
El ascenso electoral de la izquierda latinoamericana, siempre se ha dado como respuesta de pueblos insatisfechos con el statu quo de las élites políticas tradicionales. Se ha presentado siempre como la medicina alternativa para curar los problemas crónicos de pobreza, desempleo, estancamiento económico y desigualdad.
Invariablemente llegaron al poder con el voto protesta de las clases con mayor exclusión social. Sin embargo, una vez conseguida la meta, la seudo vocación democrática conque ascienden, se torna en un serio estorbo para sus proyectos de continuismo de mediano y largo plazo. Para perpetuarse en el poder, que es su objetivo más preciado, las primeras acciones se dirigen al control de los órganos encargados de la organización de los procesos electorales. El nombramiento de allegados al régimen en esas instituciones es la regla común; Tibisay Lucena en Caracas, a manera de ejemplo, tiene 14 años de tener el control de los datos electorales, y elección tras elección se presenta a comunicar las rutinarias victorias del chavo-madurismo sin el menor sonrojo. La máxima de Stalin, “los que votan no deciden nada, los que cuentan los votos deciden todo”, es la mejor expresión de este tipo de prácticas socialistas.
El paso siguiente se dirige al control de los medios de prensa opositores, y al fortalecimiento de aquellos afines al gobierno. La asociación con las fuerzas armadas y el control de sus altos mandos es otra maniobra rutinaria en el proceso de consolidación, y finalmente se viene la toma estatal de los medios de producción con sus clásicas expropiaciones o el concubinato económico con un fuerte sector de la empresa privada como es el caso de Nicaragua. Los grandes negocios se dan entre los allegados al sátrapa de turno y el empresariado privado o estatal, cómplices larvados, a lo interno o externo del país.
Para desgracia de la ciudadanía una vez oprimida y ya sin capacidad de respuesta; esta trilogía, gobierno-medios de producción-medios de prensa, se vuelve un triunvirato casi imposible de ser destruido desde la llanura; y la consolidación en el poder será el resultado final de estos procesos confiscatorios, que terminan con algo mucho más serio: la violación irrestricta y permanente de los derechos humanos.
En resumen, las izquierdas obtienen el poder por la vía de la elección en libertad y democracia, pero una vez arriba, esa libertad y esa democracia son las primeras víctimas de su irresistible tendencia al continuismo represivo y cada vez más confiscatorio de sus acciones gubernamentales.
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