Últimas noticias

Edicto

Dos años de un viaje eterno hacia el realismo mágico: ISIDRO CON WONG el hombre de la eterna sonrisa

» Por Dragos Dolanescu Valenciano - Doctor en psicología de la Universidad Alcalá de Henares.

Screenshot

Un paralelismo necesario entre las letras de Gabriel García Márquez y los lienzos de nuestro Ciudadano de Honor.

Hace exactamente dos años, los pinceles de Costa Rica se tiñeron de una nostalgia luminosa. El 1 de septiembre de 2024, don Isidro emprendió su viaje eterno, dejando un vacío imposible de llenar, pero también un universo vivo en cada uno de sus lienzos. En sus obras, la lógica occidental se desvanece para dar paso a la poesía pura: las vacas flotan suspendidas en nubes incandescentes, los volcanes respiran magia y el cielo se satura de constelaciones imposibles que unen, de forma magistral, sus profundas raíces chinas con el alma indómita de la provincia que el maestro tanto amó, Puntarenas. Recuerdo con especial cariño las tardes que compartimos en su taller de pintura junto con su hijo mayor, quien le honra llevando su mismo nombre, Isidro, y su nieta. Estábamos rodeados del aroma místico a óleo y de mundos fantásticos a medio nacer en las obras que el maestro seguía trabajando aun cuando estaba muy adentrado en edad. En una de esas conversaciones, don Isidro me contó uno de sus secretos íntimos y conmovedores de su genialidad: su arte no nació de la rigidez académica, sino de un profundo y absoluto acto de fe. Me contó cómo trabajó con férrea disciplina en el negocio familiar hasta cumplir los 40 años. A esa edad, cuando la mayoría de los hombres buscan la comodidad de la estabilidad, él decidió romper todas las amarras. Siendo ya un hombre casado y cargando con la enorme responsabilidad económica de sostener a sus hijos, dio un salto al vacío por amor al arte. Hasta ese momento, el maestro solo había pintado en su niñez con un palito sobre las playas de Puntarenas y, posteriormente, sobre rudimentarios sacos de yute, siendo esos sus únicos y primeros lienzos.

Esa valentía indomable es la que define al verdadero genio. Ese salto al vacío lo dio con su única certeza: la que le dictaba su propio corazón y el respaldo incondicional de su esposa, quien siempre le apoyó. Sin pasar por las aulas tradicionales de bellas artes, sin ir a una universidad y sin conocer inicialmente nada de técnica ni de composición académica, su corazón guio su mano para pintar la campiña costarricense como nadie jamás lo había hecho ni imaginado.

Este prodigio nos obliga a trazar un paralelismo histórico e intersemiótico con otra de las cumbres creativas de nuestra América Latina: el colombiano Gabriel García Márquez. Ambos creadores demostraron, cada uno desde su trinchera, que en nuestra región el realismo mágico no es una distorsión caprichosa de la realidad, sino la manifestación más honesta de su esencia cotidiana.

Mientras que el genio de García Márquez construía su universo mediante el mito y la palabra escrita, el maestro Con Wong tradujo esa misma vibración mística en color, relieve y luz. En la literatura de “Gabo”, los hechos más insólitos (como la ascensión al cielo de Remedios la Bella) ocurren con una fuerza natural y cotidiana. De igual manera, en los lienzos de Con Wong, la alteración del paisaje rural jamás rompe la armonía: es plenamente normal observar a un toro pastando plácidamente sobre las ramas más altas de un árbol bajo la luz de una luna resplandeciente. El ecosistema acepta el milagro sin cuestionarlo.

Asimismo, ninguno de los dos inventó sus mundos desde el racionalismo. García Márquez recurrió a la tradición oral de su abuela Tranquilina en Aracataca; Con Wong, un artista empírico que creció como pescador, agricultor y ganadero en Paquera, recurrió a los ideogramas que le enseñaba su madre y al sincretismo único de su herencia china fusionada con los mitos rurales del pacífico costarricense. Del mismo modo que en Cien años de soledad el tiempo es circular y los fantasmas caminan entre los vivos, los cuadros de Con Wong —a los que él llamaba “Sueños Acordados”— carecen de cronología lineal; la noche y el día coexisten en una luminosidad fosforescente donde los animales son tótems eternos que desafían al olvido.

En definitiva, García Márquez escribía pinturas y Con Wong pintaba novelas.

Son creaciones que solo Hispanoamérica podía parir! El realismo mágico de nuestras tierras, de nuestro sincretismo y de nuestras gentes que llegaron de todas partes del mundo para abrazarse con los pueblos originarios. Solo una tierra así podía dar a luz a maestros de la talla de los que hoy recordamos.

Tuve el profundo honor y el deber histórico, durante mi gestión como diputado de la República, de dictaminar e impulsar con vehemencia el proyecto de ley que lo declaró legítimamente Ciudadano de Honor de Costa Rica. Hoy, al conmemorarse el segundo aniversario de su partida física, entiendo con mayor claridad que aquel acto legislativo no hizo más que oficializar lo que su vida ya había demostrado ante los ojos del mundo: que los milagros existen cuando se posee el coraje absoluto de creer en ellos. Don Isidro no solo pintó el realismo mágico; él mismo vivió una vida mágicamente real.

Hoy el cielo costarricense seguro se viste con las texturas orgánicas y los colores bicolores de su pincel eterno, recordándonos que los grandes hombres nunca se van del todo. Permanecen suspendidos en el viento, custodiando la belleza y la identidad cultural de nuestra patria. Hasta siempre, maestro. Tu luz incombustible sigue pintando nuestro camino.

Los artículos de opinión aquí publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de EL MUNDO. Cualquier persona interesada en publicar un artículo de opinión en este medio puede hacerlo, enviando el texto con nombre completo, foto en PDF de la cédula de identidad por ambos lados y número de teléfono al correo redaccion@nuevo.elmundo.cr, o elmundocr@gmail.com.

Últimas noticias

Te puede interesar...