En los últimos días, muchos comentan —con cierta sorpresa y alivio— lo bien que se siente respirar un poco de paz sin los acostumbrados berrinches de los miércoles. Y sin ánimo de entrar en controversias, esa sensación colectiva me hizo recordar otros tiempos, cuando una conferencia presidencial era un espacio para informar avances, presentar resultados o explicar políticas que buscaban mejorar la vida de las personas.
Recuerdo aquellas cadenas nacionales de los domingos a las 7 p.m., donde se hablaba de logros, proyectos y metas cumplidas. Eran espacios serios, quizás no tan entretenidos, pero llenos de contenido. Se trataba de rendir cuentas, de mostrar progreso, de invitar al ciudadano a entender el rumbo del país.
Hoy, lamentablemente, hemos cambiado la sustancia por el espectáculo. Las conferencias se convirtieron en escenarios de gritos, ataques y confrontación. El mensaje político se volvió ruido, y la figura presidencial, más protagonista de un show que conductor de una nación. El país perdió la serenidad del diálogo, la profundidad del pensamiento y el respeto por el debate.
Por eso, no sorprende que muchos hoy hablen de “paz” ante la ausencia de ese estruendo semanal. Porque cuando se apaga el micrófono del show, el país puede volver a escucharse a sí mismo.
No se trata de callar a nadie, sino de recuperar el valor del silencio útil, de la palabra que construye y del liderazgo que inspira. Costa Rica no necesita un animador político, necesita estadistas; no busca circo, busca dirección; no quiere ruido, quiere rumbo.
La paz que hoy se siente no es solo ausencia de gritos: es el recordatorio de lo que realmente merecemos. Que cuando la carpa del espectáculo se cierre, escojamos a quienes saben gobernar con cabeza fría, corazón firme y voz serena.