El oro auténtico no le teme al fuego

» Por Jáirol Núñez Moya - Director Escuela de Estudios Generales Universidad de Costa Rica

La discusión sobre la formación general y humanista se plantea formalmente en la Universidad de Costa Rica al menos desde 1946 hasta 1957, y se da en la línea de lo que Ortega y Gasset llamó la “Misión de la Universidad”: el cometido particular de generar conocimientos para vivir a la altura de los tiempos. En el discurso inaugural de la creación de la Facultad de Ciencias y Letras y el Departamento de Estudios Generales en 1957, el rector Rodrigo Facio se cuestiona qué es lo que buscaba la Universidad creada en 1940, y resume: “Hacer de la diversidad, Universidad”.

La universalidad que se evoca desde el nombre de la Universidad se pone de manifiesto en la formación personal, cultural, social y ciudadana, dice Facio, antes que la formación profesional, porque la integración de conocimientos favorece la perspectiva del profesional. En esa universalidad está reconocer, convivir y valorar la diferencia, porque en el mundo no estamos solos. En ese encuentro con lo distinto nos damos cuenta de que todos somos portadores ideológicos, y que esta ideología que cargamos responde a una cognición social, marcada justamente por contextos familiares, sociales y culturales.

Los espacios de aprendizaje dentro de la dinámica universitaria son espacios de encuentro de las diferentes perspectivas con las que interpretamos la realidad circundante, y por consiguiente, en lugar de dinamitar la diversidad de pensamientos propia de una sociedad plural, potencia la capacidad de asimilar críticamente otras formas de pensamiento no discutidas previamente.

No obstante, este acrecentamiento de la visión de mundo mediante el aprendizaje de la vastedad cultural e ideológica no implica la aceptación a priori de otros posicionamientos, más bien faculta a quien ejerce la crítica a afianzar sus puntos de vista, sabiendo la existencia de esos otros y valorando el ejercicio de la libertad en todos los seres humanos, sin distingo alguno, toda vez que la consecución de mi libertad en detrimento de los otros deviene necesariamente en una antinomia capaz de causar estragos en el tejido social. He ahí la marca distintiva de una formación universitaria que hasta nuestros días sigue siendo la que guía a empleadores a preferir a quien se gradúa de la Universidad de Costa Rica. El conocimiento amplio del mundo potencia la capacidad para dar respuestas, solucionar problemas y analizar situaciones acordes con la realidad inmediata, que mejoren las condiciones de los depositarios de servicios, acciones, investigaciones, etc.

En consecuencia con la multiplicidad de criterios, el mismo ejercicio de la libertad no consiste únicamente en el señalamiento sin pruebas, que claramente resulta en opinión cuando no en injuria, sino en la demostración de que, aquello que se dice responde, más que a una percepción particular, a un posicionamiento en el que media la argumentación, ese es el propósito del pensamiento crítico.

Por ello es necesario manifestar que, a esta Dirección no ha recibido oficio ni planteamiento de la Señorita Arias Núñez, que en el texto “El silencio No es oro: enfrentando la homogeneización ideológica en la UCR”, le atribuye a la Escuela de Estudios Generales calificativos que denotan su silencio al no acudir a las instancias institucionales correspondientes que, anuentes al debate y a actuar conforme el Estado de Derecho, hemos propiciado una administración de puertas abiertas para repudiar cualquier espacio en el que se actúe bajo amenazas, represalias, represión de la libertad de pensamiento y de la libertad de expresión del estudiantado.

Justamente, como dice el proverbio chino: “El oro no le teme al fuego”, pero al parecer, como sucede en estos tiempos en los que el conocimiento y la academia son cuestionados sin justificación alguna, pasar por el fuego resulta una tarea difícil, por lo tanto se opta por la salida pronta de la percepción individual y la generalización que tanto daño le hacen a la reflexión crítica.

Entre la ausencia de información, la falta de formación de criterio y el miedo al debate y a la argumentación, emerge una solapada pretensión homogeneizadora que interpreta como peligro la asunción de posturas claras, asume la diferencia como una ofensa personal y utiliza el señalamiento como mecanismo y salida fácil, evadiendo con esto la riqueza del otro como posibilidad de crecimiento.

Al rechazar estos intentos de homogeneización, coincidimos con la joven, y proponemos  reivindicar que la anulación por la anulación del otro no es la salida, que la deshumanización de los demás es siempre necesariamente mi deshumanización y que la diversidad de criterios en la academia no puede ser entendida como una amenaza, sino el punto de partida para hacer Universidad. Ya lo decía Ortega y Gasset que había que humanizar al científico para completar su especialismo con una cultura integral. Ayer como hoy, esa es nuestra misión.

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