Es comúnmente sabido que, el programa de un día típico en las fiestas y juegos en el circo romano consistía en lucha y matanza masiva de bestias salvajes (antes del mediodía); tortura, crucifixión y muerte de prisioneros de guerra y de otras personas que la ley romana consideraba criminales (al mediodía); y lucha de gladiadores (el plato fuerte, por la tarde) hasta la muerte salvaje y sangrienta del derrotado. Lo que daba emoción a este tipo salvaje de entretenimiento era ver sangre y muerte, sin ningún sentido de remordimiento. Era el sadismo en su máxima expresión. Es decir, sentir alegría y divertirse con el sufrimiento del otro. De manera similar, algunos psicólogos describieron la conducta de los nazis que perpetuaron los crímenes en el holocausto (en la segunda guerra mundial) como “falta de empatía”. O, como la filósofa Hanna Arendt describió la mentalidad y conducta de los nazis perpetradores de tales atrocidades como “banalidad del mal”. A saber, indiferencia al dolor de los otros por mantener la rutina administrativa y escalar en la burocracia laboral nazi.
Empatía es la capacidad de identificarse con el sufrimiento del otro y hacer algo por su bienestar. Pero esta cualidad se ha ido perdiendo. Esta pérdida de solidaridad, en parte, se debe a que occidente ha creado una mentalidad de competir unos contra otros para ganar y crecer en la escalera social y económica en vez de una ética de colaboración donde todos ganemos. Se debe, además, al individualismo narcisista donde cada uno quiere ser el más atractivo, más popular, o el más millonario. Por su parte, mientras la Inteligencia Artificial ofrece muchos beneficios, al mismo tiempo, incrementará mucho más la deshumanización y la desconexión. A todo esto, hay que incluir la lógica oculta y torcida de lo que se llama “meritocracia”. O sea, el gobierno o liderazgo de los más aptos. Lo que estas palabras “bonitas” significan hoy, en la práctica, es buscar justificación para el exterminio y limpieza de todos aquellos que piensan diferente de quienes detentan el poder. En la base ideológica de estas deshumanizaciones está la noción de hacer dinero y capital al precio de explotar y empobrecer a las mayorías. También está la idea del naturalismo científico de que los seres humanos solo somos un conjunto de átomos y materia, por lo tanto, somos materia intrascendente y desechable. O sea, el ser humano no tiene dignidad ni valor intrínseco.
En vísperas de la Semana Santa, creo que podemos extraer de nuestra herencia espiritual algunas lecciones para ser más solidarios y fraternos. Aquí no me refiero al cristianismo clásico y hegemónico de cualquier signo o comunión. Históricamente, el cristianismo clásico oficial tiene las manos manchadas de injusticias y atropellos, también. Me refiero, específicamente, a la ética solidaria y al ejemplo de Cristo.
Para empezar, para fomentar la empatía y la solidaridad necesitamos redefinir nuestro entendimiento del poder. La trayectoria de la humanidad, en gran parte, ha sido la historia del poder, poseer y del placer. Poder para manipular, controlar y someter. Poseer y apoderarse por la fuerza de personas y de los bienes del otro. Matrimonios y otros lujos de las realezas históricas y de las oligarquías (placer) como cálculo político para unir fuerzas y conquistar y someter a otros pueblos o personas. Contario a esto, Jesús reveló la naturaleza de su misión lavando los pies de sus discípulos. Dijo que el mayor debía servir al menor. Que él no vino para ser servido, sino para servir. El poder debe ser ejercido para empoderar a otros y otras, y para generar una cultura que produzca prosperidad y abundancia para todos. ¿Será que nuestros líderes políticos, empresariales, académicos y religiosos podrán aprender esta lección? Se trata de ejercer el poder como una vocación de servicio para la transformación integral.
Para fomentar la empatía necesitamos recuperar la idea de compasión y misericordia, retomando la base etimológica de estas palabras. Compasión, con la idea del latín de “sufrir o sentir juntos”. De manera similar con la noción de “misericordia” con su raíz latina de miser (sufrir, desdicha) y cordis (corazón). O sea, sentir con el corazón la desdicha de los otros y otras. En esta conexión, la parábola del evangelio sobre los obreros que llegan a trabajar temprano y los que llegan al medio día, y al final del día el amo les paga a todos la misma cantidad de salario es relevante. La protesta lógica de los obreros que llegaron temprano fue ¿por qué les pagaste igual si trabajaron menos? Precisamente, este el genio de las parábolas de Cristo. Ellas son disruptivas y contraculturales. Ellas desmontan la narrativa de la lógica de “meritocracia”. La parábola muestra la abundancia de gracia y oportunidad que se da desde el reino de Dios, a quienes se acogen a ella. Es una ética de extravagante compasión y misericordia. Me queda claro, que la compasión debe ser matizada, porque usada simplemente como dar limosnas, sin identificar las causas estructurales de la injusticia, no es suficiente. Pero lo que me interesa aquí es la parte de identificación con los que sufren y de volver a ser personas impulsadas por corazones humanos solidarios y no solo por otros intereses deshumanizantes.
Necesitamos repensar la sociedad. Nuestros referentes de construcción social han sido Platón, Aristóteles, Maquiavelo, Rousseau, Locke, Nietzsche, Adam (Smith), Marx y otros. El estado decadente y casi salvaje de la civilización occidental de hoy refleja abrumadoramente el fracaso de sus proyectos. El ser humano de hoy se ha convertido en una máquina de violencia, despojo y de guerra. Los sueños de que ciudadanos educados y cultos derrotarían a la maldad y que traerían la paz y la armonía al mundo han fracasado. En el fondo, el problema humano no solo es ignorancia, sino una fractura del “corazón”. Ciertamente, hay bondad, pero, también, llevamos algo torcido dentro de nosotros. Necesitamos cambios estructurales y cambios del corazón. Podría elaborar esta dimensión metafísica o teológica del dilema humano, pero este no es el lugar para hacerlo. Lo que es cierto es que, o nos repensamos como individuos y como sociedad o pereceremos. Se trata de crear un ser humano nuevo y una sociedad nueva. ¿Una ilusión? Pero debemos intentarlo, aunque sea imperfectamente.
A nivel individual y social, una manera pequeña de empezar el cambio es creando una nueva civilización que, mientras no impide la producción ni el progreso personal, al mismo tiempo crea una cultura de empatía y de solidaridad liberadora, empoderadora y transformadora. Una nueva cultura donde no nos gozamos de la muerte sangrienta de animales ni de los nuevos gladiadores en los nuevos circos de matanzas, y donde no somos indiferentes al sufrimiento de los otros.
Desde la reflexión de la víspera de Semana Santa, poder es lavar los pies de los otros, es servir y dar la vida por los demás. Una cultura de empatía requiere una nueva visión de la vida que es disruptiva y que rompe el molde de los patrones fracasados que le dieron forma a occidente. Un país pequeño en tamaño, no en valor ni en potencial, tiene la oportunidad de repensarse y de las cenizas nacer de nuevo. Nacer de nuevo al bien, a lo justo para todos, a lo que nos hace más grande a todos y a todas. Nacer de nuevo sobre la base de nuevos paradigmas conceptuales y de nuevos acuerdos sociales. Esta es nuestra oportunidad. Esta es nuestra esperanza. Y, nunca olvidemos que, después de la pasión del viernes santo, viene la resurrección del domingo de gloria.