Las llamadas “presas” en el Gran Área Metropolitana y, particularmente, en San José, son, desde hace varios años, un dolor de cabeza cotidiano para quienes trabajan, estudian o, por cualquiera otra razón, tienen que venir a este maremágnum. Los costos en términos de factura petrolera, pérdida de tiempo y de calidad de vida son elevadísimos. La pérdida de competitividad del país, originada en ese caos, es grave y limita nuestras capacidades para producir con eficiencia y atraer más inversión extranjera directa.
Ante la evidencia de que, en términos de movilidad, la Gran Área Metropolitana colapsó desde hace años, unos y otros han propuesto explicaciones y soluciones que tienen en común la pretensión de disminuir las presas, en lugar de acabar con ellas. Entre las explicaciones más folclóricas esta la del actual Presidente de la República, don Luis Guillermo Solís, quien afirmó que el problema se origina en que cada día hay más carros y que el “no los había comprado todos”. Naturalmente ha habido otros funcionarios y propulsores de una mejora en la movilidad urbana en la GAM más serios que, sin embargo, no pasan de proponer soluciones de corto plazo y a modo de una “colcha de retazos”; esto es con “soluciones” para todos los gustos.
Desde mejorar la condición de algunas calles y puentes que operan a modo de cuellos de botella del tránsito vehicular, hasta los horarios escalonados, pasando por promover el trabajo a distancia, el uso masivo de bicicletas, la restricción vehicular, mejorar el transporte público y otras iniciativas que parten de que las presas vinieron para quedarse y lo único que se puede hacer es vivir con ellas y hacerlas un poco más soportables. Ni siquiera el conjunto de ideas, si todas fuesen efectivamente aplicadas, tienen la fuerza para acabar con las presas que es el objetivo que debería buscarse.
Pocos se han puesto a pensar en el origen histórico de las presas vehiculares que no es, ciertamente, la existencia de muchos vehículos; eso es de perogrullo. El hecho cierto es que Costa Rica adoptó, desde los tiempos de la colonia, un modelo de desarrollo centralizado y concentrado en el centro del país; primero en Cartago y luego en San José. El resultado y pervivencia de ese modelo tiene hoy resultados catastróficos: en el 3,8% del territorio nacional vive el 52,7% de la población costarricense. Si esa macrocefalia no se ataca de manera sostenida, el problema de movilidad urbana –así como otros problemas derivados del mismo hecho- jamás serán resueltos.
Claramente, para ciertos políticos y ciertos gobiernos, lo deseable es la solución de corto plazo que conceda réditos para las próximas elecciones pero, para quienes somos conscientes de que el futuro no sucede, sino que se construye, resulta indispensable, además de las respuestas de corto plazo para alivianar las presas, impulsar una acción sostenida de largo plazo para acabar con ellas. La respuesta para el mediano y largo plazo no puede ser otra que un impulso decidido, constante y firme para descentralizar el desarrollo nacional y, aparejado a ello, una política de desconcentración de las funciones del sector público.
La regionalización de las actividades económicas, que supone el traslado de ingentes esfuerzos y recursos para crear condiciones atractivas a la instalación de empresas, centros de salud, educación y en general servicios públicos fuera de la Gran Área Metropolitana debe ser el norte hacia el cual converjan a lo largo de décadas la acción del Estado y del sector privado. Una política de este tipo obligara a crear una infraestructura de primera en áreas tan estratégicas como la energía, la infraestructura vial y digital, así como la formación de recurso humano en aquellas zonas que, como Limón, Guanacaste, Puntarenas Centro, Norte y Sur y la zona norte de Alajuela y Heredia tienen un inmenso potencial de desarrollo si se crean las condiciones para ello.
Ya sé que la objeción a esta propuesta vendrá de quienes la acusaran de ser una solución de largo plazo y que lo que se requiere ya es solucionar el problema de inmediato y, casi, tienen razón. Las respuestas cortoplacistas, en este y otros temas, son necesarias si no efectivas, pero tienen la debilidad de que en lugar de resolver el problema lo trasladan de una década a otra sin soluciones de fondo. Si, por el contrario, a las soluciones de corto plazo y alcance reducido le agregamos la adopción de una política como la propuesta para promover el desarrollo en todo el territorio habremos encontrado una solución definitiva o, por lo menos, para los próximos cincuenta años que ya es algo.