Con el pontificado del Papa Francisco la Iglesia Católica ha caído en una crisis sin precedentes, tanto por los desvíos que se advierten de sus enseñanzas y acciones, como de su carácter autoritario.
Frente a esta realidad, surgen muchas preguntas, así como esfuerzos de todos lados para responderlas de la manera más realista y esperanzadora, sin ignorar la acción de Dios en la historia. Algunas dudas que inquietan a la Iglesia y la sociedad llevan a plantearse las siguientes cuestiones: ¿Cuáles beneficios obtienen la Iglesia y el cristianismo con las acciones del Papa Francisco? ¿Hacia dónde quiere conducir la Iglesia? ¿Cuáles son las consecuencias para la humanidad de un liderazgo tan importante y necesario, pero inclinado hacia intereses que evidencian serias contradicciones con la dignidad humana, la libertad y el bien común? ¿Cómo terminará su pontificado y cómo será el próximo? La sensación de incertidumbre y confusión que impera dentro y fuera de la Iglesia es alarmante y profunda.
Resulta difícil y hasta inútil la búsqueda de un punto desde el cual se pueda tomar una posición válida para intentar una defensa de su pontificado. Ante esto, no queda más que ser realista y reconocer los graves y constantes errores, pero además, que en todos ellos parece manifestarse una intencionalidad intrínsecamente insana y planificada. Pues pudiendo corregirlos no lo hace, ni atiende los justos reclamos y opiniones bien fundamentadas, que desde la búsqueda sincera y cristiana de la verdad y la caridad, le hacen muchas voces autorizadas dentro de la Iglesia y fuera de ella, las cuales obtienen como respuestas, en no pocas veces, el silencio y la indiferencia.
Parece indudable que esta crisis no tendrá una solución pronta, por esto es oportuno plantearse la siguiente interrogante ¿Qué hacer ante esta situación tan crítica para la Iglesia y la humanidad? A continuación, los siguientes siete puntos que sugiero, podrían ayudarnos a los católicos y no católicos, en el tránsito de esta coyuntura tan difícil e inevitable que vivimos.
1-Debe admitirse con sinceridad y humildad, pero sin perder la esperanza, de que el pontificado de Francisco no está aportando los frutos esperados en cuanto a mantener la unidad de la Iglesia y guardar y defender la sana doctrina.
2-Es importante y necesario hacer llamados desde todos los frentes para animar a mantener la unidad de la Iglesia, pues a pesar de la gravedad de la crisis no es la primera ni será la última, y como de la anteriores también de esta saldrá fortalecida.
3-Esta crisis es una gran oportunidad para crecer espiritualmente y en el conocimiento de la verdad revelada, aprovechando los muchos medios que ofrecen las diferentes tecnologías para buscar información autorizada y segura. También es un tiempo muy especial para fortalecer los grupos de formación y evangelización parroquiales, preparando mejor a los fieles y así edificar más su vida cristiana y eclesial.
4-Fortalecer las relaciones de la feligresía católica con las autoridades diocesanas, pues tanto fieles como obispos, sacerdotes y religiosos necesitan en estos tiempos de acercamiento y acompañamiento mutuos.
5-Además de orar y confiar, conviene que los fieles laicos en todo el mundo se organicen y hagan llegar su voz hasta el Vaticano para que el Papa Francisco tenga conocimiento de sus preocupaciones y dudas, es un deber de los fieles en estos tiempos, el silencio y la inacción no convienen.
6-Ser prudentes ante los discursos escatológicos y apocalípticos, pues muchas veces, además de generar más ruido e incertidumbre, también pueden llevar al conformismo, la confusión y hasta la confrontación. Lo verdaderamente importante no está en que la segunda venida de nuestro Redentor Jesucristo sea hoy o mañana – será cuando Dios lo quiera – sino en mantener una actitud vigilante y militante; no desesperados ni pasivos esperando, mientras todo se descompone frente a nuestros ojos.
7-Finalmente, evitar ser presas del temor, el desconcierto y la manipulación de los oportunistas que nunca faltan, apoyándose en los medios de comunicación y las nuevas tecnologías; sino por el contrario, poner la mirada y atención en la luz y verdad que vienen Dios, para sentirnos fortalecidos y acompañados en nuestra peregrinación por esta etapa crítica y esperanzadora para la Iglesia y la humanidad.