El carácter liceísta en la “modernidad líquida”

» Por Bryan Acuña Obando - Analista Internacional, egresado del Liceo de Costa Rica, Generación 2001.

En una época definida por lo que el pensador Zygmunt Bauman denominó “modernidad líquida”, donde los vínculos humanos son transaccionales y las identidades se disuelven en el algoritmo de las redes sociales, surge la necesidad de analizar aquellas identidades que, contra todo pronóstico, actúan como anclas de granito.

Aquí aparece el Liceo de Costa Rica, institución benemérita de la educación costarricense, que no es simplemente un centro de enseñanza secundaria; es, en la psique colectiva del país, un laboratorio de formación de carácter, donde la mística liceísta, lejos de ser un romanticismo nostálgico, se transforma en un código de conducta que prioriza la soberanía del individuo sobre las mareas de la inconsistencia externa.

Donde el liceísmo deja de ser solo una identificación cuasi partidaria para transformarse en una creencia casi religiosa y donde los valores que se absorben a través de los años con los docentes, el personal administrativo, los cuerpos de marcha e incluso la fraternidad que se forma entre los estudiantes que son parte de la institución.

El liceísmo es algo que se termina de inyectar en las venas, y todos los que pasamos por ahí, indiferente del año en que salgamos, sentimos que somos hermanos de algún modo.

La identidad del egresado liceísta se cimenta sobre los pilares que proclama su propio himno. El himno del Liceo de Costa Rica establece una jerarquía de valores donde la “propia virtud” se eleva como el altar máximo del individuo. En un contexto de traiciones o inconsistencias, el liceísta se repliega sobre este culto interno.

Al comprender que la vida es un “duro vaivén”, el egresado no busca estabilidad en el afuera (en la aprobación de terceros o en la permanencia de vínculos frágiles) sino en el “vigor de la ciencia” y el “esfuerzo tenaz”. Es una invitación a la soberanía absoluta: la patria más culta y feliz empieza por el gobierno de uno mismo sobre sus propias tempestades.

También haber portado con orgullo el uniforme gris por el cual muchos lucharon incluso contra los gobiernos de turno para gestar esa identidad, mantiene con fuerza el espíritu de esa mística en medio de una sociedad donde lo estéril es costumbre y lo cambiable la norma enviando la señal de lo inestable y desechable, el espíritu del Liceo implica la aceptación de un contrato social implícito, la defensa de la dignidad personal por encima de la utilidad inmediata.

En mi caso, como académico de las Relaciones Internacionales, se habla generalmente de soberanía como la capacidad de un Estado para decidir sobre sí mismo sin interferencias externas. Trasladado al plano del individuo, el liceísta cultiva una “soberanía del yo”. Cuando el entorno se vuelve hostil o las lealtades se rompen sin explicación lógica, la mística dicta que el refugio no está en el ruego ni en la búsqueda de validación ajena, sino en la reafirmación de los valores fundacionales que la institución grabó en el estudiante.

Además, el código liceísta ha propuesto siempre el honor y la lucha hasta el final, siempre y cuando la meta sea importante y necesaria, de otra manera, se opta por la retirada táctica con honor. No se trata de una huida, sino de un cese de hostilidades unilateral que nace del autorrespeto.

Desde una perspectiva de pura Realpolitik, el ruego y la insistencia ante la injusticia o la inconsistencia son formas de entregar el poder al otro. El liceísta entiende que su capital más valioso es su tiempo y su integridad. Al negarse a participar en “matrafulas” que degradan su integridad, el individuo ejerce una forma de poder silencioso pero devastador, la indiferencia. Como sucede en el equilibrio de poderes internacional, la ausencia de reacción puede ser la señal de advertencia más potente que un hombre puede emitir.

La formación liceísta siempre ha tenido un sesgo hacia la excelencia académica y el pensamiento crítico. Esto otorga al egresado una herramienta de supervivencia única, la capacidad de sublimar el conflicto a través del intelecto. Ante la crisis de valores o el desmoronamiento de las estructuras personales, el liceísta recurre al estudio, a la lectura y al análisis.

Ha estructurado su propio “búnker” social, no es un aislamiento del mundo, sino una zona desmilitarizada interna donde el conocimiento actúa como escudo. Mientras otros se pierden en la rumia emocional de lo que “pudo ser”, el carácter liceísta se enfoca en el “qué es” y el “qué será”. Esta capacidad de transformar el dolor o la incertidumbre en producción intelectual, o trabajo fuerte (nuestro lema) es la prueba definitiva de que la formación recibida en la “Casa de los Leones” cumple su propósito: crear hombres que son dueños de sus procesos de manera responsable.

Actualmente, las relaciones y los favores suelen medirse bajo una lógica contable, si me sirves vales, sino eres descartable. Esta visión mercantilista de la existencia es la antítesis de la mística liceísta. El egresado entiende que el valor de una acción no reside en el registro de quien la recibe, sino en la nobleza de quien la ejecuta.

El carácter se define precisamente cuando se sigue actuando con honor incluso cuando el otro es incapaz de reconocerlo. Llevándolo de nuevo a mi campo de estudio, un imperio puede negar la ayuda recibida en el pasado para justificar una agresión presente, pero la historia (y la conciencia del estratega) registra la verdad de los hechos. La mística liceísta enseña a vivir para el juicio de la propia conciencia, no para el aplauso de la inconsistencia, ser noble y honrado en la batalla de la vida es parte de ese ADN liceísta.

Finalmente, la mística se resume en la imagen de ser capaces de reconstruirnos cuando por alguna razón hemos quemado los barcos, si es necesario, haciendo una balsa de bambú para salir de donde nos están haciendo daño.

Al inicio, puede parecer que la embarcación es pequeña y frágil, que no soportará, pero lo cierto es que, si la estructura está amarrada con los cables de la disciplina y el honor, no se hundirá. El liceísta sabe que la tormenta pasará, que los imperios caerán y que los afectos volátiles se disiparán, pero el carácter, esa piedra angular labrada en las aulas del Liceo, permanecerá intacto y hasta el final.

Al final del día, el liceísmo no es un refugio contra la realidad, sino un campo de entrenamiento para enfrentarla. Quien ha aprendido a gobernar sus tormentas internas bajo el fulgor de la propia virtud, está listo para emprender la misión redentora que en el mundo nos toca cumplir.

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