El mito de la brecha salarial: Cuando la oferta y la demanda explican más que el feminismo

» Por María Lucía Arias - estudiante de Economía y Ciencias Actuariales / Celeste M. Solórzano - economista y estudiante de maestría en Estadística

Vivimos en una era donde el discurso sobre la equidad de género domina los debates políticos, académicos y mediáticos. Se nos insta a combatir la brecha salarial, el desempleo y la violencia de género como si fueran anomalías sin explicación más allá del “patriarcado”. Pero, ¿y si la realidad fuera más compleja? ¿Y si muchos de estos fenómenos se explicaran no por opresión estructural, sino por decisiones individuales y dinámicas de mercado?

Tomemos la brecha salarial, el caballo de batalla del feminismo contemporáneo. Nos dicen que las mujeres ganan menos que los hombres porque el sistema está diseñado para perjudicarlas. Sin embargo, cuando analizamos los datos actualmente, sin sesgos ideológicos, la historia cambia. La diferencia de ingresos, en la mayoría de los casos, responde más a la elección de carrera y a la carga laboral asumida que a una discriminación directa.

En Costa Rica, las mujeres dominan las aulas universitarias. Según datos del INEC y CONARE (2021), el 63% de los títulos universitarios fueron obtenidos por mujeres. En el caso de las maestrías, ellas representaron el 55% de los graduados. A simple vista, podría pensarse que este mayor nivel educativo se traduciría en una mayor presencia femenina en los sectores mejor remunerados. Sin embargo, aquí surge una paradoja: un mayor nivel educativo no necesariamente significa mayores ingresos, ya que esto depende principalmente de la demanda laboral y del campo de estudio elegido.

¿Por qué las mujeres suelen elegir profesiones en áreas con menor demanda y menor retorno económico? Según datos de CONARE (2022), las áreas de conocimiento en las que predominan las mujeres, de acuerdo con la cantidad de títulos otorgados, son artes y letras (65,7%), ciencias económicas (67,7%), ciencias sociales (73,8%), ciencias básicas (50,5%), derecho (59,7%), educación (76,8%), recursos naturales (51,3%) y ciencias de la salud (72,1%). Por otro lado, los hombres predominan únicamente en dos ámbitos: computación (74,3%) e ingeniería (57,5%), que claramente se asocian con salarios más altos.

Otro ejemplo claro es en Estados Unidos, el American Association of University Women (AAUW) publicó un informe en 2020 que mostraba que, en promedio, las mujeres ganan 82 centavos por cada dólar que ganan los hombres. No obstante, cuando desglosaron los datos por carrera, se reveló que en el campo de las ciencias de la computación y la ingeniería, sectores altamente remunerados, las mujeres ganaban casi lo mismo que los hombres. Pero en carreras como trabajo social, educación y artes, con una demanda económica más baja, la brecha se ampliaba significativamente. Aquí entra la paradoja: a pesar de que las mujeres tienen, en promedio, más títulos universitarios que los hombres, sus elecciones de carrera las ubican en campos menos lucrativos.

La Paradoja de Simpson es clave para entender esto. Si agrupamos los datos de forma global, se muestra una clara brecha salarial. Pero al desglosar la información por sectores, se revela que las mujeres ganan menos porque eligen trabajos que, objetivamente, tienen menos demanda y, por tanto, menores salarios. Esto no es un problema de discriminación directa, sino de las dinámicas del mercado laboral. El sistema no es “sexista” per se; más bien, es económico, y premia las carreras con mayor demanda de mano de obra y especialización técnica, áreas donde los hombres tienden a dominar.

Además, un estudio de 2016 de la Universidad de Harvard demostró que el 77% de las mujeres que trabajaban en profesiones de baja remuneración lo hacían por elección personal, influenciadas por factores como la flexibilidad laboral y las expectativas sociales de cuidado. Mientras tanto, los hombres optaban por sectores de alto rendimiento en términos salariales y de estabilidad. Esta diferencia, aunque no siempre reconocida, está enraizada en una tensión entre el mercado y las decisiones personales más que en una discriminación estructural.

Es común que algunas personas justifiquen la elección de estas carreras desde una perspectiva social o de género, argumentando que el machismo o los estereotipos culturales influyen en las decisiones vocacionales. Sin embargo, también existen autores que sostienen que la elección profesional está influenciada por una combinación de factores biológicos, de personalidad y socioculturales, los cuales pueden marcar diferencias significativas entre hombres y mujeres.

Por lo tanto, la cuestión no radica en determinar si el sistema oprime a las mujeres o si los hombres tienen privilegios innatos, sino en reflexionar sobre nuestra disposición para analizar los datos de manera objetiva y entender de cómo funciona el mercado laboral, sin caer en la trampa de narrativas preconcebidas o discursos de moda. Es fundamental promover la libertad de elección profesional, respetando que cada persona tome decisiones que se ajusten a sus necesidades y contexto, sin la intervención del Estado a través de “incentivos” o “imposiciones” como las cuotas de género, que buscan forzar movimientos en el mercado laboral.

La brecha salarial no es un tema de opresión patriarcal, sino una consecuencia de la economía de mercado: los sectores más técnicos y demandados, donde los hombres predominan, simplemente pagan más. Es hora de dejar de culpar a los hombres y al “sistema patriarcal” y empezar a observar la estructura económica con una mentalidad clara y objetiva: la igualdad de salario no se consigue con cuotas ni con discursos populistas, sino a través de un sistema meritocrático que valore las habilidades y el esfuerzo real.

El verdadero desafío no es seguir luchando por una igualdad artificial, sino por una economía que recompense el mérito y la capacidad, no las asignaciones sociales de género. Porque la verdadera equidad se construye en un sistema que premia el mérito y no la identidad.

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