En un reciente artículo, “El Espejismo del Parlamentarismo”, el abogado Fernando Zamora carga sus baterías contra algunos sectores de nuestra sociedad, que tienen la propensión a creer que, para avanzar hacia el desarrollo, debemos trasladarnos hacia una forma de gobierno parlamentaria. Lamentablemente sus argumentos están plagados de sofismas. Para desprestigiar esta forma de gobierno nos cita los ejemplos de España, que salió del Franquismo hace 45 años y que, hasta las elecciones de diciembre del año pasado era un “parlamentarismo bipartidista”, donde el PSOE y el PP se turnaron en un sistema políticamente estable. Allí las mayorías absolutas han estado presentes con frecuencia, pero también las legislaturas en minoría y las ventajas del parlamentarismo han permitido gobiernos con apoyo de bases más allá de las tiendas partidarias del ganador.
Hoy se rasgan las vestiduras los seguidores del Partido Popular pues, pese a ser la minoría más votada, 123 diputados y 28 % de los votos, no tiene posibilidades de conseguir apoyos para formar gobierno. Las demás fuerzas políticas no han concluido sus negociaciones con éxito, lo que obligó a convocar a nuevas elecciones donde el pueblo será el encargado de destrabar el sistema político sin medidas de excepción como en el presidencialismo venezolano. Desde las elecciones se han logrado algunos acuerdos pero no suficientes para formar el nuevo gobierno. Los españoles se deben acostumbrar a una nueva dinámica de fragmentación política y ese cambio no es fácil. De hecho los costarricenses la hemos vivido durante los últimos 18 años cuando no solo se acabó el bipartidismo sino que tenemos una constante atomización política que ha llevado a que el parlamento tenga hoy 9 fracciones entre las que se distribuyen 57 diputados. Descalificar el Parlamentarismo por las dificultades españolas de formar una nueva mayoría en un escenario desconocido para ellos es utilizar un argumento falso disfrazado de verdad. Sobre el ejemplo de Haití más parece un chiste que un argumento.
Si merece una reflexión más detenida la idea de que la fragmentación de las democracias no tiene su origen en el sistema de gobierno, sino en el estado cultural de las naciones. El problema es cultural, no estructural afirma. Los sistemas de gobierno tienen que procesar las demandas de los actores. Su capacidad de generar compromisos, dentro del disenso, de sustituir una plataforma electoral, por un programa negociado entre las fuerzas que puedan dar soporte a un gobierno, propiciando coaliciones después de las elecciones, son una particularidad del parlamentarismo que le otorga una clara ventaja sobre nuestro tradicional presidencialismo. De hecho, llama la atención que Zamora se dedique exclusivamente a desprestigiar el Parlamentarismo sin poder aportar ni un solo argumento a favor del agonizante presidencialismo que padecemos. Condenados como estamos a sufrir por cuatro años un gobierno sin apoyo parlamentario, donde la fracción oficial con frecuencia se ha convertido de tres mini-fracciones, no debemos olvidar que en el parlamentarismo, una crisis como la brasileña por ejemplo, se podría resolver con una nueva convocatoria a elecciones, dentro de canales institucionales, sin los subterfugios del semi-golpismo o el desborde de la actividad judicial convertida en un espectáculo mediático, donde afloran complicidades inconfesables.
Es un hecho probado a lo largo de cien años que, en aquellas sociedades con profundas divisiones políticas, el modelo parlamentarista facilita la interacción, la negociación y la comunicación de sus fuerzas. Los esfuerzos por demostrar lo contrario topan de frente con la historia del siglo XX y con las realidades del siglo XXI en todos aquellos países que tienen un régimen parlamentario (Japón, Australia, Canadá, India, toda Europa y muchos más).
El argumento que afirma que el parlamentarismo alcanzará el ideal de la democracia participativa solamente lo sostiene el Dr. Zamora. Es evidente que tanto el presidencialismo como el parlamentarismo son instituciones de la democracia representativa. Pretender otra cosa es desconocer la naturaleza de la democracia moderna.
Los mecanismos de la democracia participativa son instrumentos relativamente nuevos en nuestro medio y poco frecuentes en el mundo, pero sin lugar a dudas serán de uso creciente. El referéndum, el plebiscito, los presupuestos participativos en forma de cabildos deben ser auspiciados, generando instancias de diálogo y debate social democrático, sin manipulaciones propagandísticas y ejerciéndolos con mesura para evitar que se banalicen y terminen creando apatía y desafección.
No me cabe duda de la influencia que tendrá en nuestro futuro la era digital del conocimiento. No me atrevo a pronosticar como terminará influyendo en nuestro sistema político. Eso sí, me revelo desde ahora contra el gobierno de los links y de los me gusta, como sustitutos de una ciudadanía informada y consciente.
Lo que sin duda es transitar a contravía de la historia es defender este presidencialismo. Incapaz de gobernar, incapaz de tomar decisiones, incapaz de crear fórmulas de diálogo, espacios de negociación y gobiernos de coalición en escenarios políticos profundamente atomizados, este presidencialismo nuestro es una calamidad que de sustituirse.
Mucho debe discutirse aún sobre el voto distrital, las listas abiertas, el sistema mixto de lista nacional y local, y otros detalles del modelo hacia el que debemos cambiar, pero de lo que no me cabe duda es que el inmovilismo y la defensa del viejo presidencialismo, eso sí es estar a contrapelo de la historia, sosteniendo un moribundo sistema centralista y vertical con olor a fenol.
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