Columna Cantarrana

Dosmiles I

» Por Fabián Coto Chaves - Escritor

Nunca he sido tan feliz como cuando me la pasaba fumando frente a la Asociación de Generales. 

O como cuando vagaba por los pasillos de la Carlos Monge Alfaro buscando libros raros. 

O como cuando pasaba horas de horas tomando café y hablando con mis amigos en la soda de Sociales. 

O como cuando me echaba en la 24 de abril a escuchar yigüirros y a leer. 

O como cuando almorzaba sánguches de carne en los pasillos de Música. 

O como cuando escuchaba recitales en la 107. 

O como cuando trataba de resolver integrales y series en la Tinoco. 

O como cuando subrayaba fotocopias de E.P. Thompson en la Fonseca Tortós. 

O como cuando iba a Bellas Artes a ver obras de teatro. 

Recuerdo que en la temporada del 2000 el teatro de la U montó “Despertar de primavera” de Frank Wedekind. La vi con mi novia un sábado. Salí desde temprano y pasé el día entre la biblioteca y las sesiones de tabaco con mi amigo Fernando. Almuerzo en Pepitos. 

Refill de blancos en el quiosco de la entrada. 

Ingentes dosis de café. 

Fernando y yo hablábamos más de lo que estudiábamos. Y cuando llovía, Fernando me decía que no había un lugar tan horrible en el mundo como San Pedro. Y cuando había de esas tardes soleadas de noviembre o diciembre, Fernando me decía que no había un lugar tan lindo en el mundo como San Pedro. 

Bajo las gradas de Generales, en la planta baja, al costado sur, había un cajero automático del Banco Nacional. 

Recuerdo que la puerta siempre rechinaba. 

Mi papá lo intentó y lo intentó y lo intentó. Pero todo fue en vano: nunca logré alcanzar niveles medianamente aceptables de educación financiera. Primero me depositó por mes, luego por quincena, luego por semana y, al final, desistió: mejor diariamente. Y así, con la tarjeta y la cuenta convertidas en arqueología del fracaso, no volví a usar el cajero de generales. 

Ese sábado del año 2000, cuando vimos “Despertar de primavera”, llovió. Fernando nos dejó (a mi novia y a mí) frente a las gradas de Generales y nosotros caminamos hasta Bellas Artes. 

La U casi vacía. 

Los aleros chorreando. 

La quebrada Los Negritos emitiendo, más que un murmullo, una gárgara flemática.

A la vuelta, casi a las 10 de la noche, pasamos de nuevo por Generales, al lado del cajero del Banco Nacional. 

La luz mortecina y el sonido de los fluorescentes. 

La puerta que rechinaba. 

Alguien podría decir que merecíamos un fantasma o alguna aparición. Pero el único cadáver era la tarjeta de débito que yacía en mi billetera. 

Hoy, casi un cuarto de siglo después, cada vez que me pagan,  mi esposa traslada prudentemente el dinero de mi cuenta a la de ella.

César Vallejo decía que una casa se nutre de la vida del hombre, mientras que la tumba se nutre de la muerte del hombre. 

César Vallejo nunca conoció mis estados financieros. 

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

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