
Sobre este tema, el trastorno bipolar y más expresamente, la salud y las enfermedades mentales, solo quiero decir, para iniciar el presente artículo, que sigue siendo un tema tabú a nivel mundial. Costa Rica no se escapa de ello.
Es un tema totalmente invisibilizado, no existe en el país estadísticas claras sobre sus dimensiones reales entre sus habitantes, no existe una estrategia clara para, por lo menos, paliar sus efectos y síntomas, menos para contribuir con claridad a la calidad de vida de pacientes y familiares, y menos aún, no existen disposiciones que generen normativa adecuada para su gestión en el mundo laboral, ni en lo referente al tema de eventuales pensiones dignas por invalidez por los trastornos mentales en general, entre otros aspectos a señalar. Este es pues un tema “fantasma” que merece toda la atención de las autoridades en salud de nuestro país desde hace muchos años, pero que la pandemia del covid ha evidenciado que no es un tema para “seguir jugando”, “minimizando”, “pateando la bola para adelante” o dejándolo como uno de los últimos de la fila.
Con este artículo, más que profundizar en temas como los antes señalados, de carácter más formal, deseo abrir mi alma y mostrar, mediante una carta que escribí hace algunos años, un poco de la intimidad de lo que “vive y siente”, para resumirlo en solo dos palabras, un “enfermo mental”, un bipolar. En mi caso sufro del trastorno bipolar, más dos trastornos comorbidos asociados, lo cual ha significado a lo largo de los años vivir un infierno permanente. Pese a ello, sin duda hay “colegas” que sufren situaciones de salud mental muchísimo más graves y en algunos casos la situación personal termina incluso en intentos de suicidio o suicidios. En reconocimiento a ellos, sus vidas y grandes esfuerzos que hacen para vivirlas de la mejor manera y por supuesto, por solidaridad del gremio, es que escribo este artículo.
Lo anterior lo digo así de fácil, con esas palabras que la mayoría de la gente le huye manifestar sobre si o sobre un familiar, por ejemplo, porque no le temo en lo más mínimo a reconocer mi condición y enfrentarla, a manifestarlo públicamente. Poco a poco, he ido “sacando pecho a esta amiga”, la bipolaridad y sus compañeras, ello desde los 18 años y hasta la fecha que ya tengo 58. La bipolaridad no me hace menos que nadie, no es un virus que se contagia, ni me roba mi dignidad, no es locura (aunque tiene un poco de ella), no debe generar vergüenza (¿de qué?), menos aún lastima. Es un trastorno crónico de la mente, del cerebro para ser preciso, y como todo órgano del cuerpo, aunado a razones de carácter genético, personalidad, crianza y ambiente social en general, se puede desarrollar o no en un individuo como cualquier “enfermedad”. Tan sencillo de entender como padecer una enfermedad crónica como azúcar en la sangre, padecer de presión alta o problemas de sobre peso. La bipolaridad no se cura, hasta el momento, no te mata, pero si puede destrozar la vida diaria y llevara una persona incluso al suicidio.
A manera de chiste, ironizando, pues soy parte de los colegas bipolares y personas que sufren trastornos mentales, diría, como escuche de un chiste, “estoy loco, pero no soy tonto” y por ello escribo este artículo, espero aporte un poco de información y genere comprensión en general, propicie la búsqueda de ayuda en quienes padecen enfermedades mentales y se niegan a admitirlo y solidaridad en sus familiares, pues compartiéndoles una carta que escribí hace unos años, pretendo no dar datos o información técnica sobre estos males de la mente, sino que por lo menos se muevan sentimientos y, sería estupendo, se movieran voluntades.
Heredia, 22 de junio del 2012
Estimados Felipe y Mauricio
Hace días quería decirles algo, sin embargo, no sabía qué. Es difícil escribirle a alguien que sufre, siendo quizás por ello más adecuado y legítimo el silencio. Lo es aún más cuando de sufrimientos de la mente, y el cerebro realmente, se trata. Me he tomado pues la libertad de hacerlo, dado que de alguna manera vivo y siento como ustedes, en muchas ocasiones, un infierno en la tierra, un constante eclipse de sol.
Los que sufrimos desde la mente, tenemos la particularidad, creo yo, de que ésta pronto nos rebaza y alcanza nuestro espíritu. El hecho de que la mente conspire contra nosotros mismos, mintiéndonos continuamente con emociones, sensaciones, imágenes mentales y pensamientos extremos que surgen a veces sin aviso alguno, casi con voluntad propia, nos sumerge en una situación de ambigüedad constante, donde no sabemos con certeza qué es qué.
La propia identidad, la experiencia de ser y sentirnos nosotros mismos, se diluye como arena en las manos, sentimos como que todo se distorsiona dentro, ya no sabiendo, en muchas ocasiones, que es real y qué no. Nosotros, lo que nos gusta, la vida, Dios, todo entra en duda, la experiencia de que todo es absurdo captura el alma. Una sensación de locura inminente nos posé, a veces vestida de una gris tristeza profunda, otra de un mar de colores intensos que nos desbordan, otras, que es mi caso, de una ansiedad alucínate que crece haciéndose un pánico que asfixia. Otras, que espero sean las menos, la locura se magnifica y toma prestados colores chillones, grises metálicos y una agonía de angustia que hace desear morir. Esto puede durar días, semanas o meses, ¿quién lo sabe?
Disculpen que escriba intentando que sea poéticamente, pero desde que descubrí que me gustaba escribir, me di cuenta que a veces las palabras y frases “no técnicas”, diferentes a las de un manual sobre bipolaridad o enfermedades mentales, son más adecuadas para describir los estados internos de las personas.
Por ahí un psicólogo dice que hay que ver la bipolaridad como un don, algo tiene de cierto, sin embargo, y es necesario decirlo, muchísimas veces es una maldición, una “mierda” que destroza la vida, una horrible experiencia, un martirio que incluso en ocasiones nos hace odiar hasta lo más sagrado. Sobra decirles que me he peleado y re-peleado con Dios y sus ejércitos, con el universo y sus fuerzas cósmicas, con mis vidas pasadas y con cuanto gurú existe prometiendo encontrar curas o respuestas al por qué sufro lo que sufro. Tras más de 30 años de sufrir esta lamentable catástrofe, ya no me importa entender de donde viene y por qué a mí.
No sé porque a nosotros nos ha tocado esto, como tampoco sé porque a otros les ha tocado la esclerosis múltiple, la belleza física, la pobreza extrema, la genialidad, la vida llena de violencia, la serena existencia, la injusticia constante o la “salud crónica”. Realmente no lo sé. Lo que, sí sé es que esto que nos ha tocado, a no ser por algo extraordinario, no se ira y nos acompañará hasta el final de nuestros días. No lo digo con un tono pesimista y menos para asustarles, todo lo contrario. Lo digo sobre todo para ser sincero conmigo mismo y ustedes y para tener claro qué, en muchas ocasiones, lo mejor que podemos hacer es, en medio de esta tormenta, agarrarnos del tronco que podamos a la espera de que la tormenta se calme y podamos divisar tierra firme. A este punto, déjenme reírme un ratito pues es de las cosas que más sanan, y también por el hecho de reconocer que la vida es verdaderamente una divina comedia.
A mí me gustan mucho los cactus. Son plantas estupendas. A muchos no les gustan por sus espinas. En mi caso las admiro porque son aparentemente simples, y sorprendentemente vitales. Qué más vital que una planta que vive con poco agua y grandes cantidades de calor y luz. Como nosotros. Qué más vital que una planta que nace y crece en lugares extremos, incluso insoportables para otras. Como nosotros. Pese a sus espinas, muchas tienen hermosas flores insospechadas. Como nosotros. Las que nacen en los desiertos, las tunas, se convierten en verdaderos oasis para los que transitan por esos desolados lugares, dado que, por su interior carnoso y jugoso, son los mejores reservorios de agua que en esas zonas existen. Como nosotros.
Felipe y Mauricio que puedo decirles, como ven nada. Lo único que tengo, ya no con palabras sino buenos deseos. Les ofrezco un oído atento y un silencio que les acoja cuando lo necesiten. Déjenme decirles que no podemos hacer nada para que esta agonía cambie, ella es a pesar nuestro. Esperemos que la ciencia avance y nos haga mejor el camino. Siendo esta la situación, hagamos como dice una canción de los Beatles, “let it be”, déjalo ser. Dejen ser a la depresión, la manía, las obsesiones, la ansiedad, la culpa, las voces, déjenlas ser pues ellas son por sí mismas, más no son nosotros. Si déjenlas ser. Déjenlas ser y dense cuenta que ustedes no son “ellas”. Nosotros no somos la enfermedad, el trastorno. Si tenemos depresión, tenemos depresión y ya, no luchen con ello. Si tenemos manía, tenemos manía, no luchen con ello. Debemos convencernos que somos plantas especiales, simplemente diferentes a otras, pero somos estupendos en sí mismos. Somos plantas que requerimos vivir nuestro propio estilo de vida para ser plenas. Si dejémoslas ser, pero a la vez, no les dejemos que nos gobiernen nunca. A la vez que las dejamos ser, dejes ser también la belleza que cada uno de nosotros somos, dejemos ser nuestros sueños, las luchas constantes, las sonrisas, las aparentes tontas aficiones, los proyectos, los caminos sin terminar, las limitaciones que contribuyen a que seamos hermosos seres humanos, nuestros defectos que nos hacen perfectos…
No quería decirles, hablarles y sin embargo lo he hecho. Me disculparan por ello. Pretendía hablarles, pero sin tantas palabras. Si, sin palabras que era como quería hablarles. Me conformo con haberlo intentado. Un gran abrazo queridos amigos.
Carlos Acosta
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