Es muy probable que, si usted está leyendo esto, sea una persona como yo. Alguien que, a estas alturas de enero, siente que estamos ante las elecciones más insípidas que jamás hayamos vivido en la historia de Costa Rica.
Muchos compartimos frases que se han vuelto el eco de nuestras familias y grupos de amistades: “Tengo claro por quién NO voy a votar, pero sigo sin saber por quién SÍ”. Otros, quizás con un poco más de esperanza o resignación, decimos que estamos esperando los debates para ver si, en ese lapso tan corto de tiempo, alguna de las personas candidatas logra convencernos de algo.
Escribo estas líneas porque siento una necesidad casi visceral de hacerlo. No estamos ante una “factura barata” ni una decisión trivial; lo que el país determine en estas urnas tiene un peso enorme sobre nuestro futuro colectivo. Estamos ante un momento de decisión donde la ciudadanía debe evaluar múltiples caminos: desde la posibilidad de una continuidad hasta la opción de un cambio de rumbo, cada una con sus propios argumentos, desafíos y visiones de país.
El peso del escepticismo
Personalmente, me declaro en un estado de escepticismo que nunca antes había experimentado. Soy de las personas que siempre han ejercido el voto; lo llevo tatuado en las raíces familiares como un deber sagrado y un valor inculcado desde la infancia. De ahí nace mi preocupación: ¿Qué es lo que está pasando en este proceso? ¿Por qué esa sensación de vacío?
Podríamos intentar explicar este desencanto a través de temas que nos preocupan a todos, como la seguridad ciudadana, la situación de la educación o el costo de la vida. Pero más allá de los problemas estructurales, me cuestiono si las campañas, los ejes de comunicación y el uso de los medios realmente están logrando conectar con el fondo de lo que nos importa, o si el mensaje se está perdiendo en la superficie.
Más allá de qué puede hacer el gobierno por usted
Hace décadas, John F. Kennedy pronunció una frase que hoy, en medio de esta atmósfera electoral, cobra una relevancia particular: “No pregunte qué puede hacer su país por usted, pregunte qué puede hacer usted por su país”.
En nuestro contexto actual, yo traduciría este pensamiento a una reflexión sobre nuestra responsabilidad como electores: ¿Vamos a permanecer como espectadores pasivos esperando a ser convencidos por un eslogan, o vamos a tomar las riendas de nuestra decisión? Es un hecho que muchos confiamos en los debates presidenciales para terminar de definir nuestra postura, pero ese paso final debe ser el cierre de un proceso de análisis personal, crítico y responsable.
¿Una oportunidad disfrazada?
Quizás el hecho de que estas elecciones se perciban como “insípidas” sea, paradójicamente, nuestra mayor oportunidad. Tal vez este sea el momento de alejarse del ruido mediático, de las etiquetas y del llamado “voto útil” basado en el miedo, para dar paso a un voto realmente informado basado en las ideas y los planes de trabajo.
Que la falta de “creatividad” en las campañas no nos confunda: el contenido de las propuestas es lo que perdurará. Aunque se sienta que el ambiente electoral ha carecido de la intensidad de antaño, el resultado definirá el rumbo de nuestra convivencia y bienestar por los próximos cuatro años.
No permita que el escepticismo se convierta en apatía. La democracia se fortalece participando, especialmente cuando el panorama parece menos claro. Infórmese, analice también las diputaciones —que son el motor legislativo del país— y llegue a las urnas con la convicción de que su compromiso con Costa Rica trasciende cualquier coyuntura política.