La comprensión de la realidad, indispensable para la toma de decisiones y la supervivencia, se torna un terreno accidentado ante los factores culturales y emocionales que, en caso de conflictos violentos, permiten a los bandos generar narrativas presentadas como verdad, pero que más bien oscurecen el panorama. Estos discursos surgen de la interfase entre las condiciones geopolíticas, las estrategias y tácticas bélicas y los sistemas ideológicos que enmarcan la disputa. Frente a la realidad humana completa que va más allá del conflicto y permite pensar en la paz, la propaganda genera una realidad parcial, simplificada, que llama al exterminio del enemigo como tarea virtuosa, mediante lenguajes que permiten definirlo como monstruo. Narrativas propagandísticas existen desde la remota antigüedad, pero comenzaron a diseñarse de manera científica durante las guerras europeas del siglo XX. En la época de la post verdad e internet, el mensaje propagandístico se transmite en tiempo real, a través de plataformas globales, utilizando algoritmos que personalizan el mensaje que un público (un individuo) es capaz de interpretar receptivamente; datos ambiguos o contradictorios cruciales se presentan de forma que son ignorados de acuerdo a las preferencias del público, produciendo el fenómeno que se ha denominado “disonancia cognitiva”.
La repetición constante y prolongada del mensaje es indispensable para su posicionamiento como parte creíble de la realidad, llegando a reinventar la memoria histórica; parafraseando a Goebbels: “miente, miente, que algo queda”. En situaciones de guerra, creer la propaganda del enemigo equivale a asumir la culpabilidad y derrota propia; pero el principal peligro, según señalaba Marx, es “creer la propia propaganda”, justificando lo injustificable y utilizando información falsa como base para la acción. En este sentido, debe distinguirse entre la propaganda como objeto elaborado por círculos de intelectuales, más o menos conscientes de sus limitaciones y alcances; y la propaganda como objeto de consumo masivo y reproducción. Si bien el consumo del mensaje es necesario, el éxito del aparato propagandístico se logra cuando el individuo común reproduce su contenido y se convierte en agente ideológico.
Los conflictos en Medio Oriente son paradigmáticos del uso de propaganda. Estos conflictos, resultado de intereses geopolíticos en torno a recursos petroleros, tecnológicos y comerciales, entre otros, implican actores locales carentes de organización estatal pero que pretenden consolidar autonomías étnicas dentro de naciones existentes; o bien, crear nuevos estados: por ejemplo, los kurdos de la Rohaba siro-turca. Por otra parte, se hallan las agrupaciones islamistas, chiítas o suníes, también carentes de aparato estatal y dirigidas a establecer gobiernos paralelos o nuevos estados teocráticos: se trata de milicias como Hezbolláh en Líbano, el HTS (antiguo ISIS-Al Nusrah) en Siria; o el Hamás de Gaza. Luego, se encuentra los estados nacionales que, si bien pretenden unidad étnica o religiosa, en realidad gozan de una heterogeneidad cultural enorme. Dentro de este grupo están las potencias de la región: Irán, Arabia Saudita, Egipto, Israel y la misma Turquía. En una escala mayor se señala las potencias globales: Rusia, China, la Unión Europea y el mundo anglosajón. Finalmente, pero no menos importante, se debe citar los intereses en juego en la ONU, la Corte Penal Internacional y la Corte Internacional de la Haya, UNRWA y UNIFIL, representantes de un gobierno mundial pseudo democrático, donde una tercera parte de los países miembro son musulmanes.
La estabilidad precaria de los estados en Medio Oriente puede explicarse por la interacción entre estos diversos actores, luego del vacío de poder generado por la caída del Imperio Turco a inicios del siglo XX, ante ingleses y franceses. Grupos con arraigos tribales, territoriales y religiosos profundos, entran en conflicto entre sí; y con aparatos gubernativos y económicos corruptos, tiránicos o elitistas. Algunas minorías son favorecidas por el sistema, mientras otras son hostigadas; se producen grandes y constantes movimientos migratorios; las minorías hostigadas buscan alianza con organizaciones ideológica o étnicamente afines, algunas de ellas basadas en el extranjero; o se configuran explícitamente como agentes políticos de estados vecinos. La porosidad de las fronteras nominales debilita el control central y genera oportunidades constantes de conflagración intra e interestatal; el conflicto es animado o apaciguado, de acuerdo con los intereses del momento, por las potencias regionales y mundiales, así como por los organismos de gobernanza global.
En este contexto la lucha de narrativas sucede, en gran parte, en torno del conflicto árabe-israelí, que estructura aspectos ideológicos que afectan ampliamente a la población planetaria. Antecedentes mínimos de los actuales acontecimientos en Gaza, por ejemplo, son los siguientes: Israel, el 2004 retiró sus tropas y asentamientos civiles en Gaza, dejando el gobierno en manos palestinas y la organización paramilitar Hamás se convierte en gobierno de facto en la franja. A partir de entonces se produce intermitentes pero constantes lanzamientos de misiles desde Gaza a Israel; Israel rodea a Gaza con una valla, establece un bloqueo comercial, construye refugios antimisiles y responde con bombardeos aéreos. Burlando el bloqueo israelí, en complicidad con el gobierno egipcio, Hamás ocupó los 14km de frontera con Egipto (corredor Filadelfia) llegando a construir un túnel transfronterizo cada kilómetro; otra red de túneles de unos 500km de longitud y hasta 80m de profundidad, se construyó en zonas densamente pobladas de Gaza, para trasegar bienes y personas, equipo militar y financiamiento, principalmente de Irán. Lanzaderas de cohetes, bases de entrenamiento, fábricas de armas y almacenes de munición se ubicaron preferentemente camuflados cerca, dentro o debajo de hospitales, escuelas, campos de refugiados e instalaciones de UNRWA, siendo que unos 12000 miembros o familiares cercanos de Hamás llegaron a ser empleados en UNRWA. Al estallar la confrontación, Hamás contaba una tropa aproximada de cuarenta mil combatientes; gran cantidad de bazucas y granadas antitanque; drones; y cerca de 16 mil cohetes de corto alcance, de fabricación local.
Hamás, que establece en su carta fundacional, como objetivo, la eliminación de la entidad sionista, atacó el 7 de octubre del 2023 a Israel, mientras se celebraba la fiesta judía Simhá Toráh (Alegría de la Torá) donde las personas quedan en vela, estudian el viejo testamento y bailan al llegar el alba. Aprovechando la coyuntura de fuerte división interna entre la izquierda y la derecha israelí; buscando obstaculizar un posible tratado de paz entre Arabia Saudita e Israel; y pretendiendo desencadenar un ataque combinado de Hezbolláh en Líbano, milicias de Cisjordania, Siria, Yemen e Irán, el Hamás superó la valla fronteriza e inició un intenso bombardeo; grupos armados se desplazaron en vehículos livianos, motos y parapentes dentro de Israel. Allí masacraron aproximadamente 1400 israelíes, 1100 de ellos civiles; y secuestraron cerca de 300 personas, incluyendo algunos cadáveres. Dentro de Gaza, los combatientes de Hamás fueron recibidos en triunfo, públicamente, por aproximadamente un 70% de la población civil. Luego de esta masacre, se produce un consenso generalizado en la sociedad israelí sobre la necesidad de destruir las capacidades militares de Hamás, aunque la opinión se dividió en cuanto al orden de prioridad de rescatar a los rehenes.
El ejército israelí, formado por unos 190 mil soldados permanentes y cerca de 500 mil reservistas; y que cuenta con el apoyo de la mayor potencia mundial, Estados Unidos, había quedado en ridículo. Sin embargo la respuesta de Israel, lenta e ineficiente al principio, se consolida el 8 de octubre, parte de la fuerza naval, aviones y helicópteros, bombas antibunker, misiles teledirigidos, drones, visores nocturnos y numerosos tanques de guerra, entre otros, se destinan al frente de Gaza, iniciando bombardeos en el norte de la franja. Simultáneamente el grupo Hezbolláh intensificaba el lanzamiento de misiles de mediano alcance desde el Líbano; unos ciento cincuenta mil israelíes residentes del norte se replegaron hacia el centro del país. Dado que Egipto mantiene la frontera con Gaza cerrada, se hizo imposible la huida de los gazatíes; la estrategia israelí consistió en desalojar paulatinamente la población civil del norte de Gaza hacia el sur, para luego bombardear los objetivos militares en áreas desalojadas; después se procedió a ingresar tanques e infantería, enfrentando a Hamás en una guerra de guerrillas urbana. Ello implicó un avance lento y difícil a lo largo de año y medio.
El resultado a la fecha es la muerte de unos 45 mil gazatíes, más de la mitad civiles. Israel estima haber eliminado 20 mil combatientes de Hamás, incluyendo la cúpula dirigente; y ha hecho unos 10000 prisioneros de guerra. Es probable que gran parte de los civiles muertos (considerados héroes religiosos, shahid, en la perspectiva islamista), fueran familiares cercanos de los combatientes. También, es probable que algunas víctimas palestinas resultaran de errores del mismo Hamás, como el misil caído en el Hospital Al Shifa, que causó no menos de 80 muertes; y no debe descartarse muertes civiles por la represión del aparato policial de Hamás. Por otra parte, Israel ha perdido aproximadamente 400 soldados desde el inicio de la entrada por tierra, así como numerosos tanques; calcula haber destruido el 90% de las capacidades militares de Hamás, incluyendo la mayoría de túneles; al mismo tiempo, al menos un 60% de la infraestructura civil en Gaza fue destruida por la acción israelí (una excepción es el centro operativo de la UNRWA, incendiado por Hamás para evitar que cayera información sensible en manos de Israel). Aunque Israel ha permitido la llegada de ingente ayuda humanitaria para la población civil, participando en la vacunación masiva contra la polio, la gran mayoría de los gazatíes subsiste en condiciones infrahumanas. Finalmente, Israel logró la liberación de 150 rehenes mediante negociaciones; 7 rehenes por la fuerza; y se recuperaron algunos cadáveres escondidos en túneles. Murieron accidentalmente dos rehenes, por fuego amigo. Durante las presentas semanas se inicia una nueva fase de liberación de israelíes a cambio de prisioneros palestinos.
Ahora bien: el núcleo del discurso islamista, elaborado para el público occidental, afirma que el ejército israelí asesina de manera indiscriminada, intencional e impune las poblaciones civiles indefensas, mujeres y niños en particular. Ello, no como resultado de errores tácticos o acciones aisladas de individuos o grupos fuera de norma, sino como estrategia natural del sionismo, movimiento fundante del estado de Israel. Tal narrativa justifica, no sólo la lucha palestina para la creación de un estado nacional, sino una cruzada global para desmantelar el estado israelí (from de river to de sea) y al mismo sionismo, redefinido como ideología racista, nazi. La creación de la imagen del monstruo, de hordas sionistas sedientas de sangre, cae en tierra abonada por ideas de profundo arraigo histórico y emocional. Por ejemplo, el dogma cristiano del asesinato de Jesús (el hijo de Dios) por parte de los judíos; la doctrina medieval, que describe a los judíos como un pueblo maldito, condenado a vagar eternamente por el mundo, capaz de las mayores atrocidades contra los cristianos, sea envenenar fuentes de agua, propagar la peste o el asesinato ritual de niños; o las teorías laicas, liberales o estalinistas, acerca de la conspiración judía según la cual los israelitas controlan, a través de la banca y los medios de comunicación a los gobiernos nacionales y el mercado global, provocando explotación y guerras.
Aunque los argumentos de deicidio, los líbelos de sangre medievales y la conspiranoia moderna en torno a los judíos se han demostrado falsos, se redirigen ahora a los sionistas conduciendo a conclusiones también falaces, pero de sentido común para el consumidor de propaganda. Así, los organismos de derechos humanos eximen de toda culpabilidad al grupo Hamás, en cuanto al uso sistemático de mujeres y niños palestinos a modo de escudos humanos; y el uso de su sufrimiento, como insumo mediático. Al mismo tiempo la Corte Penal Internacional genera una orden de detención por genocidio contra políticos y militares israelíes. El carácter propagandístico del discurso islamista es aún más claro en el aparente lapsus del dictador Nicolás Maduro (asesorado por ideólogos iraníes) de que Jesús fue un niño palestino crucificado por el imperio español (sic); tal afirmación, absurda desde el punto de vista histórico, es naturalizada mediante el gesto lapidario del papa católico, el jesuita Mario Bergoglio quien, en diciembre del 2024, presenta al Niño Dios acostado sobre un pañuelo árabe (kufía). Se reinventa así la historia.
En general, la afirmación de un control sionista de los medios y mercados internacionales para el monopolio de la información, tampoco es respaldada por los hechos. Al Jazeera, cadena de noticias financiada con los abundantes petrodólares de las monarquías árabes, funge como vocera global de Hamás, mientras que la ONU y UNRWA, en particular, se posicionan como agentes políticos antisionistas. La BBC de Londres presiona a sus empleados para que utilicen colores y símbolos palestinos, generando la renuncia de sus trabajadores judíos; y el gobierno francés dirigido por Emanuel Macrón solicita un embargo de armas contra Israel. Ello no impide que sectores de izquierda impulsen la campaña global de BSD (boicot, sanciones y desinversión), dirigida a minar la supuesta supremacía económica del sionismo.
La narrativa islamista es refrendada, como vemos, no sólo por poblaciones musulmanas, sino por sectores cristianos y laicos moderados; e incluso, por judíos que se auto proclaman disidentes y esclarecidos. Evidentemente, es legítimo y urgente plantear cuestiones acerca del sufrimiento, el apartheid, el derecho a la tierra, la inmoralidad de la guerra, las fuentes del derecho internacional y la búsqueda de justicia durante y después de un conflicto… Pero el discurso dominante, no sólo trivializa (invisibiliza) el carácter tiránico del islamismo radical, sino que, ante todo, trae a la mesa el viejo argumento de un “problema judío” (el problema sionista) que debe ser solucionado. Llevado a sus consecuencias, tal discurso concluye que el único sionista bueno es el sionista intimidado y boicoteado; o mejor aún, ya que es un monstruo, el sionista muerto. Ello equivale a unos 7 millones de judíos israelíes que respaldan actualmente, de una manera u otra, la guerra contra el Hamás. En este punto, la propaganda palestina muestra su verdadero rostro como discurso de odio, feroz pero pragmático; irracional, aunque institucionalizado; extremista, si bien cool. Tal narrativa es reproducida exitosamente por un público más bien ansioso de encontrar nuevos argumentos, esta vez “irrefutables”, que alimenten su repudio al judaísmo, sea como identidad histórica o tradición religiosa. Pues el sionismo es simplemente un movimiento judío, el más revolucionario y diverso de nuestra época, que plantea el retorno simbólico y físico a la patria y mitos de origen. Más allá de cualquier idealización, es evidente que los sionistas han cometido numerosos errores y que Israel contiene profundas contradicciones estructurales. Como descargo, se puede afirmar que la entidad sionista surge a toda prisa como nación de supervivientes de las persecuciones europeas; y se constituye hoy como el principal desafío frente a las ideologías avasallantes del neo imperialismo islámico.