El talento humano: la base del crecimiento sostenible

» Por Benjamín Vargas - Director de la Carrera de Ciencias Empresariales, LEAD University

En un mundo donde los países compiten por inversión, innovación y desarrollo, suele pensarse que las ventajas están en los recursos naturales, la ubicación geográfica o los incentivos fiscales. Sin embargo, hay un factor que supera a todos: el talento humano. Y los datos lo confirman con una claridad que debería preocuparnos y motivarnos a la vez.

Un reciente estudio de McKinsey & Company sobre productividad en América Latina revela que entre 1997 y 2022, apenas el 35% del crecimiento del PIB regional provino de ganancias en productividad. En contraste, países con condiciones iniciales similares a las nuestras —como Polonia o Turquía— lograron que la productividad explicara entre el 66% y el 91% de su crecimiento. La diferencia no estuvo en sus recursos naturales ni en su ubicación geográfica: estuvo en cómo formaron a su gente y organizaron sus recursos.

Costa Rica no puede decidir su cercanía a los mercados internacionales ni controlar factores externos como el clima o las condiciones globales. Pero sí puede tomar una decisión estratégica clara: invertir en la formación de sus profesionales. Y es precisamente ahí donde se define su competitividad en el largo plazo.

La urgencia de esta decisión es mayor de lo que muchos perciben. El mismo estudio de McKinsey proyecta que el crecimiento de la fuerza laboral latinoamericana —que superó el 2,7% anual entre 1960 y 2000— caerá a apenas 0,6% en el período 2025–2035 y se volverá negativo alrededor de 2040. Esto transforma el argumento por completo: ya no se trata solo de una oportunidad desaprovechada. Cuando el bono demográfico se agota, la productividad deja de ser una ventaja competitiva y se convierte en una necesidad de supervivencia económica.

El talento humano no solo ejecuta tareas. Es el que asigna los recursos, incorpora tecnología, toma decisiones y traduce inventiva en innovación. Cuando ese talento domina la transformación del mercado, cuenta con herramientas actualizadas y utiliza datos para optimizar procesos productivos e innovar, el resultado es mayor eficiencia, más valor agregado y un crecimiento económico incremental. En resumen: verdadera competitividad.

Pero este potencial no se desarrolla de forma automática. Requiere una educación que entienda el momento actual y que prepare a los profesionales no solo para el presente, sino para un entorno volátil. La educación, junto con la tecnología, es el principal potenciador de ese talento y, por tanto, de la competitividad del país.

¿Qué tipo de profesionales necesita Costa Rica para sostener y potenciar su competitividad? La respuesta no está únicamente en carreras específicas, sino en el desarrollo de competencias transversales que marquen la diferencia en cualquier ámbito. En diez años de trayectoria en LEAD University, hemos observado tres de estas competencias emerger con fuerza en las empresas que más crecen y en los profesionales que más impacto generan.

La primera es un nuevo enfoque de liderazgo, más humanista. En un entorno donde muchas tareas pueden automatizarse, el valor humano radica en la capacidad de decidir con criterio ético, de entender contextos complejos y de potenciar equipos diversos. Hemos visto cómo egresados que dominan esta dimensión avanzan más rápido en las organizaciones, no porque sepan más técnica, sino porque saben leer situaciones y mover a las personas. La empatía, el pensamiento crítico y la comprensión de realidades diversas son, paradójicamente, las habilidades menos automatizables y las más demandadas.

La segunda es la capacidad de tomar decisiones basadas en datos. Hoy, todas las profesiones están condicionadas por la información. Saber interpretarla, utilizarla en contextos de incertidumbre y apoyarse en herramientas como la inteligencia artificial de manera ética y perspicaz es clave. América Latina, según el mismo estudio de McKinsey, obtiene en promedio 41,5 sobre 100 en el Índice Global de Adopción de IA, por debajo de los líderes mundiales. Esa brecha no se cierra con infraestructura tecnológica solamente: se cierra con profesionales formados para pensar con datos.

La tercera es la inteligencia contextual. El entorno político, económico, ambiental y social cambia a gran velocidad, y los profesionales deben ser capaces de anticiparse, integrar información diversa, tomar decisiones en contextos de incertidumbre y adaptarse con agilidad. En una región que enfrenta el reto de crecer antes de envejecer, esta capacidad de lectura estratégica del entorno se convierte en una ventaja competitiva nacional, no solo individual.

Formar este tipo de talento sigue siendo un desafío. A lo largo de nuestros diez años de trayectoria hemos constatado que la brecha entre lo que ofrecen muchos sistemas educativos y lo que demanda el mercado laboral no es estática: se mueve, y se mueve rápido. Las instituciones que no evolucionen a ese ritmo no solo perderán relevancia, quedarán en deuda con sus estudiantes y harán que el país pierda competitividad.

Aquí es donde la educación privada tiene un rol estratégico. No se trata solo de transmitir conocimiento, sino de gestionar experiencias de aprendizaje que desarrollen habilidades, criterio y capacidad de adaptación. Esto implica programas académicos actualizados que integren tecnología y análisis de datos, pero también metodologías que acerquen a los estudiantes a la realidad empresarial: resolución de casos reales, simulación de escenarios, toma de decisiones bajo presión, creación de ambientes propicios para la innovación.

El vínculo con el sector productivo es fundamental. La formación no puede darse de espaldas al mercado sino en simbiosis con él. Cuando los estudiantes se enfrentan a problemas reales y trabajan con profesores que también tienen experiencia práctica, el aprendizaje se vuelve más profundo y aplicable. Este modelo —que en países como Costa Rica ya muestra resultados en sectores como dispositivos médicos y servicios digitales— debería convertirse en el estándar, no en la excepción.

Y el potencial está ahí. América Latina cuenta hoy con más de 6,3 millones de profesionales digitales —una base mayor que la de Estados Unidos—, y países como Costa Rica superan a India en dominio del inglés, según el mismo estudio de McKinsey. Tenemos la materia prima humana para competir en las industrias de mayor crecimiento global. Lo que nos falta no es talento latente: nos falta la formación que lo active y lo proyecte.

Un modelo educativo basado en el desarrollo del talento humano genera un círculo virtuoso. Atrae inversión, impulsa la innovación y promueve un crecimiento más sostenible y equitativo. La productividad basada en conocimiento permite avanzar hacia prácticas más responsables con el ambiente y abre oportunidades de movilidad social basadas en el mérito.

La competitividad de Costa Rica no se construirá desde sus recursos, sino desde su gente. Pero esto no ocurrirá solo. Requiere que las instituciones educativas dejen de preparar para el ayer y empiecen a formar para el mañana. Requiere que el sector privado invierta en sus equipos con la misma lógica con que invierte en tecnología. Y requiere que como país asumamos que la formación del talento no es un gasto social: es la única estrategia de crecimiento que ningún otro recurso puede reemplazar.

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