El Régimen de Zonas Francas ha sido, por años, una de las herramientas más importantes que Costa Rica utiliza para atraer inversión extranjera, generar empleo de calidad y fortalecer el desarrollo productivo. Más que un conjunto de incentivos fiscales, este régimen forma parte de una estrategia integral para insertar al país en cadenas globales de valor y competir por capital productivo en un mundo altamente dinámico.
El diseño del régimen se basa en un principio sencillo: el Estado ofrece exoneraciones e incentivos a empresas que se comprometen a invertir en el país, generar empleo, aportar conocimiento y agregar valor a la economía. A cambio, cada empresa asume obligaciones claras que se formalizan en el Acuerdo Ejecutivo que les otorga el beneficio.
A lo largo de los años, distintos estudios han demostrado que los incentivos otorgados bajo el Régimen de Zona Franca no representan una pérdida para el país. Por el contrario, se recuperan, e incluso se multiplican, por medio de aportes como cargas sociales, impuestos sobre salarios, consumo local, encadenamientos productivos, transferencia tecnológica y el desarrollo del talento humano. Por eso, su impacto debe analizarse desde una perspectiva integral, no únicamente fiscal.
Ahora bien, las empresas que operan bajo este régimen están inmersas en un entorno global que cambia constantemente. Crisis económicas, disrupciones en las cadenas de suministro, avances tecnológicos, variaciones en la demanda o transformaciones corporativas obligan a ajustar sus modelos de negocio. En este contexto, exigir un cumplimiento rígido de compromisos pactados hace años, y posiblemente en otras realidades globales, puede convertirse en un riesgo tanto para la inversión como para la estabilidad del propio régimen.
Por eso, la normativa costarricense contempla mecanismos que permiten adaptar algunos de los compromisos adquiridos, siempre bajo parámetros técnicos y supervisión institucional. Tanto la Ley como el Reglamento de Zonas Francas incluyen la posibilidad de ajustar plazos, niveles de inversión y empleo, entre otros aspectos, sin alterar el espíritu del régimen.
Incluso, ciertas modificaciones pueden realizarse sin necesidad de aprobación del Poder Ejecutivo. Entre ellas se encuentran los cambios en fechas de cumplimiento, traslados de instalaciones o variaciones en el área operativa. El Reglamento reconoce expresamente que pueden existir fluctuaciones razonables en empleo e inversión debido a la naturaleza del negocio.
Estos ajustes no son concesiones discrecionales. Son herramientas diseñadas para que las empresas puedan adaptarse y continuar operando de manera sostenible en el país, protegiendo en el largo plazo la inversión y el empleo, sin comprometer la transparencia ni la credibilidad del régimen.
En el fondo, todo responde a una visión de competitividad y realismo económico. Costa Rica compite con muchos países por atraer y retener inversión. Para lograrlo se necesitan reglas claras, estabilidad jurídica y, al mismo tiempo, capacidad de adaptación. El Régimen de Zona Franca no solo busca atraer inversión; también está pensado para acompañarla y sostenerla en un entorno global en constante cambio, asegurando que Costa Rica siga siendo un destino confiable y competitivo para el desarrollo productivo.