
Plinio El Viejo cuenta acerca de la leyenda de Zeuxis y Parrasio, los dos pintores más célebres del siglo V a. C. Estos artistas, según se dice, se enfrentaron para zanjar de una vez por todas la cuestión de cuál era el mejor de todos.
Algo así como si Messi y Cristiano Ronaldo se hubieran enfrentado en la final.
Pero, claro, en versión pintura.
Zeuxis, según dicen, pintó unas uvas que resultaban tan sobrecogedoramente realistas que hasta las aves bajaron del cielo para picotearlas. Todos, desde luego, se convencieron de que había ganado y, así, presuntuoso, ufano, el mae se acercó a la obra de Parrasio para quitarle el velo…
¡Cuál sería su sorpresa al constatar que el velo mismo era la pintura!
Zeuxis, entonces, le dio la mano a Parrasios y le dijo algo tipo: «Yo he engañado a los pájaros, pero vos, Parrasios, me engañaste a mí».
Lacan ha utilizado este pasaje para reflexionar acerca de la construcción de lo aparente y para mostrar la fascinación del ojo humano por aquello que está oculto.
Pienso en esos publicistas a quienes se les ocurrió ponerle pezones a los maniquíes.
Pienso en esos individuos que han sido sorprendidos mientras le veían el escote a la pasajera del bus o la entrepierna al ciclista que ganó la última etapa de La Vuelta.
Buena parte de la civilización, no hace falta insistir mucho en ello, se fundamenta en ese ocultamiento.
Es el ámbito del pudor.
La vergüenza.
La censura.
Y por eso, seguramente, el gesto de Dibu escandalizó tantísimo a esa curiosa variedad de moralistas y puritanos ilustrados de la actualidad. Me refiero, pues, a esos que con tanta vehemencia nos indican cómo se debe amar, celebrar, comer, caminar, respirar, parpadear, copular, estornudar, conducir, en fin, existir.
El gesto de Dibu, a todas luces una expresión humorística a lo barrio, a lo chusma, a lo camerino, molestó tantísimo a los puritanos porque rompió simbólicamente el propio dispositivo del velo.
Cuando las Femen lo hicieron en Ucrania, no. Eso sí estaba «muy bien». Era, si se quiere, algo urgente, oportuno. Lo mismo cuando las Haus of Weisas lanzaron aquel performance frente a la Catedral. Se trataba de gestos enmarcados en una narrativa sufriente, contrita, desgarrada.
Y si hay algo que le genera fascinación a los puritanos de hoy, casualmente, es el sufrimiento y la opresión.
El de Dibu, por el contrario, era un gesto festivo, celebratorio. Pero no solo eso: era una reafirmación simbólica de la virilidad.
Y si hay algo que le genera repugnancia a los puritanos de hoy, casualmente, es lo festivo y lo viril.
La convicción de su superioridad intelectual provocó que los puritanos gringos del siglo XVII fueran rabiosamente intolerantes y arrogantes. Estaban convencidos de que su religión se extendería a todo el continente americano. Cabe decir que en eso, también, se parecen a los puritanos de hoy: si el “Destino Manifiesto” de otrora comenzó en Boston, el de hoy comenzó en Twitter y en las facultades universitarias.
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