, dentro de ésta llamada sociedad de labriegos sencillos.
Debido a que las Universidades Públicas, son los principales centros de formación de profesionales en todo el país y por ello mismo en gran parte, responsables de los futuros, entendidos en el ejercicio de la administración. Así que señores rectores, hay que predicar con el ejemplo y limpiar la Academia muy bien, pero desde adentro…
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