La discusión sobre el Memorando de Entendimiento (MoU) entre Irán y Estados Unidos se ha concentrado principalmente en el programa nuclear, el Estrecho de Ormuz, las sanciones y las tensiones entre Washington y Jerusalén. Sin embargo, existe un elemento que podría determinar el éxito o fracaso de todo el proceso y que aparece de forma secundaria en buena parte de los análisis, la conducta de los aliados regionales de Irán, los que garantizan su “profundidad estratégica” lejos de sus propias fronteras.
El verdadero desafío del acuerdo no consiste únicamente en verificar cuántas centrifugadoras funcionan, cuánto uranio enriquecido conserva Irán o qué mecanismo utilizará la AIEA para monitorear compromisos futuros. El problema más complejo es que la influencia regional iraní no descansa exclusivamente sobre el Estado iraní. Durante décadas, Teherán construyó una arquitectura de poder basada en organizaciones armadas, movimientos políticos, milicias y socios estratégicos distribuidos en distintos escenarios del Medio Oriente.
Por esa razón, incluso si Washington y Teherán alcanzan un entendimiento funcional, la estabilidad posterior dependerá de actores que no estarán sentados directamente en la mesa de negociación.
El dilema israelí: el problema no es solamente el programa nuclear
Buena parte de la cobertura mediática presenta la posición israelí como una simple exigencia de condiciones más estrictas. Cuando la realidad es más profunda, porque desde la perspectiva israelí, el programa nuclear constituye únicamente una parte del desafío estratégico iraní. La preocupación histórica de los organismos de seguridad israelíes ha sido la combinación de varios elementos:
- capacidad nuclear potencial;
- programa de misiles balísticos;
- producción de drones (algunos utilizados incluso actualmente en Ucrania);
- redes de transferencia de armamento hacia sus proxis;
- presencia de fuerzas aliadas en varios frentes.
Incluso si el MoU lograra congelar aspectos del programa nuclear iraní, Israel seguiría evaluando si el acuerdo reduce efectivamente la capacidad de proyección regional de Teherán, porque el desarrollo nuclear por sí solo no logra todos los elementos considerados como amenazas.
Por ello, el escepticismo israelí no necesariamente deriva de una oposición a la negociación como instrumento, sino de la percepción de que una negociación centrada exclusivamente en el expediente nuclear podría dejar intacta buena parte de la estructura de influencia iraní.
Desde Jerusalén existe además una preocupación histórica derivada de experiencias previas. En sectores de la seguridad israelí persiste la idea de que los alivios económicos obtenidos por Irán en distintos momentos terminaron fortaleciendo indirectamente a organizaciones asociadas a Teherán porque los recursos finalmente terminan dentro del “Eje de la Resistencia”. Debido a esa percepción se explica por qué Israel insiste en vincular cualquier acuerdo futuro con temas que van mucho más allá del enriquecimiento de uranio.
Otro error frecuente consiste en asumir que los países del Golfo observan la situación desde la misma lógica que Israel, porque no es exactamente así, países como Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos han desarrollado durante los últimos años una visión más pragmática. Sus prioridades actuales están fuertemente vinculadas con estabilidad económica, atracción de inversión extranjera, desarrollo tecnológico, atracción turística y seguridad energética.
Las estrategias de transformación económica saudíes y emiratíes requieren un entorno regional relativamente estable, por esta razón, impulsar un acuerdo que reduzca el riesgo de guerra es visto positivamente, ´pero existe un límite importante y es que ni Riad ni Abu Dabi van a permitir que el alivio de sanciones a Teherán le permita transformarse en un actor hostil contra sus intereses o que presione a los Estados del Golfo.
La pregunta estratégica para los Estados del Golfo no es únicamente si Irán cumplirá las cláusulas nucleares, sino si el comportamiento regional iraní cambiará de manera verificable.
Eso sí, de existir un actor capaz de poner en riesgo la implementación del MoU, probablemente sea Hezbolá, porque durante años la organización libanesa representó el principal instrumento de disuasión regional de Irán frente a Israel, aunque en el contexto actual es distinto al de años anteriores.
Los enfrentamientos recientes, las operaciones israelíes en territorio libanés y la presión política interna han reducido márgenes de maniobra que antes parecían amplios. Pese a esto, Hezbolá conserva un elemento fundamental que es la capacidad de escalada. Desde la perspectiva estadounidense, cualquier acción importante de Hezbolá contra Israel durante el período de negociación podría generar presión política inmediata sobre Washington.
Desde la perspectiva israelí, una ofensiva significativa sería interpretada como evidencia de que Irán continúa utilizando a sus aliados armados como herramientas de presión estratégica. Y desde la perspectiva iraní, controlar completamente las decisiones operativas de Hezbolá nunca ha sido tan sencillo como suele asumirse.
La relación es estrecha, pero Hezbolá posee intereses propios, cálculos internos y dinámicas específicas del escenario libanés, por esta razón, el cumplimiento del acuerdo no dependerá únicamente de órdenes emitidas desde Teherán. También dependerá de que Hezbolá considere que la estabilidad temporal beneficia sus propios intereses.
Por otra parte, la atención mediática suele concentrarse en Hezbolá y Hamas, pero las milicias proiraníes presentes en Irak podrían resultar igualmente relevantes, desde la salida estadounidense de este país, su capacidad de influencia en ese territorio es evidente y durante años estas organizaciones han actuado como instrumentos de presión contra intereses estadounidenses en la región.
La dificultad es que muchas operan dentro de estructuras híbridas, ya que poseen representación política, mantienen capacidades militares e incluso, conservan autonomía operacional variable.
Incluso si Irán decide reducir tensiones con Estados Unidos, la existencia de actores armados parcialmente autónomos introduce un riesgo permanente. Un incidente aislado contra fuerzas estadounidenses podría desencadenar una crisis diplomática considerable y este tipo de riesgos no desaparecen con la firma de un documento.
El otro caso que merece atención importante es Yemen, los hutíes han demostrado capacidad para alterar rutas marítimas internacionales y afectar el comercio global y a diferencia de otros actores aliados de Irán, los hutíes han desarrollado una agenda propia considerablemente autónoma, de hecho es una simplificación mal evaluada pensar que todo lo que hace esta organización está supeditada a esa alianza porque si bien, aunque mantienen vínculos con Teherán, también responden a dinámicas internas del país.
Esto significa que incluso un acuerdo exitoso entre Washington y Teherán podría no traducirse automáticamente en una reducción completa de tensiones en el Mar Rojo y los accesos por medio del Estrecho de Bab el Mandeb, lo que evidentemente puede condicionar otros vectores. Para Estados Unidos y Europa, la seguridad marítima constituye uno de los principales incentivos para apoyar el MoU y es precisamente por eso que cualquier acción hutí que afecte la navegación podría convertirse en una prueba temprana para el acuerdo.
Ahora bien, ya que se ha analizado los actores del “Eje de la resistencia” hay que mencionar la situación palestina y puntualmente la de Hamas que actualmente es diferente a lo que ocurría en años anteriores. La relación entre Hamas e Irán ha atravesado etapas de cooperación, tensión y reajuste.
Este vínculo no puede describirse simplemente como una relación de subordinación, ya que, si bien existen coincidencias estratégicas, también existen diferencias importantes. Para Teherán, Hamas representa un componente de su red de influencia regional, para la organización islamista, Irán constituye una fuente relevante de apoyo, pero ambas partes mantienen agendas propias, lo que significa que el comportamiento futuro de Hamas no necesariamente reflejará de manera automática los compromisos diplomáticos adquiridos por Irán y que la existencia de múltiples centros de decisión complica cualquier intento de vincular mecánicamente la conducta de todos los actores aliados con la voluntad política de Teherán.
Por otro lado, los gobiernos europeos parecen apoyar ampliamente el proceso de negociación, pero enfrentan una dificultad conceptual. Los mecanismos tradicionales de verificación funcionan relativamente bien para instalaciones nucleares donde se pueden inspeccionar reactores, centrifugadoras, materiales nucleares, inventarios técnicos, pero es más complicado el proceso de verificación de transferencias de fondos, apoyo indirecto, entrenamiento, los suministros tecnológicos y la cooperación entre actores no estatales.
En consecuencia, incluso si el acuerdo produce avances nucleares verificables, persistirán zonas grises respecto al comportamiento regional iraní y ese será uno de los principales focos de debate entre Europa, Estados Unidos e Israel durante los próximos meses.
Además, existe un desafío para la propia dirigencia iraní, porque sectores pragmáticos parecen interesados en reducir tensiones y obtener beneficios económicos derivados del acuerdo, mientras que, sectores más radicales han manifestado resistencia y críticas al proceso, lo que puede trasladarse al manejo de los aliados regionales.
Un liderazgo iraní interesado en la normalización necesitaría demostrar moderación regional, pero sectores más duros podrían considerar que limitar a los aliados armados implica renunciar a una herramienta central de disuasión y de profundidad estratégica. Por ello, la implementación del acuerdo podría convertirse también en una disputa interna dentro del propio sistema político iraní, principalmente entre los que ayudan a preservar al régimen, elemento que eventualmente podría ser aprovechado por grupos opositores.
La firma del acuerdo, prevista en los próximos días según diversas fuentes, no representará el final de la negociación, sino que marcará apenas el inicio de una etapa más compleja. La cuestión decisiva no será si Washington y Teherán logran firmar un documento, sino si consiguen controlar un ecosistema regional caracterizado por múltiples actores armados, agendas divergentes y cálculos estratégicos propios.
Hoy por hoy se pueden resumir los elementos de la realidad de la siguiente manera:
- Existe una oportunidad diplomática significativa para reducir tensiones entre Estados Unidos e Irán.
- Los aliados occidentales y árabes muestran apoyo cauteloso al proceso.
- Israel continúa siendo el actor más escéptico.
- Los grupos aliados de Irán pueden influir directamente sobre la viabilidad del acuerdo.
También hay aspectos que podrían estar siendo sobredimensionados como, por ejemplo:
- Reducir el debate a una disputa personal entre Trump y Netanyahu.
- Asumir que todos los actores aliados de Irán obedecen automáticamente a Teherán.
- Presentar el acuerdo como una victoria absoluta de una de las partes.
- Creer que la cuestión nuclear es el único factor relevante.
Esto estaría dejando aspectos importantes en omisión de los que ya se ha conversado en el artículo como lo son la autonomía relativa de Hezbolá, el papel de las milicias iraquíes, las capacidades disruptivas de los hutíes sobre el comercio marítimo en una zona de estrangulamiento del comercio, las divisiones internas dentro del liderazgo iraní, la dificultad de verificar apoyo indirecto a actores no estatales y el hecho de que el éxito del MoU dependerá tanto de actores regionales como de Washington y Teherán.
El elemento central que suele quedar fuera del análisis es que Irán negocia como Estado, pero compite estratégicamente a través de una red. Si esa red mantiene disciplina durante el período de implementación, el MoU tendrá posibilidades de evolucionar hacia un acuerdo más amplio. Si alguno de esos actores decide actuar por cálculo propio, convicción ideológica o necesidad política local, el acuerdo podría enfrentar crisis incluso aunque Washington y Teherán continúen comprometidos con él. Esa es probablemente la principal vulnerabilidad estructural del proceso actual.