El poder no negocia principios: negocia resultados

En el escenario geopolítico actual, insistir en la moral, la ética o la soberanía como ejes de decisión es desconocer cómo operan realmente las grandes potencias. Estados Unidos y Rusia no juegan bajo el marco del derecho internacional; juegan bajo el marco de sus intereses estratégicos, y lo hacen sin pedir permiso ni ofrecer explicaciones reales.

La política exterior, especialmente cuando involucra a figuras como Donald Trump y Vladímir Putin, no se rige por valores universales, sino por aspiraciones concretas: control de recursos, dominio territorial, influencia regional y consolidación de poder interno. Todo lo demás es discurso para consumo público.

Desde esta lógica, el mundo no se divide entre aliados y enemigos, sino entre piezas útiles y piezas prescindibles. En ese tablero, líderes como Nicolás Maduro o Volodímir Zelenski no representan fines en sí mismos, sino instrumentos circunstanciales. No se evalúan por su legitimidad democrática, sino por lo que habilitan o bloquean.

Para Estados Unidos, Maduro es una ficha funcional. Su figura permite articular un relato jurídico (narcotráfico), político (restauración del orden hemisférico) y económico (petróleo venezolano). Su caída no requiere una invasión abierta ni una guerra declarada; basta con el momento adecuado, la narrativa correcta y la capacidad de ejecutar sin mirar atrás. El impacto sobre el mercado energético, aunque temporal, sirve como palanca adicional de poder.

Para Rusia, el eje es distinto, pero la lógica es la misma. Ucrania representa territorio, profundidad estratégica y reposicionamiento frente a Occidente. Zelenski, en ese contexto, no es un símbolo moral, sino una variable operativa. Su permanencia o desplazamiento condiciona el avance ruso, no por su figura personal, sino por lo que desbloquea en el terreno político y militar.

El error común es creer que estas dinámicas requieren acuerdos públicos o pactos explícitos. El poder real no opera con comunicados conjuntos. Opera con silencios coordinados, acciones paralelas y repudios simbólicos. Rusia puede condenar formalmente cualquier acción estadounidense en Venezuela y, al mismo tiempo, abstenerse de intervenir de manera efectiva. No es contradicción: es cálculo.

Tampoco se trata de “entregar” aliados, sino de dejar de sostenerlos cuando dejan de servir. En la política de poder, nadie traiciona a nadie; simplemente se reconfiguran prioridades. La lealtad no existe como valor permanente, solo como conveniencia temporal.

Desde esta perspectiva, Estados Unidos y Rusia no buscan empates ni enfrentamientos innecesarios. Buscan escenarios donde ambos puedan avanzar en sus respectivas agendas sin interferirse directamente. No es cooperación, es coexistencia de ambiciones. Un ganar–ganar que no necesita ser anunciado porque no necesita ser justificado.

Pensar que este enfoque es cínico es, en realidad, quedarse en la superficie. Es más preciso decir que es pragmático hasta la crudeza. El sistema internacional no premia la coherencia moral, premia la eficacia. Y en ese sistema, las piezas no se protegen: se usan, se sacrifican o se abandonan según el momento.

La pregunta, entonces, no es si este modelo es justo o injusto. La verdadera pregunta es cuánto tiempo puede sostenerse un tablero donde el poder se ejerce sin máscaras y donde los discursos solo sirven para ocultar jugadas ya ejecutadas.

Porque cuando la ambición manda, el mundo no se gobierna por reglas, sino por resultados.

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@nuevo.elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

Últimas noticias

Te puede interesar...

493.74

499.84

Últimas noticias

Edicto