El traje y la conciencia: Jorge Debravo y el país que elegimos

» Por Dr. Fernando Villalobos Chacón - Historiador y analista político

“Hace mucho tiempo que usamos este mismo vestido

en la casa,

en la iglesia

y en el gobierno.”

— Jorge Debravo, Trajes

 

Jorge Debravo, con su lucidez poética, escribió hace más de medio siglo palabras que resuenan con inquietante actualidad en el corazón cívico de Costa Rica. En su poema “Trajes”, nos habla de ese vestido simbólico que ha dejado de servirnos y que, por la costumbre, por miedo o por inercia, seguimos usando aun cuando ya no nos abriga, sino que nos encierra. En vísperas de las elecciones nacionales del 1º de febrero de 2026, este poema no es solo una pieza literaria: es una advertencia ética, una invitación a la reflexión colectiva sobre la calidad de nuestras decisiones democráticas.

Desde lo íntimo hasta lo institucional, nos dice Debravo, nos hemos acostumbrado a estructuras que alguna vez fueron funcionales, pero que hoy se nos han “trocado en carcelero”. Esa imagen poderosa —el vestido que deja de servir y se convierte en prisión— es también una metáfora del Estado, de la política, de las formas de poder y representación que, si no se renuevan con sentido crítico, terminan atrapándonos en un bucle de simulación y desgaste.

La política nacional, en particular, ha vivido años de desgaste institucional, de polarización estéril, de liderazgos más atentos a la inmediatez mediática que a la construcción de país. Las campañas se parecen cada vez más a espectáculos, y las decisiones electorales se enfrentan al riesgo del cansancio ciudadano, de la resignación o del voto impulsivo. En este escenario, la pregunta que nos lanza el poema de Debravo es brutalmente vigente: ¿por qué seguimos usando un traje que ya no nos sirve?

“Ajustamos los pasos,

las costumbres, los credos,

el amor, los pensamientos,

a la estrechez reseca de este traje

apolillado y viejo…”

Este ajuste al que alude el poeta es también una crítica al conformismo: al ciudadano que deja de cuestionar, al funcionario que repite sin innovar, al partido que abandona principios por estrategia, al elector que opta por el mal menor sin exigir lo mejor. En esa resignación cotidiana, el traje del sistema se adhiere a nuestra piel, nos moldea, nos limita. Así, la democracia corre el peligro de convertirse en formalidad vacía, en rutina sin conciencia.

Pero el poema no se queda en la denuncia. Propone una acción valiente, casi simbólica: romper el traje, deshacerse del “gangoche” de la costumbre. Es en ese acto —arriesgado pero necesario— donde radica el potencial del cambio:

“Lo importante es decir un día de todos:

—¡Al diablo este vestido polvoriento!

y agarrarlo con cólera y rasgarlo

y quedarse desnudo en medio viento.”

¿Y qué significa quedarse “desnudo en medio viento” en términos cívicos? Significa atreverse a pensar sin ataduras, evaluar con honestidad a quienes se postulan al gobierno y a la Asamblea Legislativa, dejar de votar por fidelidades históricas o figuras carismáticas sin sustancia. Significa asumir el proceso electoral no como una rutina cada cuatro años, sino como un acto deliberado de construcción nacional.

Las elecciones del 2026 se presentan como un momento bisagra. El país requiere liderazgos que comprendan su complejidad, que no improvisen, que tengan visión de largo plazo. Pero también necesita una ciudadanía que esté a la altura del momento, capaz de discernir más allá de la superficie, de buscar no solo cambios de nombres, sino transformaciones de fondo.

“Estando uno desnudo busca traje

aunque tenga que hacerlo

deshilándose el cuerpo.”

No es fácil encontrar ese nuevo traje. No hay fórmulas mágicas ni soluciones inmediatas. Implica reconstruir la confianza pública, redignificar el debate político, exigir transparencia, apostar por ideas y no solo por rostros. Implica, como dice el poema, deshilarnos si es necesario, es decir, incomodarnos en lo personal para transformar lo colectivo.

Esta reflexión poética nos exige repensar el poder. El traje, si no se revisa, se convierte en amo. Y el amo no escucha: impone, repite, desgasta. Por eso, el acto de elegir debe ser también un acto de liberación. Liberarnos del cinismo, del fatalismo, del “todos son iguales”. No todos lo son. Hay personas íntegras, hay propuestas viables, pero hay que saber mirar, hay que saber elegir.

“Lo importante es estirar este vestido,

encontrar uno nuevo

y no dejar jamás que se nos hunda

en la piel y en los huesos,

porque entonces, amigos, deja de ser vestido

y se nos hace amo y carcelero.”

Que este año electoral no pase como uno más. Que no elijamos desde el miedo ni desde la costumbre. Que esta vez pensemos como país. Que estiremos, que busquemos, que rasguemos. Que sepamos ver quiénes ofrecen un traje nuevo y quiénes solo remiendan el viejo. Porque si no, el poema de Debravo dejará de ser advertencia para convertirse en diagnóstico. Y ya no habrá poema que nos salve.

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Créditos poéticos:

Poema “Trajes” de Jorge Debravo, publicado póstumamente por la Editorial Costa Rica. Jorge Debravo (1938-1967), poeta costarricense, es una de las voces más lúcidas y comprometidas de la lírica nacional del siglo XX.

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