El Estado es como una mafia

» Por Gary Bolaños Rodríguez - Ingeniero

No se sorprenda, amigo lector, por semejante aseveración. No es nueva, tampoco desaparecerá con el tiempo, ni siquiera se basa en argumentos descabellados o teorías de la conspiración.

El Estado es como la mafia. Actúa de la misma manera disfrazando sus intenciones, tomando lo que no le pertenece y quitando por la fuerza lo que producen otros, estafa, miente e incluso mata. Si usted es de los bien intencionados que cree qué poniendo a la mejor gente a cargo de la organización criminal por excelencia, van a usar la fuerza y la coerción para el mejor y mayor bien común posible (note la ironía de buscar el mal llamado bien común a través de la fuerza y la extorsión) usted no está menos engañado que los pasajeros del Titanic. Al menos estos subieron por su propia voluntad a la siniestrada nave, en cambio los que vivimos bajo la influencia del estado tenemos 3 opciones: pagar y obedecer, la cárcel o la muerte.

No, no son las intenciones lo que cuentan (estas pueden ser no más que un saludo a la bandera o tan loables como puedan parecer) sino los medios para lograrlo y más aún los resultados de esas acciones son lo que verdaderamente cuentan.

Primero, los impuestos. Además de ser malgastados en burócratas pega sellos inservibles, programas o instituciones con objetivos opuestos (el estado gasta dinero en producir alcohol barato para cantinas y en prevenir el alcoholismo), en competir contra si mismo (bancos públicos que compiten en los mismos mercados, por los mismos clientes) y en un sin número de regulaciones innecesarias, estos son en resumidas cuentas un robo legalizado. Piense que llamar a los que pagamos impuestos por la fuerza “contribuyentes” sería tan estúpido como llamar “donadores” a quienes entregan sus pertenencias a los asaltantes. En ambos casos media la misma circunstancia: los bienes, la propiedad, el dinero, el fruto del trabajo de otro, pasan de manos mediante la fuerza y la amenaza.

No caiga por favor en el lugar común y fácilmente debatible de quien construiría los caminos entonces. Si se detiene a pensar un poco, se dará cuenta que está dando por sentado que solo el estado es capaz de construir caminos o que es el único con la capacidad para hacerlo (las calles en los huecos que tenemos y los proyectos del estado todos con sobre costo y sin cumplir presupuesto señalan otra cosa). No, amigo lector, ni es el estado el más eficaz ni el único capaz de hacerlo. Vea por un momento en la obvia disparidad entre calles públicas y calles privadas (en una zona franca sería un excelente ejemplo). La razón, como muchas veces ha sido señalada por pensadores, economistas, filósofos y demás es muy sencilla: nadie cuida tanto y tan bien algo, a menos que sea de su propiedad.

¿Quién debe llevar carreteras y caminos (para continuar con el mismo ejemplo) a los más necesitados, a los que se encuentran en zonas alejadas o menos atractivas para esa susodicha inversión privada? No solo la cooperación voluntaria y el libre acuerdo logran mejores resultados que cualquier programa estatal, sino qué en sí, se está planteando la pregunta incorrecta. La pregunta que debe ser formulada es que hacer para que esas zonas sean más atractivas para la inversión y logren surgir y prosperarse mediante una inserción positiva en una economía de mercado. La respuesta es precisamente todo lo contrario a lo que hace o plantea el gobierno: este regula, traba, supervisa, para, entorpece, ralentiza, encarece TODO proceso productivo, poniendo cargas tanto a los que producen, los que trabajan y los que compran. Si en vez de eso optamos por un modelo de libre mercado en la que se incentiva la inversión y la generación de riqueza en vez de ver esta como un tabú (no, amigo lector, no hay nada noble en ser pobre) podríamos ver zonas que actualmente reciben migajas del gobierno surgir, como ha surgido Hong Kong en una isla diminuta o Israel en medio de un desierto.

Cambie caminos por educación, salud, seguridad, y ya tiene el mismo argumento. Hay demandas por estos servicios; considerar que hay demandas por estos servicios proveídos por el estado, es una falacia.

No, el estado no debe ser tan grande como sea necesario para ser eficaz en la economía (parafraseando a un big chief). Esto sería tan absurdo como pensar que el cáncer debe estar tan extendido para ocupar la mayor parte del cuerpo de la persona.

Estado no es lo mismo que sociedad. Creer que la sociedad necesita del estado es como pensar que necesitamos de un grupo de maleantes para que nos quiebren las piernas y después que ellos mismos nos den las muletas que han comprado usando el dinero que nos quitaron por la fuerza.

Nuevamente, no hablo de las intenciones. El estado se inmiscuye en producción agropecuaria, banca, vivienda, vaya, hasta celulares en quioscos de pueblo podemos comprar marca estado. Si todavía le cuesta entender el por que es eso un despropósito, le encargo la tarea de aprender sobre la escasez de los recursos, de cómo todo lo que invierto en A dejo de tener disponible para B y de como las mayores causas de la pobreza y desigualdad son resultados de programas gubernamentales cuyas buenas intenciones y malos resultados nos son vendidos mediante publicidad estatal (cual más, inmoral) con dinero que nos han sacado de nuestra propia bolsa. Y debido a que no les alcanza con lo que logran mediante el robo legalizado de los impuestos, siempre van por más. Se olvidan los estatistas que la voracidad fiscal no tiene límites, pero la recaudación sí.

Para muestra, un botón: las pensiones del régimen de IVM. No es más que un sistema de reparto, el cual depende del número de miembros para seguir siendo estable. Esa, es sencillamente la definición de una estafa piramidal y un esquema cuasi-Ponzi en la que nos vemos obligados a participar. De un objetivo meritorio, a una estafa en la que nos roban y no tenemos derecho a salir. Si eludimos esa pirámide, nos persiguen bajo amenaza de cárcel y al final de todo acto coercitivo del estado y si logramos llegar al final de esa línea, no habrá más que un revolver apuntando a nuestra cabeza. ¿El delito? Querer conservar nuestro patrimonio y preferir la cooperación voluntaria por sobre el colectivismo coercitivo. O el tan solo pensar que tenemos derecho a elegir donde y como invertir el dinero para nuestra futura pensión…

El votante promedio se contenta con que el grupo mafioso de su predilección esté en el poder y con recibir cosas gratis (siendo la verdad que no existe lo gratis dado a que no existe la ausencia de costo. Todo bien o servicio producido tiene un costo para llegar a serlo). No pido que todos evolucionemos de golpe a una sociedad completamente libre en la que toda interacción de los individuos, sin excepción, se hace mediante el muto acuerdo y la transacción voluntaria. Sería como pedirle a un chimpancé escribir una novela de Kafka, pero sí es posible el estado mínimo, es decir, uno que sea suficiente para preservar la libertad del individuo y su irrestricto plan de vida como persona sin violentarla él mismo ni en el campo personal ni económico y donde el principio de no agresión sea la base de la sociedad junto a la propiedad privada y la cooperación voluntaria.

Para eso hay que deshacerse de la mafia.

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