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El valiente que llegó tarde: Sir Ricardo Sancho

» Por Luis Carlos Núñez Herrera - Abogado y exregidor de Desamparados

Hay que ver qué cosa tan hermosa es asistir, en vivo y en directo, al nacimiento de un héroe. Uno creía que los héroes ya no se fabricaban, que eran cosa de los libros viejos y de las estatuas empolvadas, y de pronto, sin que nadie lo esperara, aparece el presidente del Partido Liberación Nacional convertido en gladiador, en centinela, en el hombre —permítanme la solemnidad— que le pone el pecho a las balas. Qué valentía, señores. Qué arrojo. Uno lo escucha y quisiera aplaudir de pie, sacar el pañuelo, tararear el himno.

El problema, mi estimado presidente, es que a mí la memoria todavía me funciona. Y esa maldita memoria me hace una pregunta impertinente: ¿dónde estaba ese pecho durante todos los años en que su partido gobernó este país como si fuera una finca familiar? ¿Dónde estaban esas balas cuando desfilaban los escándalos, uno tras otro, y usted y los suyos guardaban un silencio tan devoto que parecía un minuto de oración? Porque yo lo busqué, se lo juro que lo busqué, y no lo encontré. No encontré al valiente. No encontré el pecho. No encontré ni siquiera un carraspeo tímido. Encontré, eso sí, un silencio catedralicio, un silencio de terciopelo, el silencio cómodo de quien está adentro y no quiere que lo saquen.

Ahora resulta que el gran atentado contra la democracia costarricense, la señal inequívoca de que llegan los tanques, es que un gobernante se pare frente a una multitud y haga preguntas. ¡Preguntas! Qué horror. Qué desfachatez. Qué antesala del autoritarismo. Según nuestro flamante demócrata, preguntarle cosas a la gente es “normalizar el autoritarismo”. Con ese criterio, señor presidente, Sócrates fue el primer dictador de la historia, porque el pobre hombre no hacía otra cosa que preguntar. Habría que ilegalizar el signo de interrogación. Habría que meter presa a la curiosidad.

Yo entiendo el sofoco. De verdad lo entiendo. A quien gobernó durante décadas sin rendirle cuentas a nadie, la sola idea de un poder que consulta a la calle le debe parecer una barbaridad, casi una grosería. Cómo se atreve el pueblo a opinar. Cómo se atreven a preguntarle al pueblo. Eso antes no pasaba: antes se decidía todo entre pocos, en voz baja, y al pueblo se le avisaba después, si acaso. Pero lo que verdaderamente me tiene fascinado es la geografía moral de nuestro héroe. Porque nuestro centinela de la democracia tiene un radar finísimo para detectar autoritarismos… a diez mil kilómetros de distancia. Se sabe de memoria cada pecado de Orbán en Hungría, cada titular, cada sermón sobre el retroceso democrático húngaro, y los recita con la solemnidad de un profeta. Qué bárbaro. Qué informado. Qué comprometido con la libertad de los húngaros, que —dicho sea de paso— no lo eligieron a él.

Lo curioso, la delicia del asunto, es que a nuestro valiente se le seca de golpe la garganta cuando la conversación se acerca a casa, a la familia, a los correligionarios de su misma Internacional Socialista. Porque en esa gran hermandad ideológica milita también Pedro Sánchez, ese señor que en España se sostiene en el poder de la mano de Bildu, los herederos políticos del entorno de ETA, los que en su día no encontraban demasiado reprochable el terrorismo. Ahí sí no hay arenga. Ahí sí no hay pecho, ni balas, ni gladiador. Ahí, de pronto, nuestro demócrata se vuelve monje de clausura. Orbán es una amenaza mundial por hacer políticas que no le gustan; pactar con los amigos de los que ponían bombas, en cambio, es “gobernabilidad”.

Fascinante doble rasero. La indignación de nuestro presidente verdiblanco viaja con pasaporte y con visa: entra sin problema a Budapest, pero le sellan la entrada en Madrid. Le arde el autoritarismo ajeno y le resulta invisible el de la propia parentela.

Así que no, señor presidente, con todo respeto: a mí no me va a dar cátedra de democracia quien durante años la trató como propiedad privada. No me va a hablar de institucionalidad quien la usó de escalera y después la pateó. Y no me va a conmover con su pecho ofrecido a las balas, porque ese pecho apareció el mismo día en que dejó de ser conveniente callar, ni un minuto antes. Bienvenido a la democracia, presidente. En serio, bienvenido. Nos alegra tenerlo por aquí. Solo permítame una observación de cortesía: llegó tarde. Muy tarde. Algunos llevamos años en esto, sin arenga y sin foto, alzando la voz cuando alzarla salía caro. Usted, mientras tanto, cuidaba el pecho para ocasión más rentable.

Guárdeselo. Aquí ya estábamos.

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