Toda comunicación política, sea desde el gobierno o en una campaña electoral, nace de una premisa que suele incomodar a las miradas excesivamente racionalistas: la política no se comunica únicamente desde la razón, sino desde estructuras simbólicas mucho más profundas. Antes que programas, planes o indicadores, las sociedades, buscan, producen y necesitan relatos. Esos relatos, desde tiempos antiguos hasta los modernos, pueden adoptar la forma del mito.
Lejos de ser una distorsión de la realidad, el mito es lo que se puede denominar una “tecnología cultural primaria”. Su función original es engañar, sino hacer comprensible el mundo, reducir la incertidumbre y dotar de sentido a la experiencia colectiva. En este punto, la lectura de Roland Barthes, en su obra Mythologies (1957; ed. cast. 1980), resulta central pues nos plantea que el mito, naturaliza la realidad, no la oculta. Convierte lo histórico en evidente, lo contingente en necesario y lo “político” en narrativamente inteligible.
Desde esta perspectiva, resulta ilusorio y hasta estratégicamente riesgoso pretender una comunicación política aséptica, desprovista de mito. La política moderna, incluso en democracias consolidadas, sigue operando como un espacio donde la ciudadanía busca figuras, trayectorias, conflictos y sentidos compartidos. El mito no es un residuo premoderno, más bien es una constante estructural del vínculo entre poder, sociedad e individuo.
Este fenómeno se intensifica en la modernidad mediática. Como advierte Edgar Morin, en su libro L’esprit du temps (1962), la cultura de masas transforma el mito religioso en mito secular. Los dioses no desaparecen; se reconfiguran. Surgen entonces los “olímpicos” modernos que al final son figuras públicas que concentran aspiraciones, temores y contradicciones colectivas. La política, inevitablemente, participa y se nutre de esta lógica.
En este marco, tanto la comunicación desde el gobierno como la comunicación de campaña están atravesadas por procesos de personalización, dramatización y hasta de “vedettización”. No son desviaciones superficiales, son mecanismos mediante los cuales la sociedad procesa la complejidad del fenómeno del poder. La ciudadanía no se relaciona con abstracciones; se relaciona con personas que encarnan proyectos, decisiones y responsabilidades.
Aquí es donde el aporte de Gonzalo Abril, en su obra Teoría general de la información (1997), permite un encuadre especialmente lúcido. El discurso público contemporáneo, explica Abril, se estructura narrativamente y en esta lógica, necesita protagonistas, tensiones y desenlaces. La información política se vuelve significativa cuando se integra en un relato. Sin esa mediación narrativa, los hechos quedan fragmentados, desconectados y, finalmente, irrelevantes para amplios sectores de la sociedad.
En las campañas políticas, este fenómeno se manifiesta con particular fuerza. La competencia electoral no enfrenta únicamente propuestas, sino relatos de país. Cada candidatura intenta ofrecer una interpretación del presente y una promesa del futuro condensada en una figura (o proyecto) personal. En ese proceso, el mito opera como un atajo cognitivo, pues permite comprender lo complejo sin recorrer toda su densidad conceptual y técnica.
En Costa Rica, lo que hemos observado hace un par de décadas revela con claridad esta tensión. Existe una demanda ciudadana legítima de ética, formación académica, experiencia profesional y probidad. Pero esa demanda convive con otra, no menos real, que es la necesidad de relatos que expliquen el conflicto social, el malestar ciudadano, las expectativas de cambio o de continuidad. Cuando la comunicación política ignora esta segunda dimensión, el espacio simbólico no queda vacío y es ocupado por narrativas simplificadoras, las cuales son emocionalmente intensas y, muchas veces, éticamente problemáticas.
El político o candidato que logra explicar la realidad con sencillez y demuestra cómo su visión –y en especial– su misión se inserta “naturalmente” en esa narrativa desde el heroísmo, vencerá a aquel que no logre conectar su discurso y realidad con el imaginario social. Hay que “encarnar” la solución y eso es mitificar la propuesta política. Por ejemplo, si los votantes muestran una molestia relevante y de manera sostenida con respecto a algo específico, es mucho más efectivo explicarle la forma en la que una candidatura tiene las condiciones para solucionar eso que es concebido como un problema y con eso ganar adeptos, que pretender hacerlo defendiendo aquello que la población claramente rechaza.
De esta forma, el desafío no consiste en erradicar el mito, sino en gobernarlo. El mito sin encuadre ético deriva en manipulación; por su parte, la razón sin mito deriva en desconexión. La comunicación política responsable debe articular ambos planos, esto es construir relatos que humanicen la política sin vaciarla de contenido, que personalicen sin trivializar y sin falsear.
En la comunicación desde el gobierno, este equilibrio es especialmente delicado. El mito no puede sustituir a la gestión, pero sí puede darle sentido. La acción pública, desprovista de relato, se percibe como fría, distante o tecnocrática. El relato, desprovisto de acción, se vuelve propaganda. La legitimidad surge precisamente en la coherencia entre ambos niveles, pero, si quisiéramos decirlo de forma popular: “mito mata gestión”.
En las campañas políticas, el encuadre del mito es crítico. La sociedad contemporánea espera personalización y acepta la “vedettización”, pero al mismo tiempo sanciona el vacío, la impostura y la exageración. La mitologización eficaz no es la del héroe infalible, sino la del personaje reconocible, situado en una trayectoria creíble, con virtudes, límites y una narrativa consistente con su historia personal y profesional. Una figura que “baja” y se hace parte de la población, sin reservas. Esta figura se presenta como una guía, pero se hace a un lado para facilitar que “el pueblo” sea el héroe de su propia historia.
Comunicar políticamente implica, en última instancia, asumir una verdad incómoda pero necesaria que es que es cierto que la democracia se sostiene con argumentos, pero no solo con ellos. También vive de los símbolos. El mito no es el enemigo de la ética; su ausencia sin mediación suele serlo. Reconocer su origen, su función y sus límites es una condición indispensable para una comunicación política madura, tanto en el ejercicio del poder como en la disputa electoral.