El Moto: génesis de la novela costarricense y crítica temprana al mito idílico nacional

» Por Dr. Fernando Villalobos Chacón - Historiador y académico universitario

En el año 1900, cuando Costa Rica se asomaba al siglo XX con una narrativa oficial marcada por el optimismo liberal y la autocomplacencia republicana, Joaquín García Monge publicó El Moto, obra que la historiografía literaria reconoce como la primera novela costarricense y, de manera más precisa, como la primera novela realista del país.

Su aparición constituyó un hito cultural de profundas implicaciones históricas, estéticas y éticas.

Se trata de una novela corta de carácter realista y costumbrista, cuya relevancia no radica únicamente en su primacía cronológica, sino en la ruptura discursiva que introduce: El Moto desmonta la visión idílica de Costa Rica como una sociedad armónica, igualitaria y moralmente homogénea, para exponer, con sobriedad narrativa, las tensiones sociales, la marginalidad campesina y la fragilidad humana frente a un orden social profundamente desigual.

La obra retrata las costumbres y problemáticas del campo costarricense de principios del siglo XX, un espacio social que hasta entonces había sido presentado de manera romántica o anecdótica. García Monge, en cambio, opta por una mirada crítica y empática. El protagonista, un joven campesino humilde, ingenuo y vulnerable, encarna a los sectores populares excluidos del progreso material y simbólico que proclamaban las élites urbanas. No es un héroe épico ni un rebelde consciente, sino una víctima silenciosa de estructuras sociales que lo superan.

En este sentido, El Moto se adelanta a preocupaciones que décadas después serán centrales en la literatura social centroamericana: la desigualdad, la educación como privilegio, el paternalismo de las clases dominantes y la utilización simbólica del campesino como emblema nacional, pero no como sujeto de derechos. La novela cuestiona, sin estridencias, la moral pública de una sociedad que se proclama justa mientras normaliza la exclusión.

Desde el punto de vista estilístico, García Monge recurre a un lenguaje claro, austero, con fuerte presencia del habla popular, pero sin caer en el folclorismo superficial. Esta elección estética tiene una dimensión profundamente política y pedagógica: dignificar la voz del campesino, otorgarle centralidad narrativa y convertirlo en espejo moral de la nación. Así, El Moto no solo narra una historia, sino que educa la sensibilidad del lector, obligándolo a confrontar realidades incómodas.

La importancia de esta obra como clásico de la literatura costarricense se manifiesta también en su condición de texto fundacional. A partir de El Moto, la novela nacional encuentra un punto de partida desde el cual se desarrollará una tradición narrativa comprometida con lo social, que más tarde será enriquecida por autores como Carmen Lyra, Carlos Luis Fallas y Fabián Dobles. Sin esta obra inaugural, resulta difícil comprender la evolución crítica de nuestra literatura.

Más de un siglo después de su publicación, El Moto conserva una vigencia inquietante. Nos recuerda que el progreso sin justicia es una promesa vacía; que la identidad nacional no se construye desde los discursos oficiales, sino desde la experiencia concreta de quienes habitan los márgenes; y que la literatura, cuando asume su responsabilidad histórica, puede convertirse en conciencia crítica de una nación.

Releer El Moto hoy no es un ejercicio de erudición nostálgica, sino un acto de memoria y lucidez histórica. Joaquín García Monge nos legó, en 1900, mucho más que la primera novela costarricense: nos dejó una advertencia temprana sobre los costos humanos de la desigualdad y un llamado permanente a mirar el país sin complacencias.

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