El sistema no está roto: Está funcionando

Cuando una institución cumple todos sus indicadores y el ciudadano sigue esperando, hay dos opciones:

  1. nadie sabe lo que hace;
  2. o el sistema está diseñado para producir exactamente ese resultado.

La evidencia apunta a lo segundo.

En el sector público se habla mucho de mala gestión y poco de diseño. Se exige liderazgo, pero se omite una realidad incómoda: existe un marco normativo y operativo que delimita con precisión hasta dónde puede llegar cualquier persona, por competente que sea. Se demandan resultados distintos sin modificar las reglas que, en la práctica, penalizan a quien intenta salirse de la inercia.

Los sistemas no suelen recompensar la responsabilidad individual ni el criterio profesional. Premian, más bien, la obediencia al procedimiento, la defensa documental y el cumplimiento formal, no por mala intención, sino porque así se estructuró el entorno de decisiones: reducir el riesgo interno se vuelve más importante que maximizar el valor generado.

Por eso, no se decide mal por falta de capacidad, sino porque el sistema vuelve costosa —y a veces peligrosa— la decisión correcta. Prevenir implica más exposición que reaccionar. Optimizar a largo plazo exige más responsabilidad que cumplir el plan anual. Frente a ese escenario, la conducta se adapta racionalmente: se elige lo seguro, no necesariamente lo mejor.

La infraestructura vial es un espejo incómodo de esta lógica. Kilómetros ejecutados, presupuestos agotados y carreteras que vuelven a fallar, más allá de las cifras reportadas, el problema persiste para quien transita a diario. El sistema cumple, pero el ciudadano sigue esperando soluciones reales.

El sistema no falla: aprende. Aprende que gastar es más seguro que preservar, aprende que intervenir tarde genera menos cuestionamientos que anticiparse y aprende que el indicador pesa más que la condición efectiva del activo. Aquí no hay villanos ni héroes; hay reglas del juego, y las reglas moldean el comportamiento.

La institucionalidad, cuando se transforma en un fin en sí misma, deja de ser un instrumento al servicio del ciudadano y pasa a priorizar su propia continuidad. Se audita, se reporta y se justifica, aunque el impacto sobre la vida cotidiana sea marginal. Todo funciona… hacia adentro.

La pregunta incómoda no es quién decidió mal, sino qué decisiones estamos desincentivando sin reconocerlo, porque mientras el sistema premie la forma sobre el fondo, la estabilidad sobre el impacto y el resguardo interno sobre la responsabilidad, el país avanzará solo en los informes.

Y ningún país se transforma optimizando únicamente lo que es fácil de medir.

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