Edicto

Últimas noticias

El voto femenino NO está en peligro: el miedo como herramienta política de la izquierda

» Por María Lucía Arias - Estudiante de Economía y Ciencias Actuariales

Cada cierto tiempo la izquierda vuelve a desempolvar el mismo discurso en universidades, medios de comunicación y redes sociales: “gracias al feminismo las mujeres pueden votar”. Es una frase tan repetida que muchas la aceptan sin detenerse a preguntarse si realmente es cierta. Cambian los protagonistas, cambian las polémicas y cambian las etiquetas, pero la estrategia es siempre la misma: convencer a las mujeres de que existe una amenaza inminente contra sus derechos y que solo votando por la izquierda podrán protegerlos.

Lo primero que conviene aclarar es que el voto femenino NO fue una conquista del feminismo. Fue una conquista del movimiento sufragista. Y esto puede parecer un detalle menor, pero no lo es. Las sufragistas lucharon por el reconocimiento de derechos civiles y políticos para las mujeres a finales del siglo XIX y principios del XX. Eran mujeres con visiones muy distintas entre sí. Había liberales, conservadoras, cristianas, progresistas e incluso socialistas. Lo único que compartían era la convicción de que las mujeres debían ser reconocidas como ciudadanas con los mismos derechos políticos que los hombres.

El feminismo moderno, en cambio, es un movimiento muchísimo más reciente, desubicado y con una agenda y objetivos completamente diferentes. Hoy el debate gira alrededor del aborto, la ideología de género, las cuotas obligatorias, el lenguaje inclusivo, las políticas de identidad y muchas otras causas que simplemente no formaron ni formarían parte de la lucha sufragista. Así que, cada feminista que intenta apropiarse de aquella conquista para presentarla como un triunfo exclusivo de su movimiento, no solo es intelectualmente deshonesta, sino históricamente una embustera.

Ahora bien, reconocer ese hecho histórico no significa negar que el voto femenino transformó la política. Existe una enorme cantidad de investigación en ciencia política sobre el llamado “gender gap”, o sea, la diferencia sistemática en el comportamiento electoral entre hombres y mujeres. Desde hace décadas, numerosos estudios han demostrado que, en buena parte de las democracias occidentales, las mujeres tienden a votar más por partidos de centro e izquierda que los hombres.

Pero a ver, eso no significa que todas las mujeres sean de izquierda. Tampoco significa que todas piensen igual. Significa que cuando se analizan millones de votos, aparecen patrones estadísticos consistentes. Podemos utilizar como ejemplo las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2024. Mientras Donald Trump obtuvo una ventaja entre el electorado masculino, Kamala Harris consiguió una mayoría entre las mujeres. La diferencia fue suficientemente amplia para convertirse en uno de los principales factores explicativos del resultado electoral. Este mismo fenómeno lo podemos ver con distintas intensidades en Canadá, Reino Unido, Alemania, Francia y Australia. Más interesante aún es lo que está ocurriendo entre los jóvenes. La brecha ideológica entre hombres y mujeres de la Generación Z es la mayor registrada hasta ahora. Los hombres jóvenes se identifican cada vez más con posiciones conservadoras o alineadas al libre mercado, mientras que las mujeres jóvenes muestran una mayor afinidad con causas progresistas o de clase.

Partiendo de ese análisis, entonces si las mujeres representan aproximadamente la mitad del electorado y, además, muestran una inclinación estadística mayor hacia determinadas posiciones políticas, ¿por qué sorprenderse de que la izquierda invierta enormes recursos en conquistarlas? Y seamos honestos, sería absurdo que no lo hiciera. Por eso gran parte de su discurso gira alrededor de temas polarizadores como la brecha salarial, los derechos reproductivos y la violencia de género. Eso es estrategia política. El problema aparece cuando esa estrategia deja de consistir en persuadir y pasa a consistir en sembrar miedo a las mujeres, asumiendo que son ingenuas para no cuestionar lo que oyen a su alrededor.

En los últimos meses todos hemos visto titulares alarmistas asegurando que la derecha quiere quitarle el voto a las mujeres. Sin embargo, no existe actualmente ningún proyecto de ley presentado en el Congreso de Estados Unidos para eliminar el sufragio femenino ni para sustituirlo por un supuesto “voto por hogar”. Incluso si alguien quisiera impulsarla, tendría que superar uno de los procedimientos de reforma constitucional más difíciles del mundo. En nuestro país, el derecho al sufragio está protegido por la Constitución, por la jurisprudencia de la Sala Constitucional y por tratados internacionales de derechos humanos que forman parte de nuestro ordenamiento jurídico.

Lo mismo ocurre con el fenómeno de las “tradwives”. Durante meses se nos ha querido convencer de que unas cuantas creadoras de contenido representan el “gran proyecto político de la ultra derecha internacional”. Pero les aseguro que la realidad es bastante menos emocionante. Es simplemente un fenómeno de redes sociales protagonizado por un grupo pequeño de influencers que muestran un estilo de vida dedicándose principalmente al hogar y a la crianza. ¿Dónde está exactamente el problema?

Una mujer debe tener la libertad de construir el proyecto de vida que considere mejor para ella, sin que el Estado, un partido político o un movimiento ideológico le impongan cuál debe ser su realización personal. Si una mujer quiere ser médica, empresaria o ingeniera, tiene todo el derecho. Si otra quiere quedarse en casa criando a sus hijos, tiene exactamente el mismo derecho. Si una tercera decide combinar ambas cosas, también. Paradójicamente, quienes dicen defender la libertad de elección parecen sentirse profundamente incómodos cuando una mujer elige voluntariamente un camino distinto al que consideran deseable.

Por eso, en el fondo, la polémica alrededor de las “tradwives” dice mucho menos sobre esas mujeres que sobre la necesidad permanente de ciertos sectores de fabricar enemigos culturales. Mientras tanto, los problemas reales siguen esperando respuestas. El costo de la vida continúa aumentando. La deuda pública sigue condicionando el futuro del país. El aparato estatal continúa creciendo. La productividad permanece estancada. La inseguridad se convierte cada año en una preocupación mayor para las familias. Pero el debate público termina girando alrededor de una conferencia al otro lado del continente. Así de mal estamos.

Como mujer, me niego a aceptar que mi voto tenga dueño. No necesito que el feminismo me diga qué pensar, cómo vivir o por quién votar para demostrar que defiendo mis derechos. Las mujeres no somos un bloque ideológico. Somos ciudadanas libres. Podemos ser conservadoras, liberales, progresistas o no identificarnos con ninguna corriente. Podemos construir una carrera, dedicarnos al hogar o hacer ambas cosas. La libertad consiste precisamente en poder elegir sin que nadie nos persiga por hacerlo.

El mayor peligro para el voto femenino no es que alguien quiera quitárnoslo. Es que haya quienes crean que pueden decirnos cómo debemos usarlo.

Últimas noticias

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@nuevo.elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

Últimas noticias

Te puede interesar...