En tiempos de la colonia, ser independientes era una aspiración de quienes consideraban que ya los territorios en que vivían debían ser considerados patrias, repúblicas o estados con capacidad de autogobierno, respeto a su soberanía territorial y sin necesidad de que un ente externo –la metrópoli colonizadora- ejerciese sobre ellos autoridad alguna. Esa aspiración, en nuestro caso, se materializó con la declaratoria de independencia de las colonias centroamericanas el 15 de setiembre de 1821 si bien, como es sabido, nuestras autoridades locales no refrendaron aquel acto, con notables matices y hasta contradicciones, hasta octubre de ese mismo año.
Finalmente y, hasta nuestros días, hemos sido una nación independiente en el sentido clásico del término. No obstante, a estas alturas, con el fenómeno de la globalización hasta nuestra médula, el concepto originario de independencia requiere una revalorización puesto que, aquella autonomía de la voluntad de nuestros pueblos y las potestades de imperio de nuestras autoridades –clásicas de la época post colonial- no se ajustan, en sentido estricto a la realidad global presente. Los condicionamientos impuestos por la realidad económica mundial, la suscripción de tratados –tanto de libre comercio, como otros de naturaleza política- son hoy límites autoimpuestos a nuestra independencia.
Hoy, al mismo tiempo que patrias o repúblicas soberanas e independientes somos socios comerciales y políticos de un amplio elenco de organizaciones y ente jurídicos superiores que imponen restricciones libremente aceptadas a la voluntad soberana de los estados miembros de tales acuerdos. Los compromisos, que van desde nuestra pertenencia a la ONU y la OEA, a los tratados de libre comercio vigentes, a los acuerdos multilaterales y bilaterales en materia de seguridad, orden jurídico internacional y derecho humanitario restringen el concepto clásico de independencia e, incluso, de soberanía.
En ese contexto cabe preguntarse ¿cuál es el nuevo significado de la condición de “estados o repúblicas independientes”? La respuesta no es sencilla, pero cabe formularse algún intento para darle un nuevo contenido a nuestra independencia nacional. Lo primero es que, desde el punto de vista formal, ningún Estado está obligado a firmar y formar parte de ningún acuerdo internacional. Podemos, tal como lo han intentado otras naciones, mantenernos al margen de dicha dinámica. Sin embargo, el resultado sería el aislamiento del resto del mundo, lo que nos pondría en una situación insostenible desde todos los puntos de vista. Entonces, al tenor de la realidad, la suscripción de acuerdos, tratados y demás instrumentos internacionales parece ser un camino obligado.
Por tanto, siendo como somos, repúblicas independientes que, sin embargo, formamos parte de entes jurídicos mayores, cómo podemos congeniar una realidad con la otra. Quizá la respuesta se encuentre en la preservación de nuestra identidad nacional en el contexto de un mundo global. No podemos determinar las tendencias económicas, pero si escoger, en lo posible, un modelo propio de desarrollo económico interno. No podemos imponer a otros un modelo de organización política, pero si podemos, en el orden interno, perfeccionar nuestro propio modelo de organización política. No podemos impedir los conflictos bélicos que, hoy por hoy, como bien lo describió el Papa Francisco, expresan una forma de guerra mundial a pedazos, pero si podemos profundizar nuestra vocación civilista, nuestro compromiso con la paz y nuestra neutralidad perpetua en conflictos bélicos entre otros Estados.
En suma, quizá ya no podamos ser, como antaño, independientes en el sentido clásico, pero si podemos ser, en ese mundo global, una nación con identidad propia, con un modelo de desarrollo solidario e inclusivo, con un compromiso cierto con la sostenibilidad del desarrollo, tanto en el orden humano como ambiental y social y, sobre todo, podemos seguir siendo, como hasta ahora, una nación que basa el respeto a su soberanía en el multilateralismo, el diálogo y la búsqueda de la paz justa y duradera como afán permanente de nuestra sociedad. Quizá, el mayor aporte que nosotros podamos dar a la nueva realidad del multilateralismo y la globalización sea, precisamente, lo que hemos tenido desde siempre: la identidad de una nación que cree en la paz, la libertad y la democracia, como valores básicos de nuestra convivencia.