En Costa Rica, cada vez que la movilidad urbana se convierte en tema de debate público, la conversación suele concentrarse en una pregunta aparentemente simple: ¿qué infraestructura debemos construir?
- Autopistas.
- Circunvalaciones.
- Pasos a desnivel.
- Trenes.
La premisa implícita es que el problema de movilidad es principalmente un problema de infraestructura, pero los datos muestran una realidad más compleja.
En el año 2000 Costa Rica tenía alrededor de 632.000 vehículos registrados. Hoy la cifra ronda 1,88 millones. La flotilla prácticamente se triplicó en poco más de dos décadas. La infraestructura vial, en cambio, no ha crecido al mismo ritmo.
Como resultado, los tiempos de traslado en la Gran Área Metropolitana superan con frecuencia una hora por trayecto, mientras la congestión continúa aumentando.
El problema de movilidad es real, pero la pregunta importante es otra: ¿Estamos analizando correctamente sus causas?
El proyecto del tren eléctrico impulsado por el gobierno actual —y que probablemente tendrá continuidad en la próxima administración— responde a varios problemas evidentes del sistema de movilidad de la Gran Área Metropolitana.
Entre sus principales fortalezas destacan:
- Aprovecha el corredor ferroviario existente
- Introduce transporte colectivo de mayor capacidad
- Podría reducir presión sobre algunos corredores viales
- Representa un esfuerzo de modernización en la política de transporte.
Evidentemente estos elementos no se pueden obviar. Sin embargo, esa no es la única dimensión que debe analizarse, la movilidad urbana es un sistema extraordinariamente complejo. Cada día millones de decisiones individuales —dónde vivir, dónde trabajar, qué ruta tomar— moldean la forma en que se mueve una ciudad.
Ninguna autoridad central posee toda la información necesaria para anticipar esas decisiones, por esa razón, los sistemas de movilidad que mejor funcionan en el mundo no dependen de una sola infraestructura emblemática, sino de redes donde distintos modos de transporte se integran y evolucionan con el tiempo.
En Costa Rica, el sistema actual presenta un problema evidente, sus distintos componentes operan bajo marcos institucionales fragmentados:
- Los autobuses funcionan bajo un esquema de concesiones.
- El tren bajo otro modelo institucional.
- La infraestructura vial responde a otra lógica de planificación.
El resultado es un sistema donde cada componente opera de forma relativamente aislada. En ese contexto, agregar una nueva infraestructura puede mejorar un corredor específico, pero difícilmente transformará el sistema si las reglas que lo organizan siguen generando descoordinación.
Más allá del entusiasmo o del rechazo que genera el tren eléctrico, el debate serio debería concentrarse en tres preguntas que el proyecto debe responder:
- ¿Cómo se integrará con el sistema de autobuses?
El transporte colectivo de personas en Costa Rica está dominado por los buses, si el tren no se integra operativa y tarifariamente con esa red, existe el riesgo de crear dos sistemas paralelos en lugar de uno integrado.
- ¿Qué diseño institucional limitará las ineficiencias del sistema?
Los sistemas de transporte no funcionan solo por la infraestructura que se construye, sino por las reglas que definen cómo operan. Cuando toda la operación depende de estructuras altamente centralizadas, los sistemas tienden a volverse rígidos, costosos y difíciles de adaptar.
La pregunta clave no es si el Estado podrá hacerlo eficiente, la pregunta es qué reglas permitirán limitar sus ineficiencias estructurales y facilitar la coordinación entre distintos actores del sistema.
- ¿Qué parte del problema de movilidad pretende resolver?
El tren puede mejorar la movilidad en algunos corredores, pero el problema de movilidad de la Gran Área Metropolitana responde también a factores más amplios:
- Expansión urbana desordenada
- Crecimiento acelerado de la flotilla vehicular
- Fragmentación institucional del transporte colectivo.
Sin abordar esas variables estructurales, cualquier infraestructura —por moderna que sea— tendrá un impacto limitado.
El debate sobre movilidad en Costa Rica suele girar alrededor de proyectos específicos, pero la verdadera discusión se debería de enfocar en otra cosa. No se trata únicamente de qué infraestructura construir, sino de qué sistema estamos diseñando.
Un tren puede transformar un corredor, pero solo un sistema bien diseñado puede transformar la movilidad de una ciudad.