En el umbral de una nueva contienda electoral, regresa a la escena política una figura que simboliza la continuidad de una visión de país profundamente equivocada: Claudia Dobles, ex primera dama y ahora aspirante al poder por el mismo partido que nos prometió el “progreso” mientras consolidaba un Estado cada vez más lejano del ciudadano común. Desde la filosofía del liberalismo clásico, es imprescindible desenmascarar las falacias que sostienen su narrativa y advertir sobre los riesgos de repetir una historia ya vivida.
1. La falacia del plan fiscal como salvación
Uno de los mitos más peligrosos que intenta reinstalar el equipo de Dobles es que el gobierno de su esposo, Carlos Alvarado, “salvó” al país de una crisis económica gracias a la aprobación del plan fiscal. Esta afirmación no solo es falsa, sino que es moralmente cuestionable. La realidad es que ese gobierno eligió el camino más fácil y más injusto: cargar sobre los hombros de los costarricenses más impuestos, en lugar de corregir el verdadero problema estructural del Estado costarricense: el despilfarro.
Reducir el gasto público, eliminar privilegios salariales y vender activos ineficientes del Estado eran opciones viables. Pero el progresismo estatista optó por preservar el aparato burocrático en lugar de liberar al ciudadano. Esa es la verdadera crisis: un Estado que se defiende a sí mismo antes que al pueblo que lo financia.
2. El tren eléctrico como espejismo de modernidad
Como estandarte de su eventual gobierno, Claudia Dobles vuelve a prometer el tren eléctrico. Pero más allá del marketing ambientalista y la estética futurista del proyecto, debemos preguntarnos: ¿es esta realmente la prioridad de un país que enfrenta pobreza, desempleo, falta de acceso a vivienda y un aparato estatal ineficiente?
Desde el liberalismo clásico, el desarrollo no se impone desde arriba mediante obras costosas y subsidiadas, sino que se construye desde abajo, creando primero las condiciones para el crecimiento económico y la libertad individual. Un tren puede ser útil, pero no es la solución mágica. Es como ofrecerle un auto de lujo a una familia que ni siquiera tiene empleo ni casa. Primero debemos permitir que los costarricenses prosperen; solo así podrán sostener –de forma libre y no coercitiva– un sistema de transporte moderno.
3. La función legítima del Estado no es imponer, sino proteger
La gran falacia que Claudia Dobles y el PAC no logran superar es su visión distorsionada del Estado. Ellos creen que gobernar es legislar sin límites, diseñar planes grandilocuentes y justificar impuestos en nombre del “bien común”. Pero el verdadero rol del Estado –según el liberalismo clásico– no es dirigir la vida de los ciudadanos ni administrar el progreso desde un escritorio en Zapote. Es garantizar condiciones mínimas de seguridad, justicia y respeto por la dignidad humana.
Cuando el Estado impone cargas tributarias desmedidas, limita la libertad y frena el progreso. Cuando concentra el poder para sostener privilegios y proyectos ideológicos, se convierte en una amenaza para sus ciudadanos. Y cuando promete un paraíso en tren mientras ignora los gritos de quienes apenas llegan a fin de mes, revela su total desconexión con la realidad del país.
Conclusión
Claudia Dobles representa el intento del progresismo tecnocrático por maquillarse con discursos de sostenibilidad, equidad y modernidad. Pero bajo esa fachada se esconde una lógica estatista que ya demostró su fracaso. Costa Rica no necesita más impuestos, más trenes subsidiados ni más discursos que ignoran al ciudadano. Necesita libertad, responsabilidad fiscal, dignidad humana como principio rector y un Estado que sepa cuál es su lugar: servir, no gobernar desde la imposición.
El futuro de Costa Rica no pasa por reciclar el pasado, sino por construir un nuevo modelo de desarrollo basado en la libertad individual, el respeto por la propiedad privada y un gobierno limitado que permita al costarricense ser protagonista de su propio destino. Porque gobernar no es imponer un tren: es quitar los obstáculos del camino para que Costa Rica despegue a la cima del progreso, poniendo al Estado en el lugar que le corresponde, el de proteger la vida, la propiedad y la libertad de cada ciudadano.